PPreservar el estigma

Si el partido Popular mantiene ese indecente recurso al Matrimonio Homosexual en el Tribunal Constitucional es por la sencilla razón de que la derecha opera sobre el estigma, la diferencia y la categorización, los fundamentos del clasismo. Es un sistema operativo que ha adoptado de la Iglesia, esa gran agencia de marketing que ha creado un imperio a base de victimismo, miedo y supercherías (su fraude  inmobiliario que vende parcelas en el más allá necesita todos los clientes posibles).

El discurso del estigma es el discurso de la precariedad, el discurso de la caridad, el discurso de la limosna… Yo poseo el poder y distribuyo lo que legítimamente es tuyo haciéndolo pasar por un acto de generosidad mío. Eso sólo puede existir bajo la precariedad de ciertos lujos que yo poseo y que a su vez permiten que yo, que tengo el poder, robado de forma ilegal, te dé limosnas que me hagan imprescindible para tu vida y para este sistema que pienso perpetuar.

Estos discursos, este limosneo, esta devolución de parte del botín, a su vez, operan como propaganda. Hablan del poder de “los elegidos” y su “generosidad”. Y esa propaganda se convierte en adoctrinamiento, una especie de enseñanza sobre “lo que debe ser”, “lo que no puede cambiar sopena de acarrear el fin del mundo”. Un punto esencial para garantizar el poder y estatus de unos pocos sobre todos. Estos dicursos encumbran a unos pocos como los capacitados para dictar normas, reglas, etiquetas, categorías… afirmando que unos tienen el poder de trazar raseros, de marcar las líneas que no se pueden cruzar, unas líneas inventadas, imaginarias, mentiras que enganchan con el pensamiento mágico, ese del que la Iglesia sabe tanto, ya que le ha permitido atesorar una fortuna, acuñar poder absoluto y dinero.

Porque el estigma a la postrer es economía. Una forma de ejercer un monopolio económico que se define por el poder de castigar a otro que podría ser competencia o una amenaza a mi sistema corrupto y que, aunque consiga tanto dinero como yo, debe ser condenado al ostracismo social, hasta abandonar su poder y cedérmelo. Ese es el poder del estigma. Va más allá de ningún otro poder (incluido el económico). Y buena prueba de ello es el imperio que esa  inventora del estigma, el anatema, el “pecado” (como tanto les gusta llamar al estigma), que es la Iglesia, ha construido sobre el estigma: la brujas, los sodomitas, los infieles, los herejes… rentable ejercicio de economía que destruye toda competencia y revalida mi monopolio sobre los parámetros a cada ejercicio de opresión que realizo.

Por eso, cuando el Partido Popular habla tanto de integración y de por qué nos empeñamos los homosexuales, las mujeres o los laicos en ser “diferentes” (su modo de clasificar nuestro empeño en no definirnos por su rasero limosnero que nos impone la etiqueta de “pobres enfermos a los que, en mi infinita magnanimidad, tolero”), hace un ejercicio de hipocresía, cinismo y manipulación sin parangón. Son ellos los que se empeñan en mantener el estigma sobre el diferente. Eso es lo que quieren hacer cuando insisten en cambiar el nombre de matrimonio para los del mismo sexo: mantener el estigma. Odian que seamos iguales porque esa igualdad en la diferencia pulveriza los cimientos de su discurso: clasismo, jerarquía, discriminación… un estigma que posibilite la división en buenos y malos. Una dicotomía que encuentra su máxima expresión en la Iglesia y su ridículo “Día del Juicio Final”, la mayor orgía de estigmas que jamás se haya inventado. Un holocausto en el que unos pocos ejecutan a la mayoría sobre la base del estigma.

Y si alguien necesita esa economía del estigma es el PP. Para intentar volver a su plutocracia en la que el pueblo asiente callado ante sus sacerdotes políticos. Tomad unas limosnas sociales. No nos distraigáis mientras contamos dinero.

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