Peña Nieto y el Vaticano; nada es personal

Dice Peña Nieto que no sabía que lo iban a grabar en el Vaticano. Es como si yo dijera: “No sabía que me iban a leer”. El argumento es falso: en el Vaticano hay una cosa que se llama “audiencia privada” y sucede cuando una persona se entrevista a solas con el Papa y nadie sabe lo que allí se dijo. Es muy distinto a una “audiencia pública”, que es la que tuvo el gobernador del Estado de México con el papa Ratzinger, en la Sala (pública) de Audiencias Paulo VI. De cualquier manera, ese detalle no es lo trascendente acerca de lo que allí sucedió.

En el debate sobre la visita de Peña Nieto al Vaticano no hay que confundir los planos. Por un lado hay quien, como la senadora María de los Ángeles Moreno, lo criticó valientemente, por lo que llamó actitud mediática y de publicidad del gobernador. Hubo también quien, como el senador Felipe González, acusó al mandatario mexiquense de violar la ley electoral porque habría utilizado recursos públicos para su promoción personal o de ser un hipócrita sin verdaderos principios, porque “cuando le conviene es católico y cuando no, es un jacobino”. Pablo Gómez lo acusó igualmente de meter él mismo cosas de su vida privada en la carrera por la candidatura presidencial. Creo que todas estas críticas son muy válidas, pero podrían distraernos acerca del verdadero problema de esta visita del gobernador del Estado de México al Vaticano.

El asunto más preocupante de esta visita no es la confusión de planos entre lo privado y lo público, sino la posible futura alianza entre el gobierno y el Episcopado católico. En otras palabras, el principal problema no es la mezcla entre público y privado del gobernador, sino el enorme riesgo de que esta visita tenga un costo político para el Estado laico y las libertades que éste debe garantizar. Jesús Ortega lo dijo atinadamente, cuando afirmó que en primer lugar es grave que un sector del clero se haya prestado a la estrategia política del gobernador para construir su campaña presidencial, pero sobre todo cuando denunció que se ha llegado ya al límite de pretender acceder a la Presidencia “a través de escalones religiosos”. El dirigente del PRD sostuvo incluso que el principal problema es esta ya evidente alianza entre el PRI y la cúpula episcopal: “Hay un sector de la Iglesia que tiene una alianza evidente con el PRI, que ha sacado iniciativas contra los derechos de las mujeres, gracias a la alianza de Beatriz Paredes y de Peña Nieto con un sector de la Iglesia católica”.

Me parece que, en efecto, el manejo que hace Peña Nieto de la necesaria distinción entre público y privado es muy cuestionable. Uno se pregunta por ejemplo: ¿de dónde salieron los recursos para darle los regalos al Papa? ¿Quién pagó a los artesanos? ¿Quién pago el traslado? ¿Quién negoció que el Vaticano los aceptara? ¿Qué papel tuvo la embajada de México ante la Santa Sede y qué papel tuvo el Episcopado? ¿Quién pagó la cena para 300 personas que se ofreció ese día? Suponiendo que todos estos gastos fueran estrictamente personales, hay otras interrogantes por resolver: ¿está de acuerdo todo el Episcopado en que su dirigente (Carlos Aguiar es al mismo tiempo arzobispo de Tlalnepantla y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano) esté realizando estos actos que constituyen un evidente espaldarazo al PRI para el 2012? ¿Puede pretender el gobernador que este acto es oficial y que no tenía nada de privado, cuando toda su familia viajó con él para saludar al Papa, o al revés pretender que es privado, cuando la idea era entregar estos obsequios al Pontífice? ¿En calidad de qué viajó Peña Nieto al Vaticano: como gobernador de un Estado laico o como católico? ¿Supone el gobernador que los creyentes de otras iglesias, los no creyentes y los creyentes católicos que defienden un Estado laico, no verán esta visita al menos con suspicacia, si no es que con enojo? Aún más: ¿Puede pretender el gobernador que nadie va a suponer que esta visita no es parte de su promoción personal? ¿Puede creer Peña Nieto que esta visita, seguramente tramitada y apoyada por los obispos de su estado, no viene o vendrá acompañada por una factura que eventualmente la Iglesia cobrará?

Como varios de sus críticos afirmaron, lo que haga el gobernador con su vida privada a nadie le debe importar. A menos que sea el mismo Peña Nieto quien la mezcle y entonces luego no se podrá quejar de que la gente se inmiscuya en ella. El problema es que hay cosas que no se pueden separar: la novia de Peña Nieto está casada por la Iglesia y tiene tres hijos. Supongo que el Episcopado, con ayuda del Vaticano, puede declarar nulo dicho matrimonio, para que pueda volver a casarse por la Iglesia, y de hecho ya inventaron que como se casó en la playa, el matrimonio no fue válido. Por lo menos no tendrán que declarar a nadie desequilibrado mental, como fue en el caso de Fox. Todo eso no nos debería de importar, siempre y cuando ignoráramos también que estas cosas que hace la Iglesia tienen un costo y generalmente se traduce en políticas públicas. Hay una factura que quizás todos terminaremos por pagar con nuestras libertades. Cuando se sabe que Peña Nieto puede ser el próximo Presidente de la República, la cosa deja de ser banal o privada. Es pública y política y nos concierne a todos.

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