Política eclesiástica

En sólo unos pocos días o unas pocas horas los primeros dirigentes de la Conferencia Episcopal han pasado de agredir políticamente al Gobierno, entrando de lleno en la campaña electoral, a sentirse perseguidos como si el Gobierno los quisiera silenciar, que es lo que ha venido a decir el cardenal Cañizares en Toledo, en su homilía dominical.
 
  Olvidando algo tan sencillo como que, de la misma manera que a ellos les asiste la libertad de expresión, esa misma libertad le asiste al Gobierno y a los distintos partidos políticos para responderles o para criticar su intromisión en la batalla política.
Sin darse cuenta Cañizares de que lo que el Gobierno quiere no es que se calle sino que no paren de hablar él, Rouco y García Gasco, entre otros del sector conservador del obispado, porque están haciendo una campaña en el favor del PSOE y de la movilización de la izquierda, y en contra del PP, lo cual no acaban de entender. Y buena prueba de que esto es así es el ruidoso silencio del PP sobre la embestida episcopal, porque de considerar que esta intervención del episcopado les beneficia la habrían aplaudido, cosa que no han hecho, limitándose Rajoy a decir que Zapatero se dedica a pelearse con los obispos para no hablar de la crisis económica. Lo que puede ser cierto, pero que no sería posible si la Conferencia Episcopal no metiera tanto la pata como la mete, y además sin decir verdad.
En primer lugar, porque nadie pretende callarlos sino, al contrario, lo que desea el Gobierno es que no paren de hablar y de disparatar, confundiendo los discursos de la extrema derecha confesional con el PP. Y diciendo ciertos disparates como los relativos a la negociación con ETA, celebrada en el santuario de Loyola, y muchas veces con la mediación de sacerdotes y de obispos como Uriarte. Y no digamos cuando afirman, como lo hicieron, en el mitin de la plaza de Colón de Madrid, los cardenales Rouco y García Gasco, que la democracia se diluye o que los derechos humanos están en peligro. Todo ello una solemne falsedad.
A lo mejor resulta que, además de enfrentarse los citados cardenales con el sector más progresista de la Conferencia Episcopal en las elecciones que los obispos españoles van a celebrar en el mes de marzo, Cañizares tiene su peculiar batalla electoral con el cardenal Rouco, y por eso ha querido salir ayer con su homilía victimista.
En realidad, la Conferencia Episcopal representa hoy día al sector más ultraconservador de la derecha española, y en esta campaña electoral no hizo nada más que prolongar su actitud a lo largo de la legislatura, en la que no ha cesado de inmiscuirse en la vida política. Llegando incluso a pedir que no se acaten ciertas leyes y que se practique su boicot como una objeción de conciencia. Y a no olvidar las soflamas de la COPE, donde no se dejó títere con cabeza a lo largo de los últimos años, especialmente en contra del Gobierno y de los nacionalistas, pero también contra varios dirigentes del PP como Rajoy, Rato o Gallardón, e incluso contra el Rey, al que se llegó a pedir que abdicara.
Y después de todo esto, la Conferencia Episcopal se enfada si les critican a ellos, y meten de por medio a Dios para justificar su campaña electoral. Y, si el PSOE gana las elecciones, ya veremos qué van a decir si los españoles les dan la espalda y el nuevo Gobierno de Zapatero decide poner en marcha la reforma de la ley de plazos del aborto, recortes en la educación religiosa, reducción de la financiación de la Iglesia, avances en la eutanasia y también, y como han pedido numerosos dirigentes socialistas, la revisión de todos los acuerdos entre la Iglesia y el Estado, lo que estaría justificado y contaría con el apoyo mayoritario de los ciudadanos que en las urnas hablarán.
No se sabe quién o quiénes son los estrategas políticos de la Conferencia Episcopal, pero da la impresión de que los controlan sus peores enemigos, una vez que trabajan para el PSOE y en contra del PP. Y puede que este envite, si finalmente le sale mal a la Conferencia Episcopal, se convierta en el principio de una nueva etapa de relaciones entre la Iglesia y el Estado, algo que estaba pendiente desde el inicio de la Transición y que ahora se revela como una perentoria necesidad.

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