Podemos salvar a Sakineh

Sakineh Ashtianí se ha convertido en un símbolo. Hay que salvar su vida porque su rostro es el reflejo de todas las mujeres lapidadas, quemadas vivas y destripadas, ante la indiferencia y el silencio de las masas

Desde luego, no es muy frecuente que un escritor convoque una manifestación. Pero, en este caso, he estado lejos de quedarme solo. Sihem Habchi y las militantes de la asociación francesa Ni Putas ni Sumisas estuvieron allí. Los miles de signatarios invisibles de la petición lanzada por el sitio web de mi revista, La Règle du Jeu, estuvieron allí. Y, mientras la cosa se preparaba, los "ninjas" de mi amigo Jean-Baptiste Descroix-Vernier, esos ases de la web, esos ingenieros del alma de la Red que garantizan la continuidad del sitio y han conseguido que el llamamiento a manifestarse circule, estuvieron allí. El resultado fue un momento de una rara emoción. Y cuando, ante los miles de parisienses presentes en la plaza de la República, este hermoso domingo de septiembre, la voz de Sajjad, el hijo de Sakineh, brotó de un teléfono móvil para expresar su gratitud, los riesgos que asumía al sumarse a nosotros desde Tabriz y la importancia que tiene, incluso en Irán, una concentración de esta índole, algunos de nosotros pensamos, con el sollozo del salmista como un nudo en la garganta: "No hemos luchado para nada, nuestra súplica no ha sido en vano".

¿Por qué Sakineh?, preguntan los espíritus disconformes. ¿Acaso no hay, en Irán, en tantos lugares, otras Sakineh que se enfrentan al mismo destino? Porque Sakineh es un símbolo, respondemos al unísono. Ella hubiera podido pasarse sin serlo. Y si lo es, si se ha convertido en ese símbolo, ha sido muy a su pesar. Pero así son las cosas. Es el sino que le ha tocado en suerte; una historia delirante que se ha abatido sobre la cabeza de esta mujer sencilla, casi analfabeta, inocente en todas las acepciones de la palabra. Y es evidente que hoy, al defender a Sakineh, defendemos a esas otras Sakineh que esperan en los corredores de la muerte iraníes y, tal vez, también vengamos a aquellas a las que, desgraciadamente, no les concedieron tiempo para esperar y ya están muertas. Detrás de ese rostro están todas las mujeres lapidadas, quemadas vivas, destripadas; pero ellas no tenían rostro y desaparecieron ante la indiferencia, el silencio, la masa.

¿Por qué la lapidación?, preguntan aún. ¿En Irán no hay otras maneras de aplicar la pena capital? Porque es la más abominable de todas. Porque este atentado contra el rostro, esta andanada de piedras contra una cara inocente y desnuda, este refinamiento en la crueldad que llega hasta codificar el tamaño de los pedruscos para asegurarse de que la víctima sufre durante mucho tiempo, es un sorprendente concentrado de inhumanidad y barbarie. Y porque en esta forma de destruir un rostro, de reventar su carne, reduciéndola a un magma sanguinolento, en este gesto de bombardear una cara hasta reducirla a papilla, hay algo más que una ejecución. La lapidación no es una pena de muerte. La lapidación es más que una pena de muerte. La lapidación es la liquidación de ese cuerpo al que se somete a un juicio, de algún modo retroactivo, por haber sido carne, precisamente esa carne, la de una mujer joven y hermosa, tal vez amante, tal vez amada y que ha gozado, tal vez, de la dicha de amar y de ser amada.

Finalmente: ¿no hay otros crímenes en Irán, otros atentados contra los derechos humanos, tanto de los hombres como de las mujeres? Qué duda cabe. Pero en este se da una circunstancia que no se da en los demás. Decía Freud que todas las sociedades se fundan sobre un crimen colectivo. Pues bien, yo sostengo que, en este asunto de la lapidación, en esta forma de matar juntos y en común, en este escenario en el que cada cual se apresurará para estar seguro de arrojar la primera piedra, y si no es la primera, será la última, en esta colectivización del crimen, en esta democratización del suplicio, en esta licencia para matar que dice: "Venid, acercaos. Todos seréis asesinos. Tener vuestra parte de sangre en las manos no es solo vuestro derecho, sino también vuestro deber", aflora algo relacionado con la fundación del vínculo social iraní de hoy. De tal modo que, al denunciar la lapidación, al detener el brazo de la horda "linchadora" y comulgante, al proteger el rostro de Sakineh, apuntamos además al corazón del régimen.

¿Si lo conseguiremos? ¿Y qué pueden las oraciones silenciosas de una muchedumbre de manifestantes contra las piedras? Los regímenes totalitarios, contrariamente a lo que se dice, no son irreductibles. Es un error creer que son autistas y que nunca se echan atrás. Al contrario, lo hacen. Siempre se han echado atrás, en todas partes. Para ello, solo hace falta que encuentren la resistencia apropiada. Hitler se echó atrás con ocasión del proceso Dimitrov. Stalin se echó atrás cuando una campaña de opinión encabezada por Romain Rolland le obligó a indultar a Victor Serge. ¿Y a cuántos disidentes se vieron obligados a liberar los soviéticos ante la presión internacional en los años setenta? Pues bien, el régimen iraní también puede aflojar. Y lo hará si la campaña no se debilita, si otras personas la refuerzan y, especialmente, si en el mundo islámico, las autoridades espirituales, intelectuales o, simplemente, civiles alzan la voz y toman el relevo. Es a lo que va a consagrarse en adelante La Règle du Jeu, bajo la autoridad de Gilles Hertzog, su director de publicación. Es la campaña que vamos a lanzar ahora en algunos de esos países —Bosnia, Argelia, Turquía, Marruecos…— en los que hay numerosos musulmanes que perciben la lapidación como una afrenta, también, contra el islam y el Corán. Irán cederá si comprende que si persiste, se excluirá irremediablemente de la humanidad.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.

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