Qué sabe la neurociencia sobre la religión

Para la ciencia, los mensajes divinos que habrían movido a Juana de Arco no son más que manifestaciones de una patología psiquiátrica.

La religión activa funciones cognitivas y emotivas que también se ven igual de activas bajo funciones habituales.

Científicamente hoy no sabemos nada acerca de la existencia de Dios, pero si existe está en nuestro cerebro.

Cristianismo, islamismo, hinduismo, judaísmo, budismo se suman a otras centenas de religiones que coexisten, o que «intentan» coexistir mejor dicho en nuestro bendito mundo. Si sumamos a todas esas personas que tienen como ancho de espada a la Fe, se estima que aproximadamente reúnen al 60% de la población. Y si bien esas religiones se encuentran representadas en todos los continentes, demográficamente la Fe en el mundo tiene una distribución muy particular.

Según un estudio de la consultora internacional Gallup, los países con mayor porcentaje de creyentes son aquellos que presentan un menor ingreso per cápita. Por ejemplo, dentro de los países más religiosos se encuentran naciones como Bangladesh, Niger, Yemen, Indonesia, Tailandia con un 99% de la población creyente. Todos ellos con los ingresos más bajos a nivel mundial. Del otro lado de la religiosidad, Suiza, Suecia, Dinamarca, Gran Bretaña y Japón, lideran la proporción de estados con mayores ingresos y menor religiosidad.

Esta variabilidad tan lineal puede graficarse de la siguiente manera: los países con mayores ingresos económicos son los que menor importancia le dan a la religión (o más ricos, más ateos). Es llamativo que esta distribución de riquezas y creencias se pueda observar de forma tan marcada, pero estas estadísticas en el fondo de la cuestión no reflejan otra cosa que la dirección en el foco de atención que tiene cada cultura.

Es por este motivo que plantear un análisis sobre las creencias religiosas por intermedio de una distribución económica es un grave error, como también lo puede ser si esa búsqueda está relacionada con el grado de educación que presentan las personas religiosas con respecto a las no religiosas. Ya sea por interés, tiempo, cuestiones históricas, cuestiones ideológicas o criterios de verdad, la decisión de abrazarse a una religión pueden ser tan diversas como las culturas que nos acercan o nos alejan con las cuestiones de Fe.

Hablar de religión desde una visión científica conlleva un cierto riesgo, que aumenta exponencialmente si lo combinás con la palabra evolución. Evitando la discusión entre Adán, Eva y un Tiranosaurio Rex; la religión solo pudo propiciarse a partir de la evolución de ciertas capacidades cognitivas adaptativas. Es decir que para creer se necesita como mínimo un procesador afilado que pueda tener la capacidad de interpretar las emociones e intenciones de los demás, se necesita además la existencia de procesos neuronales que se ocupen en las construcciones de fenómenos sociales y culturales como la identidad de grupo y la moral. Dicho en otras palabras: la religión solo pudo haber surgido gracias a una combinación de funciones cognitivas complejas.

De la misma manera se puede explicar que el posible mal funcionamiento de diferentes estructuras cerebrales podrían haber incidido en la generación de alucinaciones visuales y auditivas, las cuales fueron en algunos casos explicadas a través de la Fe en Dios. El ejemplo más emblemático fue el de Juana de Arco, en donde la historia cuenta que obedeció un posible llamado divino. A la luz de los descubrimientos neurológicos, psiquiátricos y neurocientíficos sobre esquizofrenia al día de hoy esta comunicación directa con Dios estaría más relacionada con una patología psiquiátrica que con un milagro.

Entonces ¿cuál podría ser la ventaja adaptativa que me da tener fe?

Según estudios científicos, ante una situación que aumente fuertemente los niveles de ansiedad, la religión actuaría como un amortiguador frente al fracaso. ¿Cómo? Disminuyendo notablemente los niveles de tensión y minimizando la exposición al error. Apoyarse en una creencia como forma de bajar la ansiedad existencial y la presión generada por la competencia entre pares podría verse como una ventaja adaptativa sobre nuestros antepasados.

Bajo esta lógica tranquilamente nos podríamos preguntar ¿en qué lugar de nuestro cerebro se encuentra Dios? ¿existe una región en nuestra mente exclusiva para él? ¿Dios comparte neuronas con otras funciones cerebrales habituales?

Ante estos interrogantes unos científicos bastante atrevidos lograron hacer algo simplemente extraordinario: convencer a carmelitas descalzas de participar de un experimento neurocientífico. Más precisamente, las persuadieron para escanear su cerebro mientras pensaban en el recuerdo más fuerte que hayan tenido sobre experiencia mística. Para ello, dentro del resonador magnético debieron pensar concentradamente en el contacto más cercano que hubieran tenido con Dios. Esta actividad cerebral fue comparada con un protocolo similar pero a diferencia del místico se les pidió, ya que estaban adentro de resonador, que recordaran el más intenso vínculo que hayan tenido con otro ser humano. Básicamente compararon la diferencia entre la activación cerebral que genera la «la unión con Dios» y la «unión con otro par humano». Una búsqueda hacia la región de Dios.

¿Qué activa una conexión mística? Los resultados, como era de esperar, indican una activación de múltiples áreas del cerebro (lóbulo superior, parietal, caudado izquierdo, tronco cerebral, corteza singulada anterior). El tema pasa porque no existe una activación significativamente diferente entre ambos tipos de pensamientos. Es decir que comparten las mismas regiones que procesan los recuerdos vinculados a experiencias con seres humanos. De hecho, estás regiones cerebrales también se vieron implicadas cuando una persona enamorada ve una foto de su pareja. En resumen, la religión activa funciones cognitivas y emotivas que también se ven igual de activas bajo funciones habituales.

Científicamente hoy no sabemos nada acerca de la existencia de Dios, pero si existe está en nuestro cerebro.

*Dr. Fabricio Ballarini (investigador CONICET. Laboratorio de Memoria, IBCN, Facultad de Medicina-UBA. Autor de REC y columnista de ciencia de radio Vorterix).

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