Por qué elijo la escuela pública

Las novelas no son argumento de una política educativa, pero pueden ser un reflejo de sus falencias, afirma la autora, al analizar ficciones que problematizan los desafíos de un sistema que debe «alcanzar lo singular desde lo igualitario»

Este artículo se desprende de una novela. No es un ensayo literario que habla de la novela en cuestión. Ni siquiera es una reseña. Se escapa de la ficción que lo motiva para referir a una realidad tan cotidiana como compleja: el colegio. Más precisamente, la escuela pública. Pero, ¿cómo hablar de la escuela pública a partir de una ficción?

Elecciones primarias transcurre entre los años 1975 y 1980. Colegio estatal en dictadura. Todas niñas en plena tirantez de sus impulsos. Ganas de gozar (de la elasticidad de una vertical puente o del casi prohibido helado de sambayón) y, al mismo tiempo, la persecución incomprensible que les viene de afuera como un guante aterrador (bombas lacrimógenas, silencio poco saludable, etcétera). En ese contexto, tan enrarecido como inevitable, las compañeritas, al igual que en todas las épocas, lidian con sus arrebatos. Se observan unas a otras. Comparan sus cambios; los festejan, los esconden. No resulta fácil conciliar lo que les pasa con lo que se les dice (dado que no es fácil conciliar lo que les pasa a los adultos con lo que los adultos dicen…). La misma palabra infancia anuncia lo inabordable. Como escribió Henry James, “los niños son enigmas luminosos”.

Hay un libro infaltable para entender la educación en sus orígenes y la niñez en su altivez: Emilio o de la educación, de Jean-Jacques Rousseau, publicado por primera vez en 1762. Allí se desglosa el término infancia, in fans, el que no tiene voz. El infans es aquél que no tiene voz propia para elegir, decidir, opinar. En la dictadura, la voz propia de cada uno desfallece hasta aproximarse a la del niño. Quizá sea una ostentación de la democracia considerar que el niño “puede” decidir u opinar, cuando en realidad está incorporando modos de averiguación para hacerlo. Apto a la perplejidad, es pura escucha y mirada. Toma, bebe el mundo; es incitado a vivir sin tener que pronunciarse. Es un ser hablado más que hablante. Un auténtico recluta de términos. Claro que siempre hay casos de inoculación, por llamarlos de algún modo; basta pensar en las instituciones educativas (también por llamarlas de algún modo) que aparecen en algunas novelas como La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa o El estudiante Törless, de Robert Musil, donde la autoridad es sinónimo de represión y no siempre debiera serlo. Como escribió Rousseau, no es posible que “la edad de la alegría se pase entre llantos, castigos y amenazas”.

Pero no toda crítica está exenta de cariño. Y es el modo en que me gusta concebir –y elegir– la escuela pública. Para seguir con las novelas, –que no son argumento de una política educativa, pero pueden ser un singular reflejo de sus falencias–, elijo una visión amable, que contempla de manera sutil las aristas del sistema y discursos que lo sustentan. Me refiero a Daniel Pennac, un escritor actual y risueño, venerado profesor de lengua y literatura en una escuela pública del suburbio de Paris.

Daniel Pennac (probable invitado a la próxima Feria Internacional del Libro) ilustra con emotivo sarcasmo la relación entre mundo privado y colegio público, entre maestro y alumno, familia y discurso. En su novela Señores los niños, un docente remata una discusión con tres alumnos de la siguiente manera: “Seamos lúcidos, señores niños: yo no recaí más en la infancia que lo que ustedes ganaron en madurez. Seamos, cómo decirlo… las caricaturas de lo que fuimos al tiempo que seguimos siendo lo que éramos: tres preadolescentes irresponsables, al lado de un viejo pedagogo apasionado. No veo otra solución de no ser una resuelta alianza entre su imaginación y mi experiencia”.  Pennac rescata las emociones y los dilemas de la enseñanza.

Otra de sus novelas, Mal de escuela, es una verdadera lección de vida, una defensa a ultranza del “zoquete” o borrico, a partir del “dolor de no comprender y sus daños colaterales”. Propone una forma verbal: “Habría que inventar un tiempo especial para el aprendizaje. El ‘presente de la encarnación’, que adviene al comprender. ¡Estoy aquí, en esta clase, y comprendo por fin! ¡Ya está! Mi cerebro se difunde por mi cuerpo: se ‘encarna’. Cuando no es así, cuando no comprendo nada, me deshago allí mismo… acabo hecho polvo y el menor soplo me disemina”.

Pennac atiende al que no entiende. Eso no implica nivelar hacia abajo; es una forma de individualizar. En este sentido, lo privado no es lo mismo que lo individual. El hecho de que una escuela sea privada no significa que se individualizarán mejor a sus alumnos. Ni siquiera es una cuestión numérica. Hay clases excesiva o moderadamente pobladas tanto en colegios privados como públicos. ¿Cómo alcanzar lo singular desde lo igualitario? La escuela laica y gratuita de Sarmiento no pretendía allanar las diferencias (por más revisionismo que se imponga…). Más bien todo lo contrario: siendo laica y gratuita, más amplia –¡y rica!– la gama de individuos.

Tampoco es lo mismo dificultad que diferencia. ¡Ni hablar de deferencia! Tener en cuenta, contemplar. Un ejemplo personal (este artículo no sólo es producto de una novela sino también de una elección, la escuela pública): una vez mi hija olvidó su carpeta en el colegio. Al día siguiente la directora nos interceptó en el patio. Tenía la carpeta en sus manos y la agitaba con leve fulgor. “¿Esta es tu carpeta?”, le preguntó a mi hija con aires de severidad. Ella se pegó tal susto que ni siquiera pudo alegrarse. Soltó un tímido “sí”. Entonces, con gran efusividad, revisando las hojas y las carátulas, la directora exclamó: “Pero… ¡cómo es posible que olvides una carpeta tan linda, con tan buena letra y hermosos dibujos!”
La miramos con asombro. El susto y la alegría se daban un abrazo. ¿Qué hubiera dicho Pennac? El halago puede ser mejor lección que una reprimenda. Lo público da una idea de menos secreto. Por lo tanto, de menor represión. Hacer público, es dar a conocer. Algo de eso había en esa transmisión.

En lo que se refiere a la novela que dio lugar a este artículo… es la propia novela, sobre una escuela pública en dictadura militar. Que fue la mía, y ahora dejó de serlo, en la ficción.

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