Petros Márkaris: ‘Los turcos laicos son la próxima minoría a la que expulsarán de Estambul’

El novelista griego regresa en su nuevo libro a la violencia étnica que sufrió su familia en Turquía, en los años 50

Seguro que, dentro de 20 años, los lectores de La muerte de Ulises de Petros Márkaris (Tusquets), aún recordaremos el libro por las 62 páginas de Tres días. Estambul, 1955, un tendero griego lleva su vida, más o menos amable, hasta que las noticias de la crisis chipriota envenenan la relación entre el Reino de Grecia y la República de Turquía. Llega la noticia de que una bomba ha estallado en la casa natal de Ataturk en Tesalónica (después se supo que el autor del atentado era un agente turco) y una muchedumbre se lanza a saquear los barrios griegos de la ciudad. La comunidad abandonará Estambul aquel año.

Petros estaba allí.

¿Cuál es el encanto de los libros de Petros Márkaris? ¿Quizá la mezcla de socarronería y desapego? Esa distancia un poco guasona con la que su detective Jaritos se relaciona con el mundo que lo rodea… Márkaris escucha la tesis y pone cara de «bueno, vale». Y aquí llega la duda. ¿Cómo mantener esa lejanía cuando el tema de un relato como éste le afecta personalmente? «Es la segunda vez que me escribo sobre esta historia, la segunda vez que tengo que tener en cuenta la conexión personal que me une a lo que estoy contando. Claro que no es fácil. Toda la insoportable levedad del ser se va al garete y el pasado empieza a pesar sobre las espaldas».

Y continúa: «Mientras mi madre y mi hermano vivieron, no hubo un solo segundo en el que dejaran de hablar de Estambul. Uno de mis mejores amigos está igual. Me invita a comer a su casa y no me habla más que de Estambul. Yo le digo: ‘Oye, está aquí tu mujer, que es estadounidense, vamos a hablar de algo que le interese más’, pero no puede, es superior a sus fuerzas. Claro: yo tengo la literatura para expresar mis cosas; él no».

Hay cuatro personajes turcos en el relato: una vecina que protege a los griegos, un médico que se comporta caballerosamente y un policía y un conserje que pretenden ser amigos, pero que, en el fondo, son parte de la turba. «Todas las familias pueden contar historias así, de heroísmo y de mezquindad. El portero de mi edificio hizo lo que se cuenta en el relato: tapó nuestros nombres de los buzones para que nadie nos atacara; y después se fue a destrozar las tiendas de los griegos que estaban dos calles más allá».¿Fue cinismo o mala información mezclada con emotividad? «Hay que entender aquel momento, el nacionalismo que estaba en todas partes. Y el nacionalismo provoca violencia».

Hay un momento conmovedor en Tres días: después de los disturbios, los griegos del cuento miden los destrozos, se lamen sus heridos y se consuelan pensando que sus autores no son sus vecinos musulmanes estambulíes, sino una horda llegada de Anatolia. «Ésa era una historia bonita que nos contaron pero que no era real. Hay fotografías que muestran a señoras obviamente estambulíes participando en los disturbios», explica Márkaris. «Estambul era una ciudad de minorías, ésa era su enorme riqueza. Ahora veo a los turcos laicos de Estambul y pienso: ‘Qué error cometisteis al tolerar nuestra expulsión y cómo lo vais a pagar. Ahora sois vosotros la minoría a la que van a echar de Estambul».

Márkaris no ha dejado de viajar a la ciudad en la que nació. Su hija vive allí desde hace seis años. «Mis amigos turcos tienen miedo. En los viejos tiempos del nacionalismo por lo menos tenían la Justicia para confiar en ella. ¿Cómo lo llevo yo? Me desespera ver que están repitiendo la historia hacia dentro y hacia fuera».

Tres días ocupa las páginas centrales de La muerte de Ulises. A su lado quedan dos relatos más cortos que elevan su efecto al cuadrado. En el primero de ellos, un griego de origen turco, ya viejo, decide volver a Estambul para morir malamente. ¿Por qué no entregarse a la nostalgia? En el otro, la acción viaja a Atenas: un cura de barrio organiza la ayuda para los emigrantes africanos que han acampado por la zona, pero una cuadrilla de ultra derecha le presiona para que deje de ser tan bueno. Los griegos son aquí los villanos.

Volvemos al tema del desapego socarrón. Debe de ser difícil mantener la distancia en un país como Grecia, en 2016, donde todo debe de ser agotadoramente emocional. «Era emocional antes. Ahora que los votantes de Syriza están desengañados, ni siquiera existe esa emotividad. No queda nada, sólo desesperanza. Pero, sí, es difícil trabajar y pensar. También en mi familia hay gente que tiene dificultades muy graves. Mi hermana y su marido… Yo los escucho, sufro con ellos y se supone que, después, tengo que escribir al respecto. Bueno, ya he hecho mis libros sobre la crisis. He pagado la factura y prefiero no seguir».

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