¿Qué cambia con la «islamofobia» La laicidad «a la francesa», universalismo concreto.

El 24 de agosto se rememoran las masacres de la noche de San Bartolomé en 1572, símbolo del horror de las guerras de religión. Desde entonces se ha recorrido un largo camino: reconocimiento de la libertad de conciencia inscrita en la Declaración de los derechos del hombre, reconocimiento de la ciudadanía cualquiera que sea la religión y separación de los cultos y del estado por la ley de 1905.

La laicidad “a la francesa” lleva en sí misma los principios de la paz y del universalismo. Es necesario recordarlo en estos días de confusión. Las violencias inaceptables con respecto a los ciudadanos musulmanes, o considerados como tales, se multiplican. La extrema derecha hace gala de defender la laicidad, siendo que con estos actos atiza el fuego del odio racial poniendo como diana a una religión que, en Francia, es practicada por una mayoría de las poblaciones africanas y norteafricanas. Su denuncia del islam sólo extiende su xenofobia. La derecha “sarkozysta” le sigue los pasos. Estos hechos son innegables. ¿Es necesario por tanto deshacerse de lo esencial?

Muchos lo piensan y llaman  a estas actitudes, desgraciadamente nada nuevas, con el nombre de “islamofobia”. Haciendo esto pisan un terreno resbaladizo, pues terminan a veces por asociar eso con la laicidad, denunciando con ello el pretendido neocolonialismo. No caigamos en la trampa: la laicidad “a la francesa” es indisociable de la condena de todas las dominaciones. La laicidad traduce un universalismo concreto. Universalismo porque plantea que cada uno y cada una se defina libremente y no se vea definitivamente ligado por las representaciones, prejuicios y fantasmas asociados a los supuestos orígenes de los unos y de los otros. Universalismo concreto porque, por encima de las palabras, se ve en el acceso de todos al saber desarrollado en la escuela, rechazo de los contratos de trabajo y entrevistas con derechos diferenciados.

El término de “islamofobia”, en tanto que tal, no crea problema si describe la forma de racismo descrito anteriormente. Pero llega a ser un problema si, bajo esta cobertura, reduce las formas de lucha y de emancipación, sobretodo de las poblaciones emigrantes, ligándolas a tal o cual religión. Que no nos vengan a decir que les corresponde a los dominados escoger sus formas de lucha: este sofisma hace creer que el repliegue religioso será por naturaleza una forma de protesta. Todo periodo de crisis engendra formas de comunidades (étnicas, culturales, religiosas,…) al margen de la integración social, pero, en sentido  progresista, muestran que son malas respuestas. Hace treinta años, la marcha de los “beurs"[1] llevaba la esperanza de un reconocimiento efectivo de la igualdad de derechos en el trabajo, a la ciudadanía, al derecho al voto. Quedarse en la reivindicación de una diferencia muestra el retroceso social  impulsado tras  treinta años de neoliberalismo y competencia.

 


[1] Joven árabe nacido en Francia de padres emigrantes.

Traducción: Miguel Álvarez


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