Que san Gaudí nos coja confesados

Será difícil que si yo me expreso libremente algún creyente no se sienta ofendido. Si yo me expreso con libertad es impepinable que cierto sector de los católicos se cabree conmigo. Y esto es más apasionante de lo que parece. ¿Por qué tiene que ser así?

Lo primero que quiero reconocer es que aquí tenemos libertad para criticar a los católicos pero nadie tiene agallas de hacer lo propio con los musulmanes. Pero lo lícito es lo nuestro. Lo ético es que creyentes y no creyentes puedan discrepar hasta lo esencial, sin que ello afecte para nada a nuestra convivencia; que no afecte ni a su libertad de culto ni a nuestra libertad de expresión. Sé que es obvio, pero desgraciadamente no es así en medio mundo.

Puestos a ser justos, me molesta como ateo que no se reconozca la inmensa tarea asistencial de la Iglesia católica y la tarea memorable de miles de creyentes de buena fe. Al pan pan, y al vino vino, aunque sea de misa.

Pero vamos al tema. Ahora resulta que Gaudí hizo un milagro. Una señora que perdía la vista le invocó, pidió su intercesión y, ¡zas!, recobró la visión. Ella lo cuenta con entusiasmo comprensible. El dosier ya está en manos de los que quieren canonizar a Gaudí. Para que te hagan santo tiene que haber un milagro. Aquí es donde cunde el desánimo de los que hacemos un esfuerzo decidido por respetar las creencias. Aquí es donde aflora la incompatibilidad entre fe y razón. Aquí es donde emergen de nuevo el oscurantismo, Trento y su martillo de herejes.

La filosofía es la lucha intelectual contra los dogmas, y la ciencia, la enemiga mortal de la religión. La deducción científica es un logro de la razón contra la patética inducción. Así pues, si buscamos milagro en Gaudí inductivamente, tendremos milagro. Es más, ya lo tenemos. Ahora solo queda, si así lo deciden, la opereta de autentificarlo con un supuesto método objetivo.

Gaudí ya ha hecho un milagro. Millones de turistas de todo el mundo vienen a ver sus obras. A los que la Sagrada Família no nos conmueve estéticamente, nos resulta milagroso el incesante peregrinar de autocares día tras día, todos los meses, todos los años. Lo mismo con el Parc Güell y la Pedrera. ¿Qué más queréis? Además, Gaudí convirtió en pía arquitectura el dinero amasado por Güell padre traficando con esclavos. Otro milagro.

Gaudí es una figura civil de enorme envergadura y nos pertenece a todos. Que nadie lo patrimonialice en base a la cara obscena de la espiritualidad. Que nadie nos recuerde que es incompatible el integrismo católico y la civilización.

Dar el callo

A un servidor le parece que el Papa y los creyentes tienen el perfecto derecho de disfrutar de estas jornadas sintiendo y conviviendo, pero cuando nos hablan de milagros echamos en falta ese cristianismo de base social que daba el callo y no imponía sus creencias. Lo otro es la vuelta al ostracismo. Lo mismo en castellano, en catalán, que en latín. Yo qué sé.

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