Puede ser espiritual y malo

María Scheneider es una estadounidense que compone música y dirige su propio grupo. Dijo a Ima Sanchís, que le preguntaba cómo llegó la música a su vida, que un día fue a cenar a su casa una excelente pianista, y la vio tan feliz tocando el piano que se dijo: « Yo quiero eso». Solo tenía cuatro años.

Cuando la periodista le pregunta con qué relaciona la música, la respuesta es: «Con la espiritualidad». No criticaré la respuesta, pero confieso que «espiritual» me resulta una palabra incómoda. Sobre todo porque lo que llamamos espíritu es muy vago. «Relativo a la vida interior del alma», dice el diccionario, pero esto lleva a otra duda: ¿qué es el alma? Cuando decimos de una persona que es muy espiritual, ¿exactamente qué queremos decir? ¿No se ha hecho un abuso de la palabra espiritual? Incluso algunas personas se definen diciendo «yo soy muy espiritual», lo que a mí me costaría mucho decir.

Creo que un pintor o un músico -o un escritor- no tiene por qué ser, por definición, más espiritual que un carnicero. O que un pastor o un científico. Creo que la finura de espíritu -una de las definiciones de espiritual- se puede encontrar a menudo en personas que no tienen ninguna relación con el arte y la cultura. Me parece que lo que llamamos alma no se puede identificar con ningún oficio concreto.

Pero María Schneider dice algo muy interesante. Habla de la felicidad que supone estar creando, «y cuando sacas afuera en forma de música este universo, y otro lo hace suyo, expandiéndose a su vez…».

Esta posibilidad de expansión es importante. Expandir el universo propio, dice. Y habla de universo, que suena un poco pretencioso, y cuando alguien saca fuera lo que hace, lo que cree, lo que piensa, es bueno que estos sentimientos o puntos de vista se expandan en un círculo un poco más amplio. Y este nuevo círculo se abre a otro, y así se extenderá el conocimiento y quizá la aceptación de una idea, de una manera de ver las cosas.

De esta manera se ha producido la aceptación y también el rechazo social de muchos planteamientos literarios, artísticos, maneras de vivir. Pienso que en este proceso la espiritualidad de una obra queda al margen. Lo que gobierna la transmisión es su atractivo, la adaptación a unos nuevos gustos, los intereses de otra generación, la moda y en buena parte el azar.

La espiritualidad es una abstracción personal e intransferible.

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