Que las religiones no apaguen otra Estrella (Sobre las víctimas incruentas del nacionalcatolicismo)

El 29 de abril de 2015 Estrella, mi madre, habría cumplido 100 años. Durante los 94 que vivió fue, como millones de españoles (y, en particular, españolas), una víctima no sangrienta del clerofascismo, y por ello no contabilizada en el recuento de sus tropelías. El daño que sufrió fue ante todo mental, o, si se prefiere, espiritual.

De jovencita, padeció en zona fascista la guerra civil, y sufrió la miseria de la posguerra como una más. Pero tuvo alguna suerte: no hizo falta que fuera ‘corregida’ por las Adoratrices (ahora premiadas por el rey) u otras monjas, y tampoco fue esclavizada ni torturada por éstas como tantas chicas sin otra salida, ni sufrió abusos curiles. Y, aunque su hermano Pepe tuvo cierta relevancia en el Partido Comunista, ella no soportó por eso, que yo sepa, ningún acoso grave.

Su infortunio fue que, previamente, no le llegaran los extraordinarios esfuerzos educativos de la II República para paliar el analfabetismo, la superstición y la represión que anegaban España. Con su casi nula formación, nunca pudo no ya plantearse sesudos problemas políticos, teológicos, históricos o científicos, sino ni siquiera poner en cuestión la bazofia que le inculcaban. Así fue fácilmente adoctrinada y amedrentada por el fascismo clerical que impregnaba la vida cotidiana española, con los obispos y ―desde el fin de la guerra― el dictador como principales cabezas visibles. (Aun así, tanto ella como mi padre ―que escuchaba Radio Pirenaica― tenían a Franco como un asesino). En realidad, de la agresión espiritual a las mujeres se hacía cargo con eficacia y buena gana, ante todo, la Iglesia católica. (En el caso de los hombres también era muy significativo el feroz adoctrinamiento militar). Mi madre no era consciente de todo eso, pero sí vio claro ―y mi padre la secundó― que era necesario que sus hijos tuviéramos una buena formación, y por ello se desvivió (todas las noches cosiendo para la calle hasta las tantas) para que, a pesar de una economía familiar paupérrima, los tres estudiáramos “una carrera”. Gracias a aquello puedo escribir esto.

Estrella pudo comprobar, durante la guerra y la posguerra, que había curas manifiestamente malos, cómplices de los crímenes nacionales. Pero esas percepciones las interpretaba como anomalías y no afectaban a su ingenua (que no genuina) fe, una fe que le transmitieron junto al miedo que con tanta generosidad ha sabido administrar la Iglesia durante siglos. Lo peor no fue que esa fe distorsionara su forma de ver el mundo, un universo poblado de fantásticos seres de ultratumba, casi todos con superpoderes. Lo peor es que estos mismos entes ficticios (ángeles, santos, espíritus, Cristo, la Virgen, el diablo, Dios) ayudaron a mantenerla rehén de una moral proterva, sobre todo para las mujeres. Éstas, asediadas con el perverso modelo de una madre absurdamente Virgen (podemos decir que la ‘casta’ por excelencia), fueron sometidas esencialmente a dos crueldades ligadas entre sí:

     -La sumisión, en especial a los hombres. Padres, hermanos y maridos, para empezar. Y para rematar, los curas, esos pequeños inquisidores de pueblo o de barrio encargados de ―además de administrar el cepillo, ya me entienden― llevar el oscurantismo, la obediencia ciega y la resignación a los últimos rincones de los salones, las alcobas y las almas. (Las excepciones, como los tardofranquistas curas rojos, no obstante su buena voluntad, hicieron y hacen un impagable servicio de lavado de cara a la Iglesia).

     -La represión de su sexualidad. Una represión abrumadora ejercida por muchos de esos mismos curas y hombres (mientras que los unos podían con demasiada frecuencia abusar, y los otros desfogar, a su antojo), pero, tal vez de forma más siniestra, por las propias mujeres. Víctimas a su vez, todos ellos, de una educación mórbida. Cualquier amago de liberación de esta represión traía consigo de inmediato lo que se tenía como la peor de las sentencias para una mujer: la consideración de puta, o su mera sospecha. Para ejecutar la sentencia bastaba la mirada, empezando por la de la madre, las parientes, las vecinas y las amigas. Pero la mirada más inmisericorde era la interior, el peor ojo vigilante estaba dentro, y no permitía disfrutar del propio cuerpo. La mirada era un Gran Hermano omnipresente que no requería ninguna cámara, ninguna tecnología. Y, cuando no era suficiente, ahí estaba la lengua, la insinuación, la maledicencia. ¡Ay si estabas en boca de la gente!

Estos daños causados por el pensamiento y la moral católicas ―bien remachados por sus implacables acciones coercitivas― han ido remitiendo con el avance del conocimiento, del pensamiento y de la ética laica, con la consecuente pérdida de poder eclesial y liberación de las conciencias. Pero, con asombro de que no cause asombro, compruebo que el secuestro religioso de las mentes infantiles continúa; y no sólo no se considera ilícito, sino que se contempla y auspicia como parte de la normalidad democrática, y se perpetra desde la escuela. Cuando hoy veo a un niño en clase de religión, o haciendo la primera comunión (y la primera confesión, esa insidiosa violación de la conciencia), se me viene a la cabeza el asedio mental que sufrí yo mismo. Y, cuando veo niñas vestidas de mininovias (¿no se dan cuenta sus allegados de lo que tiene de aberrante?), me acuerdo de mi madre ―aunque no pudo tener un vestido así― y de tantas mujeres víctimas del catolicismo desde la infancia. El adoctrinamiento católico infantil continúa, aunque, eso sí, afortunadamente moderado gracias a la secularización social (promovida, reconozcámoslo, por santos varones como Rouco, Cañizares, etc.). Pero siempre ligado a la irracionalidad imprescindible para sostener unas creencias debilitantes, tan atemorizadoras como estúpidas (el pecado original, el Salvador, Dios creador, providente, vigilante y amorosamente temible, el Juicio final, la vida eterna, el infierno, etc.). Que no son creencias inocentes, pues mantienen a las personas en la ignorancia, la dependencia y la alienación… tan convenientes para la manipulabilidad y la explotación.

Algunos opinan que la Iglesia debería pedir perdón por tantas canalladas pasadas y actuales, pero no veo qué importa eso; es más, el perdón católico suele servir para saldar deudas en falso. Lo que hace falta es que se tenga presente la historia criminal de la Iglesia (actualizada con su política anticondones frente al sida), y que se consideren también sus millones de víctimas incruentas (como Estrella), para que se perciba mejor el alcance y el peligro de sus atropellos actuales. Entre estos, la usurpación de bienes públicos y su política contra derechos humanos básicos ―en particular los sexuales, los de las mujeres y los de la infancia―. En pro de la razón, la justicia y la libertad: para que dejen de darse a la Iglesia privilegios con que proseguir sus felonías contra las tres. A la vez que se respetan y defienden, por descontado, todos los derechos de los muy diversos creyentes e increyentes, desde una escrupulosa neutralidad estatal.

Por todo lo dicho, que el Estado ponga a los escolares en manos de adoctrinadores religiosos me parece una depravación. Y aquí me refiero no sólo a los catequistas católicos, pues también están en el BOE los currículos evangélico e islámico, con sus ofrecimientos como guías morales de fuentes (Biblia, Corán…), tradiciones y modelos que violentan los derechos humanos, y con sus dislates anticientíficos. Y cualquier día llegarán los de judíos, budistas, etc. La solución para acabar de una vez con el nacionalcatolicismo no es que se extiendan las prerrogativas eclesiásticas a otros de la misma cuerda, sino terminar con todos esos privilegios y proteger a los niños de posibles abusos mentales alentando un pensamiento crítico y humanista que promueva una vida emancipada y digna. Con ello combatiremos los fundamentalismos en su raíz y, sobre todo, reduciremos al mínimo las víctimas espirituales de las religiones, para que no se apague con nuestra complicidad ninguna Estrella más.

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