Qué «Gran Hermano» haría el Vaticano

La curia vaticana está dejando pasar la mejor oportunidad desde el advenimiento de Ratzinger para ponerse al día y, con ello, ampliar el rebaño. Pero me imagino que una institución que en su fondo de armario apuesta desde hace siglos por los básicos y cuya imagen más renovadora es la de Benedicto ascendiendo en el papacóptero no estará para moderneces a estas alturas.

La Iglesia católica es como esas barberías de toda la vida que ven languidecer a las cachondas del póster hasta que de ellas sólo queda una humedad en blanco y negro estampada en la pared: la clientela más fiel se va muriendo, la chavalada quiere verse reflejada en la cocorota de David Beckham y las trémulas tijeras de la casa ya sólo aciertan a recortar cada dos meses los cuatro pelos que les quedan a sus contados y envejecidos parroquianos. Todo sea, hasta el cerrado por defunción, por mantener puras las esencias del poste tricolor, que es la cruz de los barberos.

Pensaba, a raíz del guirigay que se ha montado en torno al papa, que todo debe renovarse –aunque sea sólo en apariencia– para no quedar obsoleto. La industria textil lleva esta máxima tan lejos que recupera cíclicamente las tendencias caducas para volver a ponerlas de moda, por lo que a Roma no le debería resultar difícil sacarle partido a su fuerte y subirse al carro de lo vintage, de donde nunca se ha bajado: ¿han visto los zapatillos esos rojos del Santo Padre? Si uno comienza así la casa por los cimientos, no quiero pensar qué albergará la entreplanta.

En fin, que se me va el santo al cielo: creo que la Casa Pontificia tendría que haber aprovechado que Benedicto XVI pidió papas para orear de una vez el Vaticano, instalar un puñado de cámaras en sus instalaciones y emitir urbe et orbi el cónclave del que saldrá el sucesor de Pedro. Sospecho que la fórmula de Gran Hermano está agotada, pero un Gran Vicario podría introducir elementos inéditos hasta ahora en televisión, contaría con una liturgia propia y convertiría abstracciones como la fumata negra, la blanca, el anillo del pescador o el sello de plomo en iconos pop. Más de cien tíos encerrados (yo metería también a los guardias suizos, porque siempre dan color), totalmente aislados y rodeados de objetivos tramando quién será el elegido, pero también peleándose por la última porción de tiramisú o discutiendo si la pizza debe llevar pepperoni o no.

¿Es posible que quepan más intrigas en tan poco tiempo y espacio? A ver: me imagino a Bertone dándolo todo en el confesionario; a Rouco claramente en el plató, interiorizando el papel de Mercedes Milá; la United Colors of Cardinals nominándose unos a otros; y, respecto al edredoning, allá usted y su imaginación (a mí me viene la cera a la cabeza, pero no digo nada). Pronostico que el formato triunfaría en países latinos y católicos como Italia, España o Brasil. Y, a lo mejor, hasta crecen las vocaciones.

Me da que habemus reality show.

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