Periodismo de corbata negra

Mucho más cercano al espectáculo que al fervor, y más parecido al divertimento que a la fe, tengo para mí que todo lo que ha ocurrido estos días tiene mucho que ver con la estética pop que inició la era del populismo mediático.

Éste ha sido un papa pop, próximo a algunos de los otros grandes fenómenos de masas virtuales, como Lady Di o U2. ¿Hay tanta diferencia entre el entierro de la princesa rota, y el entierro del Papa andarín, florecitas y peluches incluidos? Me dirán que en el caso del Papa existe un acto de fe religiosa que diferencia rotundamente el entierro de uno con el de la otra. Pero no es del todo cierto, porque el fenómeno de masas de Karol Wojtyla está mucho más ligado al ritual del populismo, que no a su catecismo ideológico. ¿Cómo se explica, sino, que todos los millones que lo han honrado en muerte, no le hicieran ni puñetero caso en vida?

Horas de espera, recogimiento, quizá lágrimas, pero la inmensa mayoría de ellos toman anticonceptivos, viven libremente su sexualidad, se divorcian si es necesario, respetan los derechos homosexuales, apoyan la emancipación femenina y no se quejan de la ciencia cuando investiga células madre. "El

Papa que llenaba estadios mientras se vaciaban las iglesias", decía este periódico, y la frase es feliz por exacta: la atracción del fenómeno imantaba mucho más allá del discurso. Podríamos decir, pues, que Wojtyla triunfó como estrella, pero fracasó como ideólogo. Representa, en propia carne, el paradigma de la posmodernidad.

Más allá del fenómeno, y del balance contradictorio de Juan Pablo II, cabe analizar el comportamiento mediático de estos días, especialmente el de la televisión pública, con su ya famoso maratón de 24 horas de panegírico papal. Quizá todo lo vivido podría resumirse en el traje de luto que Ana Blanco lucía con solemnidad, o en esa corbata negra de Lorenzo Milá que ya se ha convertido en un hito de la televisión.

Pregunta del millón: un presentador de una televisión pública, en un Estado aconfesional, informando sobre una noticia relevante, ¿qué tipo de mensaje está dando cuando aparece vestido de luto? Su corbata negra, central y en absoluto inocente, o en cualquier caso no casual, no solo connotó la información hasta convertirla en una especie de editorial sentimental, haciendo un flaco favor a la objetividad, a la distancia informativa y a la neutralidad, sino que, además, marcó el punto de inflexión de la locura mediática a que estuvimos sometidos.

TENGO la impresión de que más que fe nuestros periodistas de La Primera padecieron un supino ataque de papismo, quizá porque la mayoría venían de la mala conciencia progre que nos coge a los malos cuando se mueren los buenos. Había muerto el Papa, empezaba la bola de nieve imparable que resumía, en el momento de la muerte, toda una vida dedicada al ritual mediático, y TVE tenía que demostrar que era la primera de la clase, aunque la clase fuera la de los novillos de religión.

Estoy convencida de que la televisión pública de Zapatero se comportó como lo hubiera hecho la de Aznar, sobreactuando, cayendo en un exceso global, en el elogio desmesurado, en la falta de contrastes, y ello es lo que más me preocupa. ¿Qué habríamos dicho si esa maratón de 24 horas, sin

ningún tipo de matiz ni explicación lógica, lo hubiera perpetrado Urdaci? Sincerémonos. Habríamos montado un buen pollo. Pero como el espíritu crítico es un bien escaso, llevamos una semana enhebrando una retahíla de justificaciones para poder digerir los modelitos de Ana Blanco, la corbata de

Milá, y un servilismo papanatas que no corresponde a criterios periodísticos, especialmente a criterios públicos, ni cuadra con la lógica del Estado aconfesional.

Personalmente, la corbata de Milá, paradigma de la corbata que se puso toda TVE, me resultó realmente irritante. ¿Se la pondrán si muere Nelson Mandela? ¿Se la pondrán si muere algún gran líder político de nuestro país? ¿Por qué el Papa y no Lady Di? Y ¿por qué no Teresa de Calcuta? ¿Cómo es posible que una televisión entera, pagada por todos los ciudadanos, católicos, agnósticos, musulmanes, judíos, budistas, ateos y todo tipo de pelajes, decida que es motivo de duelo colectivo la muerte de un jefe de

Estado, vinculado a una religión, y no la muerte de cualquier otro referente social?

Puedo encontrar argumentos de todo tipo para justificar el duelo periodístico, pero ninguno tiene que ver con el periodismo. ¿Será que ZP le había dado demasiado a la Iglesia en el cogote, y llegó el momento de hacer las paces? ¿O será la fe del convertido? Será porque TVE decidió ser la televisión más

papista del escenario Lo peor es la espiral a que nos lleva toda esta locura. Después de un exceso

tan notable resulta difícil imaginarse qué vendrá después. Estamos acostumbrándonos a estas catarsis mediáticas colectivas, con las máquinas paradas en seco, los corresponsales desplazados a la zona, y nosotros embobados en el ritual de la masificación.

SUPERADA la etapa de la magnificación del individuo, clave de la modernidad, parece que llegan los tiempos de la fascinación por la masa, por la marea humana, amorfa, indefinible, barroca. Por eso el Papa fue un gran líder, pese a sus graves errores. Por ejemplo, fue el Papa que coincidió con la pandemia del sida, y no supo estar a la altura. Pero no se trata de lo que dijo ni de lo que defendió, sino de las formas, del márketing mediático que lo acompañó. Y ahí fue una auténtica estrella pop, un hombre de su tiempo.

TVE también forma parte de este tiempo, por eso se dejó arrastrar por la bola de nieve, sin personalidad, sin sentido crítico, sin sentido público. Se puso corbata negra y dejó de ser un ente propio para pasar a ser, también ella, un elemento de la masa. Posmodernidad mediática en estado puro.

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