Poder, bondad, cine y religión

La clave no está tanto en la demonización en sí del otro como en que ésta conlleva, por contraste implícito, beatificarse uno mismo

Preludio: Una tríada totalitaria

1. ¡Apunta! (Fundamento cultural previo:)

«Recordemos que podemos hacer estas cosas no sólo por la riqueza o el poder, sino por lo que somos: una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos.»
(Una obamez)

2. ¡Dispara! (Bendición-legitimación mediática:)

«¡Ha muerto Bin Laden! ¡Confirmado! ¡Confirmado! Ha muerto Ben Laden. […] ¡Qué hermoso día! ¡Qué gran día para todos! ¡Es la noche más grande de mi carrera! ¡El cerdo está muerto! El salvaje que tanto daño nos ha hecho a todos. Y es un verdadero honor, es para mí un privilegio estar ante esta mesa en este momento.»
(Geraldo Rivera, presentador de la Fox)

3. ¡Domina! (Conclusión totalitaria, con aviso a disidentes:)

«Cualquiera que se pregunte si el autor de semejantes crímenes en suelo estadounidense no se merecía acabar como acabó necesita que le examinen la cabeza.»
(Otra obamez)

El marco cultural previo

Supongamos que el poderoso y reputado A anuncia que quiere acabar con el no tan poderoso ni reputado B. ¿Qué puede hacer para conseguirlo sin mucho desdoro de su reputación? La respuesta es conocida: demonizarlo primero.

Pero la clave no está tanto en la demonización en sí del otro como en que ésta conlleva, por contraste implícito, beatificarse (ver DRAE 3) uno mismo. Esto es muy útil para, como decíamos, preservar lo esencial de la reputación, pero también porque después de B vendrán C, D y quién sabe cuántos más. Frente a los cuales vendrá bien tener la mejor imagen pública posible.

Naturalmente, como se habrá notado, para beatificarse uno no basta con demonizar a su adversario. Eso sería esperar demasiado de un sobreentendido. Para que éste funcione de manera elocuente el demonizador ha de poseer una mínima reputación previa. La que a su vez nos remite a un marco cultural favorable.

A este respecto, es difícil sobrevalorar la influencia cultural de Occidente en el mundo (p. ej., está en la base de las revueltas árabes en curso, incomprensibles sin ella). Pero, desengañémonos, no es sobre todo la de Kierkegaard, Beethoven, Newton o Cervantes. Mucho menos la de Cristo, con ser tan amplia como distorsionada aparece. Sin menospreciar jamás su legado, aquí hablamos sobre todo de la cultura popular y, dentro de ella, de la narrativa. Literatura de best seller, cómics, parte de la música (sobre todo videoclips) y, sobre todo, cine y televisión. Hollywood, productoras estadounidenses y poco más (por cierto, en el presente año hará un siglo que se abrió el primer estudio cinematográfico hollywoodino).

Al ser humano le encanta que le cuenten historias. Eso lo sabía el Maestro, que a menudo enseñaba mediante parábolas, y también lo supo siempre su Enemigo, quien promueve toda clase de cuentos y patrañas, pero procura hacerlo por medio de las narraciones más seductoras.

Para eso el invento de los hermanos Lumière sería ideal, aunque ellos desperdiciasen el grueso del filón con producciones tan anodinas como La salida de los obreros de la fábrica. Nada extraño, habida cuenta de que consideraban su invento carente de futuro. Georges Méliès demostraría más visión, introduciendo la narrativa, pero entonces se le ocurrió aventurarse en Estados Unidos, donde sería víctima del desaprensivo Thomas Edison… Desde entonces el olfato práctico –anglosajón y judío– de esa parte del Atlántico se hizo dueño del invento.

El “cine americano” se basa en un esquema muy simple: narración y maniqueísmo. Se parte tácitamente de que la narrativa es el vehículo de la filosofía popular en ese país, tanto para reflejarla como para instilarla y modelarla. Y ésta, desde los orígenes –y junto a valores muy nobles–, incluía por ejemplo los peores elementos del calvinismo y del postcalvinismo: la férrea dicotomía, supuestamente divina, entre salvos y réprobos (así predestinados “desde antes de la fundación del mundo”); la espuria doctrina del “Destino manifiesto”, según la cual Dios habría encomendado a Estados Unidos una misión supremacista sobre la base de las virtudes de esa república; y la “teología de la prosperidad” a que, en principio de manera embrionaria, la búsqueda de signos de salvación daría lugar.

Vamos a contar mentiras (o el “cine americano”, modelador de la nación)

El Hollywood arquetípico se funda sobre esa base maniquea y, explícita o implícitamente, patriotera. Ya la primera gran película fue El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1915), por cierto racista. Las producciones típicas de “la fábrica de sueños” oponen al Bien con el Mal, o más precisamente a buenos y malos. Los segundos, rastreros; los primeros, heroicos. El mensaje es que los buenos ganan. Pragmatismo y ética van unidos, se trata de una moral del éxito (por algo la corriente filosófica pragmatista –Peirce, James y Dewey– había surgido precisamente en Norteamérica). En su seno, es fácil deslizarse desde la idea de que “el bien triunfa porque es bueno” a esa otra, más simple, de que “lo que triunfa es bueno”. En otras palabras, una ética muy práctica para los fines del Poder triunfante.

Con estos mimbres, no es raro que la figura del antihéroe nunca haya preponderado en el cine estadounidense (quizá por ello Woody Allen tenga mucho más éxito en Europa que en su país). Rambo, Indiana Jones, Skywalker, Superman, James Bond… son todos ellos, con sus variados matices, con sus más y sus menos, héroes, “buenos”, representantes del “Bien” frente al mal (en los dos últimos, la producción es británica; además, el personaje de Bond es inglés; con todo, ambos están pensados también para el público estadounidense). Aunque claro, entre sus más y sus menos haya siempre fuertes dosis de violencia y hasta ultraviolencia.

Pero es que de eso se trata: una vez que logras identificar de manera convincente al protagonista con “el bueno”, entonces ya da igual lo que haga “el bueno” para que al público se lo siga pareciendo. En la frase anterior hay tres elementos en principio igual de necesarios para la manipulación perseguida: la capacidad narrativa, el protagonismo y la bondad. Sin el primero, requerido siquiera en grado mínimo, la verosimilitud no está garantizada. El segundo es fundamental* porque solemos ver las películas desde la óptica del protagonista, es decir, tendemos a identificarnos+ con éste. Y el tercero es importante –aunque no tanto como el segundo– porque nos resulta menos incómodo identificarnos con los buenos que con los malos.

Fabricarse una imagen bondadosa es agenciarse impunidad.

Conviene insistir en la frase destacada del párrafo anterior y en la relevancia del segundo elemento. La clave, insistamos, reside en lograr identificar protagonismo con bondad. Pero es preciso comprender que para ello lo esencial no es que el protagonista sea bueno, ni siquiera según los cánones morales imperantes –aunque no esté de más–, sino que el público lo identifique como bueno. Durante décadas, el cine respetó esos cánones –la sociedad era más conservadora– y ajustó a ellos a sus protagonistas. De este modo, el público asoció a éstos con la transmisión de unos valores moralmente positivos. Pero esa asociación se mantuvo, como por inercia, incluso cuando los valores ya no eran tan positivos –siempre bajo el prisma de la moral dominante, que varió pero menos de lo que lo hacía el cine–. Por ejemplo, aunque la violencia nunca fue ajena al cine estadounidense, ni tampoco a muchos de sus beatíficos protagonistas, su presencia se ha ido haciendo mayor en las últimas décadas. Pese a ello las masas no han dejado de identificar a los protagonistas, aunque más violentos, con “los buenos”.

El factor crucial para defender a los protagonistas es, finalmente, más el propio hecho de que son protagonistas que el que sean buenos (es curioso que al rival fílmico del protagonista se le llame “antagonista”, término que tiene connotaciones negativas). Desde la óptica subjetiva del público, por un curioso resorte de la psicología humana, ya sólo su protagonismo los hace defendibles (la visión básicamente secular del mundo, muy extendida hoy, favorece decisivamente la mitificación de simples mortales). Como en virtud de que protagonizan la acción principal nos identificamos con ellos, deseamos que sus esfuerzos lleguen a buen puerto. Así es como el ideal pragmatista –éxito– reemplaza al ético. Lo bueno, desde un punto de vista objetivo, ya no es tanto lo honrado, lo idealista, lo educado… que formasen parte del viejo American way of life, sino lo eficaz, lo que es capaz de salir adelante (de nuevo, los valores capitalistas lo arrasan todo). Pero, para ello, “el bueno” tiene que tener poder, más que sus adversarios (el azar como causa del éxito suele delatar un mal guión). El cine estadounidense se ha ido volviendo, cada vez más, una apología del poder. Reflejo, por supuesto, de la realidad política norteamericana.

Pues bien, en esa narrativa cinematográfica –que en lo básico es pura propaganda– radican: 1. La esencia de la filosofía popular estadounidense, que explica muchas de sus más relevantes reacciones sociopolíticas. 2. Gran parte del éxito del imperialismo norteamericano.

La Era Neorreligiosa

El cine, y sobre todo el cine estadounidense, nos ha acostumbrado a mirar la secuencia de los hechos desde el ángulo del protagonista, que suele ser además quien lleva el peso de la acción. Y esto vale lo mismo para los hechos de una película que para los hechos reales (políticos, económicos, catástrofes naturales, atentados terroristas…).

Pero es que el mundo entero ha devenido el escenario de una gran película. Con unos protagonistas, los occidentales del “Norte” (sobre todo los estadounidenses). Unos personajes secundarios (China, Rusia, Brasil, India…), que con aquéllos conformarían la “comunidad internacional ”. Y, por supuesto, unos antagonistas o villanos (Irán, Hamás, Corea del Norte, Gadafi, Chávez…). El resto del mundo serían los extras.

Así se entiende que las víctimas del 11-S o del Katrina constituyan cosa de todos, mientras que las de Marruecos, Indonesia, Pakistán, Irak y Afganistán, pero también las de Siria y Sudán, apenas merezcan reseñas en “páginas secundarias”, aunque en muchos casos superen ampliamente a las primeras (la vieja “nación” de Grififith sigue siendo racista). Los medios informativos de masas son los coguionistas, comontadores y correalizadores que, de manera continua –más aún gracias a Internet–, dan cuerpo a la película ajustándose al guión principal y siempre bajo las órdenes del director imperial.

Dado que A –el protagonista principal– quiere acabar con B (y con C, y con D…), lo demoniza sirviéndose de los poderosos medios que controla, los cuales a su vez prácticamente monopolizan la información. Éstos le ayudan a fabricar una imagen bondadosa de sí mismo, aunque ya el mero hecho de ser el protagonista le hace partir con inmensa ventaja. Pero fabricarse esa imagen –sea en sentido ético, sea en sentido pragmático-protagónico o en ambos a la vez– es agenciarse impunidad para sus actos.

Como en el cine, el meollo del asunto ha sido contraponer el Bien con el Mal. El segundo surge de tomar un ente malo –todos los entes humanos son/somos malos– y agregarle de manera verosímil una serie de elementos viles y perversos que hagan de él un pariente de Satanás en primer grado. El primero, el Bien, se forja por eliminación (la realidad es simplista-bipolar, de modo que si no perteneces al Mal perteneces al Bien, y viceversa) y se beneficia del carácter protagónico del “bueno”. De este modo, los medios informativos de masas crean una “realidad” alternativa –de base ficticia– que se superpone a la verdadera. Una película, burda, como “buena” peli de Holllywood que en el fondo es –por su esquema–, pero de tal éxito que todo el mundo la ve y gran parte del público, en lo básico, se la cree. Y lo básico es que los protagonistas son los buenos (o, simplificando aún más, que la mayoría de los espectadores aceptan pasivamente el protagonismo de aquéllos).

Bien y Mal… Naturalmente, se trata de valores moral-religiosos. El cine estadounidense, aunque muy secular a la vez, nunca perdió su impronta religiosa, como tampoco la perdió la inmediata sociedad que lo nutre y a la que manipula. En los tiempos simplificadores que, a nivel global, inauguró el 11-S, el espíritu cinematográfico ha sido un valioso aliado para la implantación de la Era Neorreligiosa. Pero es que la religión, a su vez, es el instrumento más potente para el Poder que aspira a ser absoluto.

Recapitulemos: para dominar, al Poder le conviene pasar por bondadoso (sí, se trata de un disfraz). A nadie extrañará, por tanto, que se autoidentifique con el Sumo Bien, es decir, con Dios (por eso la primera obamez de arriba no olvida deslizar que los éxitos de Estados Unidos se deben a que es una “nación bajo Dios”). Que ponga la religión a su servicio.

Ahora bien, ¿quién ha sido históricamente el mayor especialista mundial en eso? Ciertamente, todos los imperios, de las más diversas culturas, instrumentalizaron la religión en sus más variadas formas. Pero sólo hubo, hay y habrá un poder en el que lo religioso –presentado como lo esencial de su ser– es precisamente la clave de su dominio –que constituye su verdadera vocación–. Un poder diminuto e inmenso a la vez, material y “espiritual”, estado-iglesia e iglesia-estado, con su Gran Líder vestido con el color de la pureza, y en el que lo religioso-moral actúa como fachada-tapadera del más colosal afán de poder jamás conocido entre la especie humana.

El problema del Imperio es que, si bien fuera de Estados Unidos los medios de masas son casi tan seguidistas como dentro, las propias masas no lo son tanto. A fin de cuentas, a pesar de que los líderes europeos (como Aznar en su momento) sean grandes patriotas… de “la nación americana”, resulta obvio que ese país no es el suyo. Por este motivo, la identificación patriótica –uno de los elementos básicos– nunca podrá funcionar igual de bien. Por eso, a pesar de la domesticación de los medios, seguiremos viendo, en especial fuera de Estados Unidos, brotes significativos de disidencia que no se crean la película ni se dejen engañar por sus “efectos especiales”.

¿Cómo acabar con ellos? Hace falta recurrir a un poder bondadoso que no se manche la manos de sangre cada dos por tres. Alguien que, ya desde hace siglos, supo dejar el trabajo sucio a los poderes habituales para centrarse en el puro cálculo de sus intereses. Naturalmente, hablamos otra vez del Gran Líder que en sus viajes y recepciones a las muchedumbres aparece vestido de blanco. Encabeza una institución no exenta de crímenes, pero a él se le suele dejar al margen de ellos. Además, ¿quién como él –mucho más que Obama, desde luego– tiene, mediáticamente, una asociación tan estrecha con Dios, a quien incluso dice representar e incluso encarnar?

Se da la circunstancia, por otra parte, de que ese Gran Líder es un firme aliado del Imperio. Y, lo que no es menos interesante, tiene su sede en la vieja Europa, cuyas “raíces cristianas” no renuncia a ver proclamadas.

El “cine americano” se ha demostrado muy poderoso, aunque ya hemos visto sus limitaciones. Pero otra rueda del Eje está preparada para cubrirlas. Con su acrisolada sabiduría para sobrevivir y medrar, derrotando una y otra vez a “aficionados al cine europeo” (ejemplo reciente).

Si la bondad –en un mundo caracterizado por el mal– se concentra en una sola autoridad mundial y además eso ocurre en un tiempo global, entonces esa autoridad llegará a controlar todo el poder, gracias a su perfecto disfraz. Pues bien, en ésas estamos…

* La saga de El Padrino, monumental actualización del cine de Griffith desde una óptica italoamericana, es quizá el paradigma fílmico en que los protagonistas acaban siendo “los nuestros”, incluso “los buenos”, pese a ser unos completos mafiosos (eso sí, triunfadores). Sin duda a eso ayuda que las otras “familias” parecen incluso peores, y que apenas hay contrapuntos honrados (la excepción quizá sea la esposa anglosajona de Michael Corleone, interpretada por Diane Keaton). Pero supone un ejemplo crucial de cómo protagonismo (i.e., acción principal) más triunfo puede confundirse fácilmente con bondad. No menos interesante es constatar que la trilogía, sobre todo su segunda parte, incluye un canto a “la nación americana”.

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