Prohibido hablar de enseñanza

Hace años se decía que cada español aficionado al fútbol se creía seleccionador nacional, cada uno con su once ideal en la cabeza. Ahora todos tenemos en mente un crítico economista que sabía el porqué de la crisis (aunque no lo dijo) y además un arbitrista: persona que inventa planes o proyectos para remediar males políticos. Tecleen crisis, I+D, I+D+i, y similares.

Igual que la lengua escrita es dependiente de la lengua oral, así el sistema de enseñanza depende del sistema productivo. Esto, que es obvio, no parece tan obvio a tenor de los discursos salva patrias y salva enseñanzas que circulan por ahí. Oído. Sin enseñanza pública no hay educación. Sin educación no hay investigación. Sin investigación no habrá futuro. Este querer arreglar el país o la enseñanza sin entrar en las cuestiones económicas de fondo, provoca dos discursos de claustro o de salón: uno es el discurso de la inteligencia, que subyace en la defensa de la calidad de la enseñanza del PP, y otro es el discurso de la igualdad de oportunidades -que es cantidad- del PSOE.

Ni cantidad ni calidad, nuestro alumnado son proyectos de hombres y mujeres en marcha (desde el uniforme al transporte escolar, desde los botines al donut del desayuno) que llegan con una esperanza de vida académica bien definida por sus tres variantes: la social, la geográfica y la personal, dos de las cuales -y por ese orden- vienen ya respondidas desde antes de la matrícula: clase social y zona de residencia. Añadan sexo, lugar que ocupa en la familia, creencias y expectativas, y sale: desde quien estudia para superar cotas familiares (a padre ATS, hija médica) y desde quien se obliga a estudiar por conservar un patrimonio (que la farmacia herede la farmacia), hasta quien se sabe carne de taller que un día abandonará los estudios sin que lo eviten todas las becas de este mundo; variantes las mismas que determinan la extracción social, la formación y la ideología del profesorado, grupo que -con el inglés por latín- ocupa el sitio de la vieja clerecía, cuerpo místico de la civilización y de su santa trinidad: cultura, enseñanza y educación. Si fuera una película para un óscar, sin duda se llamaría The establishment.

Por no tocar la Constitución ni el Concordato con la Iglesia, el primer PSOE (1982) dejó la enseñanza pública y laica a los pies de la privada y de los obispos de la Conferencia Episcopal. El Estado del bienestar redujo la igualdad de oportunidades a tan solo dos momentos del currículo escolar: la escolarización universal obligatoria y la selectividad. La escolarización obligatoria fue esa nueva función de la enseñanza pública que las cátedras a la antigua -sobre todo, y en los institutos- no supieron asumir jamás. Escolarización obligatoria que ha llevado a un amplio sector del profesorado de la pública a matricular a los suyos por la privada, compatible todo con la banda ancha de la enseñanza religiosa y concertada: contra igualdad y coeducación, contra ciudadanía y con la vista gorda a la religión como asignatura. Vayan a la puerta de los colegios privados o concertados del centro de poblaciones de mediano tamaño. Vean cómo ha ido subiendo el olor a sotana y a clientela del PP. Los uniformes, las catequesis, los belenes, los miércoles de ceniza, las comuniones. Y mientras, en los colegios e institutos públicos de barrio se nos iban colando niñas con su velito islámico. Tres Culturas, Alianza de Civilizaciones le llamaban. Y todo, por la paz y no violencia, esa es otra. Subrayen, si las encuentran, las igualdades y coméntenlas con familiares de los dos entornos.

A la pública y laica, casi solo le faltaba el plan Bolonia para enterrar la escasa igualdad de oportunidades. Manteniendo la escolarización universal, el bienestar español empezaba a tener un problema: contra lo anunciado por la propaganda de la reforma educativa, no había sitio en los consejos de administración para tanto estudiante de empresariales, ni había público ni salas para tanto, tanto, artista de conservatorio.

Y si un tiempo la selectividad significó que un buen expediente podía triunfar entre las distintas categorías (pública, privada o religiosa: fuera en las pruebas de acceso o en las oposiciones al Estado), ahora, en tiempos de recesión, la clase alta no está dispuesta a sufragar con sus impuestos el sueño igualitario de los más pobres. ¡Que se jodan! Es la clasista ley Wert.

Clasista fue la Grecia que se enseña en clásicas; clasista, la lengua en lengua; la historia en historia. Clasista, el mundo clasista que les metemos en la cabeza, así sea un clasismo intelectual, que es el peor: esa panda de señoritos que posan como modelos con su sabanita en nuestros libros de texto. Y como aquellos Sócrates trajeron estos Hessel y estos Savateres, el oficio docente se arrima al intelectual y se blinda y se postula a sí mismo junto a los pocos -contados- oficios de las bellas artes y de puestos directivos que queremos para nuestra gente: trabajos de despacho, de estudio, de consulta o de moqueta difícilmente predicables para la gran masa, a quien se desvía (esa es la formación profesional) a los oficios productivos: la fábrica, el andamio, la mina. Todo, con el adorno escolar del consejo orientador y con el pretexto democrático y neoliberal de si les gusta o que alguien tiene que hacerlo. Al fondo: inmigrantes, sudacas, tapadas y pateras.

¿Qué enseñar entonces? La verdad, la conciencia y la libertad. Y antes que educar princesas donde solo habrá criadas, preferible planificar el sistema de enseñanza por su lado más indiscutible: como formación profesional y centros de titulaciones oficiales. La economía, señoras y señores. Justo lo contrario al 15-M.

Hasta ahora la enseñanza ha enseñado lo que había.
En adelante, tendrá que aprender a enseñar lo que habrá.

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