Piruetas en La Cornisa madrileña

Motivos doctrinales y emocionales llevan al arzobispado a insistir en su idea de destruir uno de los horizontes más bellos de la capital del Estado.

El proyecto de instalar a la curia eclesial madrileña en la cornisa de Las Vistillas define el criterio que rige la conducta administrativa del Arzobispado: el criterio del poder. No se trata aquí de un poder espiritual o moral derivado de creencias respetables siempre. Más bien se trata de un poder físico y presencial tan palpable como el inmobiliario. Por lo demás, reiterado, ya que a pocos metros de distancia de donde pretende erigir su sede curial, es decir, las oficinas eclesiásticas, se yergue desafiante el principal símbolo eclesial, la catedral de La Almudena, junto al otro gran poder asentado en Madrid, cuya expresión es el Palacio Real.

La pretensión de elevar a los pies de Las Vistillas construcciones que incluyen un edificio de hasta 150 metros de fachada y otras abigarradas instalaciones, con estacionamientos subterráneos donde ahora existe un parque con cientos de árboles y vestigios de un jardín renacentista y un paño de la muralla de Felipe IV, se convierte en metáfora de las contradicciones que marcan la actitud seguida aquí por la jerarquía eclesial, demasiado tiempo ya encampanada a espaldas de la lógica ciudadana, del sentido común y de la democraticidad más básica.

Su reino, dicen sus defensores, no es de este mundo y por eso yerra. Tal aserto lo desmiente una actitud tan rotundamente mundana como la de figurar con una inmensa mole de edificios administrativos en el horizonte más visible y bello de la ciudad, pese al hondo rechazo ciudadano, vecinal, que se le opone con argumentos desde que el proyecto fuera ideado. Las posibilidades de instalar su curia en otro lugar de Madrid menos polémico o bien no han sido planteadas o bien han sido rechazadas. Se invoca el sacrosanto derecho de propiedad de unos terrenos que, por cierto, en su día les pasaron de las manos de la aristocracia.

¿Qué hay detrás de esta actitud? Aparte de otras motivaciones, hay una de tipo doctrinal y otra emocional. La primera deriva de que, desde el papado de Juan Pablo II, la jerarquía vaticana considera a España “tierra de misión”. Es decir, territorio a recristianizar de nuevo. Para ello, nada mejor que partir de una posición de autoridad. Se trata de mantener posiciones irreductibles, dogmáticas pues, tanto en lo espiritual como en lo temporal, ámbito en el que se ubica la actitud de imponer a capa y espada la mole de hormigón y ladrillo en la cornisa de Las Vistillas.

Resentimiento eclesiástico

La otra razón, emocional, y muy específicamente madrileña, es que todavía hoy parece perdurar un malestar hacia el propio pueblo de Madrid por parte de la jerarquía eclesial, cuyo núcleo administrativo más obstinado sigue achacándole las conductas individualizadas contra religiosos y religiosas de algunos madrileños durante la Guerra Civil. Jamás la jerarquía admitirá abiertamente tal malestar, pero la expresión de su recelo, aunque parezca mentira, se percibe todavía hoy en actuaciones eclesiales en la ciudad y en la región.

No parece que, hasta hoy, en ese núcleo jerárquico alguien se haya planteado, al menos en voz alta, por qué razón la Iglesia española no movilizó su ascendiente moral, que sin duda tenía al menos en los templos y en muchos hogares, para intentar desactivar el golpe militar que en 1936 truncó un régimen constitucional republicano avalado por el voto ciudadano, incluido el de muchos católicos, o bien para mediar entre las partes en litigio un arbitraje que ahuyentara la confrontación.

Los crímenes contra religiosos fueron execrables, pero no lo fue menos toda una conducta histórica de una institución que se arroga la que considera única interpretación del Derecho Natural así como el monopolio en la definición y de la producción de la moral privada y pública. En 1936, buena parte del pueblo identificó a unos y otros como los mismos tiranos y, como pudo, creó en unos meses un ejército de albañiles para enfrentarlos en una guerra que el pueblo no provocó. Eso fue lo que sucedió entonces. Conviene decirlo claramente. Como el lector y la lectora pueden apreciar, con este mar de fondo, el problema de la Cornisa de Las Vistillas queda desbordado en sus límites. Pero desgraciadamente creo que es parte de un mismo todo.

Como vemos, la actitud eclesial ante la cuestión de La Cornisa madrileña nos ha llevado a escenarios de mayor calado y a contemplarla como una pirueta más de los jerarcas eclesiales, sordos al sentido común y a la sensatez, sobre el deslizante voladizo de la historia. Éste es el problema: la concatenación de causas y efectos de un desencuentro que parece imposible de desactivar. Sin embargo, la solución, qué duda cabe, compleja pero posible, pasará necesariamente por comenzar a reflexionar con sinceridad para salir de esta y otras vertiginosas cornisas de la mano de la inteligencia y de la concordia, tan necesarias siempre como la coherencia y la ineludible memoria. Las creencias, religiosas o no, forman parte de la libertad y su defensa constituye un deber ciudadano, de ello no cabe duda; pero sus interpretaciones presuntamente morales, encaminadas a legitimar determinados efectos prácticos que no son más que privilegios encubiertos, resultan ser una impostura. En Madrid hoy esa impostura sobrevuela la cornisa de Las Vistillas.

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