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Por qué estoy contra la asignatura de Religión (con permiso de Cañizares)

El arzobispo Cañizares, como contamos en estas mismas páginas, ha hecho un encendido alegato de la asignatura de Religión. Personalmente, en virtud de la libertad de los hijos de Dios, me gustaría exponer por qué considero que la Religión debería desaparecer del sistema oficial de enseñanza.

Podría hacerse, y se ha hecho, un convincente alegato contra la asignatura de Religión en España denunciando su comprobable ineficacia. Uno podría, sin problema, exponer cómo, por el modo en que se imparte y por los materiales que se utilizan, con demasiada frecuencia la asignatura transmite de la religión católica una impresión ñoña y pueril, cuando no una repetición de los mantras de la modernidad vagamente ‘bendecidos’ por la clerecía. En su afán por contrarrestar la acusación de que la asignatura es catequesis (que es lo único que le daría sentido, para un católico), los obispos y los educadores insisten en ampliar (y difuminar) el temario en historia de las religiones, en ‘cultura’ religiosa, haciendo con ello un pan con unas tortas.

Pero no es ese mi argumento. La principal objeción contra la asignatura de Religión obligatoria impuesta por un régimen cada vez más abiertamente anticristiano es que la fe no es una asignatura, y que esta batalla entorpece y distrae de otras, mucho más importantes.

Empezaré por la exhortación con que Cañizares termina su carta: “ ¡Padres reclamad y exigid la enseñanza religiosa y moral católica confesional para vuestros hijos!”. Pero la obligación de los padres católicos es transmitir la fe a sus hijos, no subcontratar en un Estado ateo la imposición de esa ‘asignatura’. Es más: presentar el estado de la cuestión de esta manera es animar a los padres a que se desentiendan de esa transmisión de la fe, porque “para eso está el colegio”. Es tarea de los padres transmitir la fe y buscar activamente medios de formación fiables para sus hijos, no pedir a unos poderes abiertamente hostiles a la fe que le garanticen esa formación.

Porque el Estado tiene su propia religión. Este mes pasado vivimos, lo quisiéramos o no, la expresión de una de sus festividades más importantes, a la que dedican treinta días completos y que incluye la pertinente procesión en todas las ciudades y las devotas profesiones de fe de los personajes públicos. ¿Qué sentido tiene exigir a este poder que imponga la opción de una asignatura de Religión Católica, cuando casi todas las demás asignaturas van a ir encaminadas a negarla?

Pero tampoco esta es mi principal objeción. El argumento clave, el más importante, afecta a la asignatura de Religión tan como, por ejemplo, a la X en el IRPF o a cualquier otro asunto que condicione a la Iglesia, que la subordine y ate a la voluntad del poder político. Porque mientras tenga juegos de poder que jugar con el Estado, la Iglesia española no será libre, no podrá denunciar sin miedo de perder cuotas de poder lo que debe ser denunciado, perderá su capacidad profética y convertirá a sus pastores en políticos trapicheando privilegios y callando para no poner en riesgo sus privilegios.

Esa es la razón por la que, pese al acomplejamiento indiferentista de los unos y el apenas velado anticlericalismo de los otros, ningún gobierno ha querido retirarle esos privilegios a una Iglesia que aborrecen. Porque saben que es el modo de mantenerla a raya, relativamente dócil, condicionada, cobarde.

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