¿Qué es la fe?

Semanas atrás, recibí un curioso mensaje.
Consistía en una retahíla de extractos del Antiguo Testamento. Dado que llegaron acompañados de una bandera de Israel, supuse que quien me los enviaba era de religión judía. Por lo demás, los textos bíblicos venían a pelo, desnudos, sin ninguna presentación ni explicación. Así que no tuve forma de saber si la intención de ese lector era que naciera en mí su fe o si tan sólo pretendía impartirme un curso acelerado de ética.
 
Desconocido remitente… Si su deseo era este último, es decir, acercarme a la moralidad de su libro sagrado, discúlpeme usted, pero seguiré sin adoptarlo como modelo.
Razones no me faltan para ello, y todavía tendría más si fuese yo mujer. Cada uno de los libros del Antiguo Testamento está plagado de versículos que – en consonancia con la época a la que pertenecen – enseñan que la esposa y las hijas son propiedad del marido. El Génesis habla de que Abraham prostituía a su mujer; el Éxodo autoriza a que las esclavas sean usadas para el placer sexual del varón; el Deuteronomio exige que la mujer violada se case con su violador, el cual deberá compensar al padre por la pérdida de su posesión…
            Tampoco creo que tomase yo como referencia su libro sagrado en caso de ser homosexual, dado que, en el Levítico, directamente se estaría disponiendo para mí la pena de muerte.
            Pero no es preciso ser ni mujer ni homosexual para rechazar como patrón ético su libro. Yo tampoco lo quiero para mí en mi condición de hombre heterosexual. Sencillamente, no deseo que las mitologías gobiernen mi vida; ni que textos arcaicos que prescriben barbaries para otros seres humanos me sirvan de guía espiritual. No me hacen falta, por otra parte. Saramago decía: «no creo en dioses, no los necesito y, además, soy buena persona».
Yo no estoy tan seguro como él de ser buena persona, pero sí creo en un principio muy básico: no querer para otros lo que no querría para mí. Y también creo en el cumplimiento de las leyes humanas, a pesar de sus imperfecciones. No me hacen falta ni intermediarios espirituales ni divinidades imaginadas para saber que no he de matar, ni violar, ni robar…
 
Y si su propósito no era hacer de mí una mejor persona, sino despertar en mí alguna fe religiosa, siento decepcionarle.
Porque los relatos sobre barcos-zoológicos (¡cómo lograría el bueno de Noé que entrase en su arca toda esa fauna, con el trabajo que me cuesta a mí que un único animal – mi perro – suba a un simple coche!), serpientes parlanchinas, comunicación telepática con entes dotados de superpoderes… no dejan de ser, a mi humilde modo de ver, sólo eso: relatos. Leyendas. Pero todo es opinable: aún hoy, por ejemplo, sigue habiendo estudiosos del Antiguo Testamento explorando el Monte Ararat a la búsqueda de los restos del arca. Y la mayor parte de la humanidad sigue creyendo en esa comunicación telepática de la que hablábamos.
Cosas de la fe.
 
Quiero hablarles también de un segundo mensaje que recibí hace unos días.
«Hace falta más fe para no creer en Dios que para creer en Él».
Así de escueto (cosas del Twitter, intuyo). No especificaba el remitente a qué dios en concreto se refería. Por las mayúsculas entendí que al judeo-cristiano. Pues bien, aunque seguramente a ese lector le parezca que nuestras respectivas visiones del mundo están en las antípodas, en realidad casi opinamos lo mismo: ambos somos ateos respecto al resto de dioses, presentes y pasados, de la humanidad. Lo cual supone muchos miles de dioses. Tan sólo un dios separa nuestras opiniones, por lo demás idénticas.
 
Aunque, bien pensado, otra cosa nos distancia. ¿Más fe para no creer en Dios que para creer en Él? No. En absoluto. Permítanme explicarme.
Fe es lo que se tiene en las supersticiones. La fe religiosa, por definición, siempre es ciega. La fe consiste en creer por creer. En creer por pura necesidad emocional.
Veo a mi padre apurar sus últimas idas y venidas por este mundo. Para colmo, la demencia senil me lo devora. Pues bien, fe sería creer que, cuando muera, una parte inmaterial de él va a salir volando hacia la estratosfera en compañía de querubines alados. ¿Mi fe tendría alguna base que la respaldase, más allá de mi tristeza y de mi necesidad de creer, de mi deseo de que mi padre siguiese vivo en un paraíso? [Sobre eso no me caben dudas: si las fábulas sobre viajes post-mortem fueran ciertas, cuando mi padre llegase al cruce de caminos (izquierda infierno, derecha cielo), el regulador de tráficos celestiales le indicaría el camino por el que transitan los buenos].
La respuesta es no: mi fe no tendría ningún cimiento. Respondiendo a la pregunta del título, la fe es un conjunto de creencias irracionales transmitidas, sin cuestionar, de generación en generación.
 
Por el contrario, para no creer en mitos no hace falta fe. Yo no afirmo que los dioses no existan. Simplemente no creo en ellos. Y para no creer en algo no se precisa fe. Tan sólo he elegido no dejarme engullir por ningún engaño. Ni siquiera por el más engullidor de todos: el autoengaño. Para no creer en dioses no hace falta fe ninguna, estimado remitente de cibernética misiva…
Por otra parte, lo que mostramos los ateos ante cosas que deseamos sean ciertas no es fe, sino confianza… Fe y confianza… Todos usamos esas dos palabras como sinónimos, coloquialmente. Pero, en realidad, sus significados se parecen muy poco. La fe religiosa implica convicción. Presupone certeza.
La confianza no. La confianza duda. Pero, a pesar de sus inseguridades, se sustenta en bases racionales. Yo, por ejemplo, deseo y tengo confianza en que el avance de la ciencia conseguirá, tarde o temprano, mitigar los efectos de la demencia senil en los cerebros de futuras generaciones.
¿Por qué esa confianza? Porque he sido testigo de cómo la curiosidad, la investigación, los conocimientos científicamente adquiridos… han servido para alargar y mejorar las vidas del resto de órganos de nuestros cuerpos.
 
¿Puedo estar equivocado? Sí, por supuesto… ¡Se pueden tener certezas absolutas en tan pocas cosas!
Pero, como le ocurría a la filósofa Hipatia de Alejandría, quiero «conservar celosamente mi derecho a reflexionar, porque incluso pensar erróneamente es mejor que no pensar en absoluto». Y tener fe es haber renunciado a pensar, conformándose tan sólo con las creencias heredadas…
Mucho más cómodo, tener fe. Ahora bien, si alguien sostiene que un creador divino le regaló la inteligencia, tener fe, por cómodo que sea, parece una forma poco coherente de darle las gracias.

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