Perú y la laicidad. Sobre la perversión de la religión y la política

Alessandro Caviglia, filósofo y académico peruano de dos universidades, una de ella la Universidad Católica del Perú, ha publicado una opinión en su Lamula.pe analiza la laicidad como objetivo, en torno al debate que se da en muchos lugares, respecto de las escenificaciones religiosas en espacios públicos. Concretamente con la instalación nacimientos y adornos navideños en la pública Universidad de San Marcos, donde incluso se realizan ceremonias religiosas,  vulnerándose el principio de independencia del Estado frente a lo religioso.

Al respecto, la columna de Caviglia expresa: Hace unos años el filósofo Richard Bernstein escribió un libro titulado El abuso del mal. La corrupción de la política y la religión después del 11 de septiembre del 2001. En dicha obra él, el filósofo estadounidense explora las formas en las que un discurso político extremadamente conservador termina por corromper el lenguaje religioso.

Lo que Bernstein entiende como abuso del mal no es que el mal sea abusivo, sino que dicho abuso consiste en una retórica pseudoreligiosa que dice que «estamos luchando en contra del mal y en nombre de Dios». La denuncia que presenta el filósofo, de manera lúcida, es la manipulación de la religión por parte de sectores extremadamente conservadores con la finalidad de legitimarse y de justificar sus acciones como, por ejemplo, el bombardeo a Bagdad.

Pero no necesitamos ir demasiado lejos para encontrar el uso de la religión para servir a los intereses políticos conservadores. En diferentes ámbitos de la política y la sociedad peruana encontramos la manipulación de lo religioso para hacer prevalecer intereses y ambiciones  políticos particulares. El campus de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) se ha convertido, desde hace unos años, en uno de esos campos de batalla, cada vez que se acerca Navidad. Algunos profesores, administrativos y alumnos de dicha casa de estudios han encontrado a la laicidad del Estado como el gran enemigo político, defendiendo así la idea de que el Estado sea confesional.

La laicidad del Estado es uno de los elementos que garantiza la democracia en una sociedad y que asegura que todas las personas van a ser considerados como ciudadanos libres e iguales. Gracias a la afirmación de la laicidad el Estado afirma que nadie será discriminado por cuestiones religiosas y que las personas cuentan con igualdad en derechos civiles. La laicidad del Estado, lejos de buscar convertir a la sociedad y al Estado en ateos y en perseguidores de la religión, lo que hace es proteger la pluralidad en cuestiones religiosas. Es por esa razón que es de vital importancia que las instituciones del Estado no adquieran compromisos religiosos particulares, sino que asuman una posición de neutralidad  frente a cuestiones religiosas.

El principio de la laicidad exige la separación de las esferas del Estado y de la Iglesia, señalando que la esfera pública debe ser neutral. Pero aquí es necesario tener claridad sobre lo que se entiende por «esfera pública». Cuando hablamos del Estado Laico, entendemos por «esfera pública» a la esfera propia del Estado. Eso quiere decir que la laicidad no es incompatible, en modo alguno, con la presencia en la esfera de lo social. Lo religioso y la pluralidad de religiones  pueden expresarse libre y legítimamente a través de sus multiples manifestaciones en la sociedad, y reivindicar exigencias de justicia de justicia política activando su potencial profético. Lo que no se permite, en virtud de la laicidad, es el compromiso del Estado con alguna religión particular, comprometiendo alguna institución pública con algún credo religioso. Cuando en una universidad pública como la UNMSM se instalan nacimientos y adornos navideños, e incluso se realizan ceremonias religiosas, se vulnera el principio de independencia del Estado frente a lo religioso

En la parte final de su opinión, el académico señala: El hecho de que se insista con mantener lo sagrado dentro de las instituciones públicas termina por torcer el sentido de lo religioso. Se convierte en una cuestión política totalmente insana que busca ganarse la gracia de la multitud y hacer prevalecer posiciones conservadoras dentro de la institución. Posiblemente, los promotores y apologetas de estas iniciativas carezcan de una autentica motivación religiosa y simplemente los mueva una intención política conservadora y populista. De esta manera, la religión se encuentra completamente ahuecada y pervertida por intereses subalternos. Esta obstinación termina por decir más de lo cuestionable de las intenciones de los promotores y de sus apologetas que de la religión o la Navidad.


Sobre la perversión de la religión y la política

Por Alessandro Caviglia

Hace unos años el filósofo Richard Bernstein escribió un libro titulado El abuso del mal. La corrupción de la política y la religión después del 11 de septiembre del 2001. En dicha obra él, el filósofo estadounidense explora las formas en las que un discurso político extremadamente conservador termina por corromper el lenguaje religioso. Lo que Bernstein entiende como abuso del mal no es que el mal sea abusivo, sino que dicho abuso consiste en una retórica pseudoreligiosa que dice que «estamos luchando en contra del mal y en nombre de Dios». La denuncia que presenta el filósofo, de manera lúcida, es la manipulación de la religión por parte de sectores extremadamente conservadores con la finalidad de legitimarse y de justificar sus acciones como, por ejemplo, el bombardeo a Bagdad.

Pero no necesitamos ir demasiado lejos para encontrar el uso de la religión para servir a los intereses políticos conservadores. En diferentes ámbitos de la política y la sociedad peruana encontramos la manipulación de lo religioso para hacer prevalecer intereses y ambiciones  políticos particulares. El campus de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) se ha convertido, desde hace unos años, en uno de esos campos de batalla, cada vez que se acerca Navidad. Algunos profesores, administrativos y alumnos de dicha casa de estudios han encontrado a la laicidad del Estado como el gran enemigo político, defendiendo así la idea de que el Estado sea confesional.

La laicidad del Estado es uno de los elementos que garantiza la democracia en una sociedad y que asegura que todas las personas van a ser considerados como ciudadanos libres e iguales. Gracias a la afirmación de la laicidad el Estado afirma que nadie será discriminado por cuestiones religiosas y que las personas cuentan con igualdad en derechos civiles. La laicidad del Estado, lejos de buscar convertir a la sociedad y al Estado en ateos y en perseguidores de la religión, lo que hace es proteger la pluralidad en cuestiones religiosas. Es por esa razón que es de vital importancia que las instituciones del Estado no adquieran compromisos religiosos particulares, sino que asuman una posición de neutralidad  frente a cuestiones religiosas.

El principio de la laicidad exige la separación de las esferas del Estado y de la Iglesia, señalando que la esfera pública debe ser neutral. Pero aquí es necesario tener claridad sobre lo que se entiende por «esfera pública». Cuando hablamos del Estado Laico, entendemos por «esfera pública» a la esfera propia del Estado. Eso quiere decir que la laicidad no es incompatible, en modo alguno, con la presencia en la esfera de lo social. Lo religioso y la pluralidad de religiones  pueden expresarse libre y legítimamente a través de sus multiples manifestaciones en la sociedad, y reivindicar exigencias de justicia de justicia política activando su potencial profético. Lo que no se permite, en virtud de la laicidad, es el compromiso del Estado con alguna religión particular, comprometiendo alguna institución pública con algún credo religioso. Cuando en una universidad pública como la UNMSM se instalan nacimientos y adornos navideños, e incluso se realizan ceremonias religiosas, se vulnera el principio de independencia del Estado frente a lo religioso (Ver aquí).

Es por esa razón que desde el año pasado, algunos estudiantes han enviado cartas a las autoridades de la Universidad en cuestión, pidiendo que los símbolos religiosos sean retirados por respeto de la laicidad del Estado.  El año pasado lo hizo Katherin Ángeles (Ver aquí). Este año, Valeria Román reiteró la invocación a las autoridades (Ver aquí).

Rente Gonzalo Gamio ha discutido y cuestionado dos afirmaciones en contra del Estado Laico y la prohibición de adornos navideños en un espacio público, como la UNMSM (Ver aquí). En su post, Gamio cuestiona dos tesis defendidas por algunos profesores.

«a.- El tema de los nacimientos en el espacio de la Universidad del Estado no es un asunto de culto, es mera “costumbre”. Por tanto, no lo alcanzaría el principio de laicidad.»

y

«b.- Quienes defienden el principio de laicidad están imponiendo una idea foránea, ajena a las creencias y sentimientos de las mayorías. Son “imperialistas culturales” que enarbolan un falso universalismo moral.»

Como señala Gamio, ambas afirmaciones son a todas luces falaces. Es necesario anotar que el segundo argumento, el del «imperialismo cultural», es un viejo argumento utilizado por Fernando De Trasegniez en contra de los Derechos Humanos y en defensa del gobierno de Alberto Fujimori. En ese caso, como en el de la oposición a la laicidad del Estado, lo que está en juego no es el tema de lo religioso o de la religión, sino determinados intereses políticos e intereses particulares que terminan por corromper la religión.

El hecho de que se insista con mantener lo sagrado dentro de las instituciones públicas termina por torcer el sentido de lo religioso. Se convierte en una cuestión política totalmente insana que busca ganarse la gracia de la multitud y hacer prevalecer posiciones conservadoras dentro de la institución. Posiblemente, los promotores y apologetas de estas iniciativas carezcan de una autentica motivación religiosa y simplemente los mueva una intención política conservadora y populista. De esta manera, la religión se encuentra completamente ahuecada y pervertida por intereses subalternos. Esta obstinación termina por decir más de lo cuestionable de las intenciones de los promotores y de sus apologetas que de la religión o la Navidad.

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