¿Por qué quiero un Estado laico?

Recién se escribió en 1864 la Encíclica del Papa Pio IX, en el contexto de una Europa que ya había establecido un Estado Moderno (con la Paz de Westfalia de 1864), la polémica no dio espera. El contenido del texto, que se llamaba “Listado de los errores de nuestro tiempo”, se distribuía entre la condena de los ideales de la democracia, el liberalismo, el positivismo, la Revolución Francesa y el socialismo; por lo que los ciudadanos europeos, acogidos en gran parte al protestantismo y la potestad de la Ciencia sobre la religión o lo espiritual, se escandalizaron y condenaron severamente estas letras.

Esta fue una forma de liberarse del yugo sacralizado de la Iglesia Católica, que llevaba dominando Europa, parte (minoritaria) y una buena porción de Las Américas, desde el S.XV.

Pero hoy, pasados 149 años, desde el dicho texto de Pio IX, parece que la enseñanza de vivir separados, como esposos divorciados el Estado y la Iglesia, se ha perdido. En nuestro tiempo es más importante la elección de un nuevo Papa -que además es el jefe de Estado del Vaticano- que las muertes diarias en Colombia por la fiebre del oro, las intervenciones corrosivas del Cerrejón, la escabrosa situación sobre la posibilidad de que el Gobierno admita al narcotráfico como delito conexo a los delitos políticos, las amenazas constantes que reciben las mujeres reclamantes de sus tierras, la situación de fondo del extinto Paro Cafetero, la excesiva deuda interna o la ilusión de que la Nación recaudará 9,25 millones en privatización -sabiendo que ya no hay de dónde más privatizar- en el 2013.

A pesar de que yo tenga una postura religiosa clara, y podría decir, radical, nunca la he profesado en público, ni mucho menos en un terreno político. Eso no se hace. Yo quiero un Estado laico porque me cansé de ver a los candidatos a cargos públicos de iglesia en iglesia y de templo en templo hablándole a los feligreses sobre lo que él podría hacer, sobre su alianza con esa iglesia; porque odio ver a mandatarios sentados en la misma mesa que los curas, y aún más, que esos mismos mandatarios -alcaldes y demás- luego vayan a un tipo de creencias totalmente opuestos a profesar amistad. Veo inadmisible que las negociaciones de paz tengan que tener el consejo o la aprobación de un sector creyente, que en temas como el aborto, la eutanasia y el matrimonio/adopción por parte de miembros de  la comunidad LGBTI tengan que estar presentes miembros de diversos cleros, como si ése no fuese un asunto jurídico-político y no espíritu-moral.

Ninguna de las iglesias tiene por qué ser el perro guardián de la moral colombiana. Y mucho menos variable intermitente de la fijación de políticas. Yo quiero que Colombia sea un Estado laico porque sería refrescante para las ideas de la Nación, se podría abarcar muchísimo más en el terreno de la innovación política y se podría definir al fin un Estado Moderno, ya que tener un Gobierno que para tomar una decisión consulta a algún sector religioso, más que ilógico y absurdo, es peligroso.

Yo quiero un Estado laico porque es la única forma verdadera del Estado. Amén.

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