¡Que le corten la cabeza!

El odio de los islamistas hacia la música, aunque sea autóctona, provoca situaciones grotescas.

Todavía nos están llegando las reverberaciones del último escándalo pop: la reconversión de Miley Cyrus en chica rebelde. La protagonista de Hannah Montana ha dado los pasos habituales: el disco adulto, la actuación provocadora en los MTV Video Music Awards, el despelote en Rolling Stone.Espero que sus padres y/o los encargados de su carrera hayan tomado las precauciones necesarias: la criatura seguramente es ahora objetivo de los yihadistas.

Ninguna broma. Hay un libro que explora la relación de los activistas islámicos con la cultura pop: Schmoozing with terrorists, de Aaron Klein. Su misma existencia muestra que los extremistas de Oriente Próximo se tragan sus prejuicios en aras de la publicidad: Klein es un periodista estadounidense de origen judío, con residencia en Jerusalén.

Si hemos de creerle, tuvo la oportunidad de charlar extensamente con representantes de la resistencia palestina sobre el pop. Vamos a ver: no eran expertos en cantantes occidentales, pero —inmersos en el flujo mundial de la telebasura— sabían del beso de Madonna a Britney Spears en la edición 2003 de los citados Premios MTV.

No lo aprobaban. Muhammad Abdel-Al, portavoz de los Comités Populares de Resistencia, era tajante: “Si me encuentro con esas putas, tendré el honor de ser el primero en cortar sus cabezas; Madonna y Britney no deben seguir difundiendo su cultura satánica en contra del Islam”.

En comparación, Abu Abdullah, un dirigente de la rama militar de Hamás, resultaba un moderado. Ofrecería a las cantantes la oportunidad de arrepentirse, tras encerrarlas. Sin embargo ¡ay de ellas si persistían en sus errores! “Si siguen tentando a los hombres para alejarlos del Islam, serán consideradas prostitutas y castigadas con la lapidación o con 80 azotes”.

Sheik Abu Saqer alegaba no tener información directa de quiénes eran Madonna y Britney: “Solo he oído sus nombres en la televisión, cuando los padres se quejan de que sus niños abandonan sus estudios y sus valores cuando se dejan influir por esa música barata que vosotros consideráis cultura”. El jeque, conviene saberlo, fundó el grupo Espada del Islam, responsable de colocar bombas en lugares impíos de Gaza: salones de billar, cibercafés y —atención— tiendas de discos.

Tales delirios pueden servir para echarnos unas risas. Pero se toman muy en serio en los países islámicos, donde se recuerdan los asesinatos de cantantes argelinos durante la guerra civil o la ejecución de Shaima Rezayee, presentadora de un programa musical en la televisión afgana. El odio de los fundamentalistas hacia la música, aunque sea autóctona, provoca situaciones grotescas: las emisoras de radio somalíes, amenazadas por los insurgentes de Hizbul Islam, debieron renunciar incluso a cortinillas y sintonías, reemplazadas por ruidos de vehículos, grabaciones de disparos o cantos de pájaros.

Frente a tan deprimente panorama, puede sorprender que Osama Bin Laden representara un oasis de tolerancia. Kola Boof, una sudanesa que, asegura en su autobiografía, fue obligada a convertirse en su concubina, reveló su debilidad por…Whitney Houston. Maravillado por su belleza, el líder de Al Qaeda ansiaba transformarla en una de sus esposas; se ocuparía luego de convertirla en una verdadera creyente, tras convencerla de que había sufrido un “lavado de cerebro” por crecer como cristiana en Estados Unidos.

Bien pensado, mejor no usar a Bin Laden como ejemplo. Su estrategia de seducción de Whitney pasaba por el asesinato de su entonces esposo, el vocalista Bobby Brown. Según Osama —y puede que no estuviera muy equivocado— el hundimiento de Whitney fue culpa de su marido.

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