Plegarias atendidas

El Papa recomienda a la curia comprar coches baratos a la par que el obispo de Vic recomienda rezar el rosario mientras se conduce para evitar accidentes. Son dos consejos compatibles amén de cristianos, aunque el consejo del obispo me recuerda la técnica de pesca de Fredo Corleone, que rezaba un Ave María cada vez que lanzaba la caña. La Virgen solía recompensarle su devoción con una trucha, excepto la última vez, que lo único que pescó el pobre Fredo fue un balazo en la cabeza. Paco el Vértices, un amigo de los tiempos del instituto, también padecía una forma de devoción rara, la cual, en su caso, consistía en rezar un padrenuestro antes de entrar a la discoteca, a ver si Dios no tenía otra cosa mejor que hacer que conseguirle un plan para el fin de semana.

Paco casi siempre salía de la discoteca más solo aun de lo que había entrado, así que podía pensarse que su catolicismo militante no le servía de mucho. Al fin, una tarde, salió por la puerta grande del brazo de una chica de la que ya no pudo soltarse ni ese fin del semana ni el siguiente ni todos los que siguieron. Fue Santa Teresa quien dijo que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas.

Siempre me ha llamado la atención la forma en que funciona el catolicismo en los Padrinos, una trilogía soberbia llena hasta los topes de bodas, comuniones y bautizos, y poblada también de curas, cardenales y obispos fotograma a fotograma. Resulta cuando menos curioso que la iglesia católica protestara por una película tan inocente en comparación como La última tentación de Cristo y en cambio no excomulgara a Coppola después de los Padrinos. Vito Corleone funda el negocio familiar cargándose a un mafioso de barrio al que liquida durante una procesión, justo después de que el hombre regara de billetes el manto de una Virgen italiana. Durante el bautizo de su primer hijo, Michael Corleone recita el sacramento al tiempo que decapitan a toda la familia Tataglia y, de paso, le curan la miopía a Moe Green de un tiro en la gafa. En la tercera parte (una película considerada floja únicamente en comparación con las dos que la preceden) Coppola no tiene el menor empacho en sugerir el envenenamiento de un Papa en un embrollo financiero que implica a la Banca Vaticana y a una logia masónica.

“Este Papa no es como el anterior” dice aterrado uno de los banqueros, como si en vez de recitar una frase del guión estuviera leyendo el periódico de pasado mañana. Al paso que lleva, el Papa Francisco va camino de protagonizar un remake de El Padrino III. Con todo, la mayor blasfemia de Coppola es el asesinato de Fredo Corleone, quien muere por orden de su hermano Michael con una plegaria a la Virgen en sus labios. Todos vamos en la barca de Fredo, dijo una vez mi amigo Javier Blanco Urgoiti, y no le faltaba razón. La analogía con Cristo, el pescador de hombres, es demasiado evidente como para que haga falta subrayarla. El pobre Fredo susurraba avemarías para pescar truchas y lo mismo también rezaba el rosario para evitar accidentes de tráfico.

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