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Polémica visita papal

Mientras los últimos escándalos sobre maltratos y abusos sexuales de niños por parte de eclesiásticos en Bélgica siguen salpicando la reputación de la Iglesia católica, el viaje del jerarca católico a Inglaterra está produciendo una gran controversia en diversos ámbitos políticos e intelectuales ingleses.

Las manifestaciones en contra de la visita papal han sido numerosas y han ido in crescendo según se acercaba la fecha de llegada del pontífice. Más de diez mil personas han firmado una petición en la página web de Dowing Street para protestar contra una visita que costará a los ingleses alrededor de 23 millones de dólares. Y más de cincuenta personalidades públicas de la sociedad inglesa han firmado una carta en la que critican el tratamiento que va a recibir Benedicto XVI en el país. Además denuncian que el Vaticano se haya negado a firmar un buen número de tratados internacionales de defensa de los Derechos Humanos, y haya elaborado, por el contrario, sus propios tratados con muchos países; tratados (concordatos) que han contribuído a la vulneración de esos derechos universales que la Iglesia parece negarse a respetar.

Geoffrey Robertson, escritor, experto en derecho internacional y activista por los derechos humanos expone en su libro The case of the pope una investigación que llevó a cabo sobre los casos de pederastia en el seno de la Iglesia y sobre el manejo por parte de El Vaticano de los casos de maltrato infantil. Según el autor, alrededor del 9% de los miembros activos de la Iglesia están implicados en casos de abusos contra la infancia; afirma que no es nada nuevo, y que ya en la década de los años sesenta los casos de pederastia eran un grave problema que no salía a la luz pública, pero que dieron lugar a que un alto cargo eclesiástico escribiera una carta a sus superiores sugiriendo la adquisición de una isla del Caribe para recluir por un tiempo a los abusadores.

Robertson atribuye al Vaticano la responsabilidad de la violación sistemática de los Derechos Humanos y los Derechos de la infancia, y arremete contra la impunidad que protege a la comunidad religiosa frente a hechos por los que a cualquier ciudadano se le aplicarían los severos castigos penales correspondientes.

Es comprensible la reacción de muchos ciudadanos ingleses contra esta visita financiada con dinero público. Y cuesta creer la reacción de los obispos ante la difusión de unos hechos tan abominables en su institución. Mientras se atribuyen la potestad de erigirse en el paradigma supremo de las cuestiones morales, y mientras se proclaman los grandes jueces y verdugos respecto al bien y al mal, amparados en la "justicia divina", en lugar de colaborar con la justicia terrena, la ponen freno. Y llegan a justificar lo que no tiene justificación alguna.

"Los abusos sexuales se siguen cometiendo hoy en todos los niveles de la sociedad", afirmó hace unos días el obispo de Tournai. Pero el obispo de Tournai no dijo que el porcentaje de abusadores es muy superior en las comunidades religiosas, y no dijo tampoco que cualquier ciudadano civil implicado en estos casos va a la cárcel, mientras que los pederastas eclesiásticos simplemente son trasladados de lugar u obligados a hacer un "retiro espiritual". Mucha gente nos preguntamos qué tipo de pecado cometen los que amparados en esa impunidad que les otorga el ser religiosos, abusan sexualmente de niños; y qué tipo de moral es la que protege a personas que, por seguir la represión sexual que la Iglesia impone, llegan a destrozar la vida de cientos de criaturas.

Evidentes contradicciones, paradojas y contrasentidos que me reafirman en mi defensa de la justicia humana, y me confirman que la moral, la verdadera moral, no tiene nada que ver con la religión, ni la represión, ni los dogmas, ni la sumisión a esos idearios hipócritas y totalitarios que las organizaciones religiosas propugnan. La moral, la verdadera moral, es humana y no divina.

Coral Bravo es Doctora en Filología y miembro de Europa Laica

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