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Por qué el mundo árabe necesita una revolución sexual. A propósito del libro ‘El himen y el hiyab’

Reseña de ‘El himen y el hiyab’ donde Eltahawy critica el relativismo cultural y que el islamismo tilde de occidentalizante la lucha de las mujeres.

En El himen y el hiyab. Por qué el mundo árabe necesita una revolución sexual (Capitán Swing), la periodista egipcia Mona Eltahawy disecciona la situación de las mujeres en los países árabes. La enmarca con un primer capítulo titulado “Por qué nos odian” en el que se lee: “El odio islamista hacia las mujeres se ha propagado como el fuego por toda la región y arde con más fuerza que nunca”. A partir de ahí, analiza el hiyab: desde los motivos por los que ahora “hay más mujeres que nunca con velo desde las primeras décadas del siglo XX” hasta las posiciones sobre la cuestión en Europa (“estoy decepcionada con la izquierda europea por no pronunciarse y defender que prohibir el nicab es fundamental para los derechos de la mujer”), pasando por el desmontaje del argumento de la libertad de elección que se esgrime para defender el velo: elegir llevar hiyab es mucho más fácil que quitártelo; defender la libertad de llevarlo en Occidente es hacerlo desde una posición de privilegio y es dañino.

A continuación, Eltahawy habla del acoso sexual en las calles: no es algo exclusivo de Oriente Medio, pero afirma que una combinación de factores sociales, religiosos y políticos ha hecho del espacio público de la región un lugar extremadamente peligroso para las mujeres. Tal es así que denuncia que ello, junto al hecho de que la cultura las responsabiliza a ellas de su propia seguridad, ha llevado a que las mujeres se cubran y se confinen en sus casas.

El acoso en la calle recluye a las mujeres en el hogar cuando éste puede ser un espacio incluso más peligroso para ellas. La violencia de género en el seno de la familia es más que frecuente y está aceptado tanto socialmente como por parte de la justicia. Por no hablar de las violaciones que acaban en matrimonios, incluso cuando las víctimas son niñas. La reclusión, los toques de queda y los casi arrestos domiciliarios que sufren, infantilizan a las mujeres y les impiden su presencia en el espacio público. La idea de la mujer fuerte en el hogar, dice la autora, es un mito para desviar la atención de lo opresivo que es el sistema para ella, que está bajo la autoridad del doble patriarcado: el del Estado y el de su casa.

También escribe sobre “el dios de la virginidad”: “Se hace todo lo posible para mantener intacto el himen. En el altar del dios de la virginidad sacrificamos no sólo la integridad física de nuestras niñas y su derecho al placer, sino también su derecho a exigir justicia frente a la violencia sexual. A veces hasta sacrificamos sus vidas. En nombre del ‘honor’, algunas familias asesinan a sus hijas para apaciguar al dios de la virginidad”. La justificación principal de la mutilación genital femenina es el control de la sexualidad de las mujeres (la autora enumera y explica sus tipologías y cómo se efectúa y está regulada en cada país). Aunque la virginidad que han de mantener no reside sólo en su himen: las mujeres tienen que ser siempre vírgenes a nivel mental y emocional y se les niega su derecho al placer. De nuevo aquí critica el relativismo cultural: “Cuando la cultura afecta la integridad personal de una persona, cuando viola su integridad ya sea por causas de género o por pertenencia a un grupo étnico, esta cultura debería ser condenada”. Habla de una cultura que utiliza el cuerpo de la mujer, bien con velos, bien con incisiones, para definirse y para expresarse en contraposición con lo “occidental”: la lucha contra la occidentalización se libra en el cuerpo de las mujeres y las reivindicaciones de éstas se descalifican porque se las acusa de beber de Occidente.

El repaso de Eltahawy de este inventario de problemas que sufren las mujeres árabes y en el que se aportan detalles por países –con el apoyo y actualizaciones a pie de página de una atenta y comprometida traductora, María Porras Sánchez– surge de las revoluciones árabes de 2011 y de su crítica por haber sido poco provechosas para las mujeres. Primero, porque en las propias revoluciones, incluso en la plaza Tahrir de El Cairo, hubo violaciones por parte de las fuerzas de seguridad y de civiles –la violencia estatal hace aflorar la civil–. También, porque en esos procesos políticos se relegaron las demandas de las mujeres: “Los ‘temas de mujeres’ no pueden dominar ‘la política revolucionaria’”. Por ello, “aunque las mujeres hayan estado en las barricadas con los hombres, siguen en peligro de perder los pocos derechos que tenían tanto en el Egipto post-revolucionario como en Túnez, Libia, Yemen y Siria”. “Las mujeres siempre han tenido dos revoluciones pendientes: una que han combatido junto a los hombres contra los regímenes que oprimen a todos, y otra contra la misoginia que inunda la región”. “A menos que derroquemos a los Mubarak en nuestras mentes, en nuestros dormitorios y en las esquinas de nuestras calles, la revolución nunca comenzará”. La revolución social debe seguir a la política.

La autora también responsabiliza a las propias mujeres de que el patriarcado se reproduzca a sí mismo: sobre todo a las que tienen una posición de privilegio social o económica y siguen socializando a sus hijas igual; que lo hagan para protegerlas no las disculpa.

Eltahawy salpica su libro de críticas al relativismo cultural (“cuando los occidentales callan por respeto a las culturas extranjeras, sólo están apoyando los elementos más conservadores de esas culturas. El relativismo cultural es tan enemigo mío como la opresión que combato en el seno de mi cultura y de mi fe”). También critica que el islamismo tilde de occidentalizante la lucha de las mujeres por sus derechos y libertades. La autora reivindica la tradición feminista local y no persigue que occidente salve a las mujeres del mundo árabe: “Sólo nosotras podemos rescatarnos”. Pero sí busca la conexión con el movimiento feminista global: “Pongo en evidencia la misoginia en mi parte del mundo para conectar la lucha feminista en Oriente Medio y en el norte de África con la lucha global. La misoginia no se ha erradicado por completo en ninguna parte del mundo, sino que persiste en un amplio espectro, y nuestra mayor esperanza para eliminarla por completo reside en poner en evidencia y combatir las versiones locales de la misma, a sabiendas de que al hacerlo contribuimos a la lucha global”.

El libro está trufado de testimonios personales de mujeres. Y de los de la propia autora sobre su relación con el hiyab, la sexualidad, los hombres y la revelación que supuso para ella el feminismo con todas las contradicciones que le implicó, con el reto que supone ligar una ideología que supone una enmienda a la totalidad de la cultura en la que se ha crecido en la vida diaria. Ahí fue consciente de cómo lo personal es político. Además, Eltahawy reivindica la importancia de las historias concretas y lo pone de manifiesto en la cita que abre el capítulo “Hazte oír”: “¿Qué pasaría si una mujer contara la verdad sobre su vida? El mundo se abriría en dos”.

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