¿Qué hay que decirles a los niños?

¿QUÉ HAY QUE DECIRLES A LOS NIÑOS?

Amnesty Lecture, Oxford, 21 de febrero de 1997

Por Nicholas Humphrey

 (la trascripción, en el inglés original, de la conferencia puede leerse en http://bit.ly/2wdZa73)

Traducción: Paco Mota

“Palos y piedras pueden romper mis huesos, pero las palabras nunca me harán daño”, dice el proverbio[1]. Y puesto que, como la mayoría de los proverbios, éste encierra al menos una parte de verdad, es comprensible que Amnistía Internacional haya dedicado la mayor parte de su esfuerzo a proteger a la gente de la amenaza de los palos y las piedras, y no de las palabras. Preocuparse por las palabras debe haberse tomado como un lujo.

Pero el proverbio, como la mayoría de los proverbios, también es, en parte, manifiestamente falso. El hecho es que las palabras pueden hacer daño. Para empezar, pueden dañar a las personas indirectamente, incitando a otras a dañarlas: una cruzada predicada por un papa, la propaganda racista de los nazis, los chismes malévolos de un rival… Pueden dañar a las personas, de modo menos indirecto, incitándolas a realizar acciones en su perjuicio: las mentiras de un falso profeta, el chantaje de un matón, las lisonjas de un seductor… Y las palabras pueden hacer daño de forma directa también: el azote de una lengua maliciosa, el ingrato mensaje que trae un telegrama, la aviesa invectiva que hace al oyente suplicarle a su torturador que se calle ya…

A veces, las palabras pueden incluso matar en el acto. Hay un relato escrito por Christopher Cherniak sobre un “virus verbal” letal que apareció una noche en la pantalla de un ordenador[i]. Adoptó la forma de un comecocos, un acertijo, tan paradójico que trastornaba fatalmente la mente de cualquiera que lo escuchara o leyera hasta hacerlo caer en coma irreversible. ¿Ficción? Sí, claro. Pero ficción con algunos correlatos horribles en el mundo real. Ha habido demasiados ejemplos históricos de cómo las palabras pueden adueñarse de la mente de alguien y destruir sus ganas de vivir. Piense, por ejemplo, en la llamada muerte vudú. El curandero sólo tiene que lanzar su mortal maldición sobre un hombre y la víctima se derrumba y muere en cuestión de horas. O, a una escala mayor y más terrible, piense en el suicidio en masa en Jonestown, en la Guyana, en 1972. Al líder de la secta, Jim Jones, le bastó con implantar ciertas ideas peregrinas en las cabezas de sus discípulos y a su señal novecientos de ellos bebieron voluntariamente cianuro.

¿Conque “las palabras nunca me harán daño”? Más bien podría ser que las palabras tengan un poder único para hacer daño. Y si hiciésemos un inventario de las causas de origen humano de nuestras desgracias, serían las palabras, no los palos y las piedras, las primeras de la lista. Hasta las armas de fuego y los explosivos podrían considerarse juguetitos en comparación. En su poema “Yo”, Vladimir Mayakovsky escribió: “Sobre el pavimento / de mi alma pisoteada / las suelas de los locos / dejaron como huella rudas y crueles palabras”[ii].

¿Deberíamos extender la batalla de Amnistía a este frente también? ¿Deberíamos hacer campaña por el derecho de los seres humanos a estar protegidos de la opresión y la manipulación verbal? ¿Necesitamos “leyes sobre las palabras” del mismo modo que las sociedades civilizadas tienen leyes sobre las armas, con sus permisos sobre quién tiene derecho a usarlas y en qué circunstancias? ¿Debería haber un protocolo de Ginebra sobre qué tipos de actos de habla han de considerarse crímenes contra la humanidad?

No. La respuesta, estoy seguro, debería ser, en general, “no, ni pensarlo”. La libertad de expresión es demasiado valiosa como para andar trajinando con ella. Y, por muy dolorosas que a veces sean algunas de sus consecuencias para algunos, deberíamos, aún así y por principio, resistirnos a recortarla. Claro está que deberíamos mantener a raya el daño que causan las palabras de otros, pero no a base de censurarlas como tales.

Y, puesto que estoy tan seguro de esto, en general, y puesto que pienso que la mayoría de Uds. también lo está, probablemente les chocará que diga que el propósito de mi charla de hoy es argüir justo lo contrario en un terreno particular. Argüir, en definitiva, en favor de la censura, en contra de la libertad de expresión, y hacerlo, además, en un terreno de la vida que tradicionalmente se ha considerado sacrosanto.

Me refiero a la educación moral y religiosa. Y especialmente a la educación que el niño recibe en casa, donde se permite a —e incluso se espera de— los padres que determinen para sus hijos qué cuenta como verdad y qué como falsedad, qué como correcto y qué como incorrecto.

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Seguir leyendo y acceder al texto completo de la conferencia, abrir el siguiente documento PDF: «Qué hay que decirles a los niños» por Humphrey 1997

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[1] NOTA DEL TRADUCTOR: se trata del proverbio inglés: “Sticks and stones may break my bones, but words will never hurt me”.

[i] Christopher Cherniak, «The Riddle of the Universe and its Solution» (1978), reimpreso en The Mind’s I, ed. Douglas R. Hofstadter y Daniel C. Dennett, Nueva York: Basic Books, 1981.

[ii] Vladimir Mayakovsky «I» (1912), en Mayakovsky and his Poetry, trad. George Reavey, Bombay: Current Book House, 1955.

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