Pecar y rezar

Aquella noche de diciembre miles de capitalinos se trasladaron hasta las ruinas del viejo centro de la ciudad para asistir a un evento religioso que si no fuera por el pasado de sus organizadores, no tendría nada de especial. Esa noche del nueve de diciembre de 2008, Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, mostrando públicamente su devoción a la Virgen María, patrona del pequeño país que gobiernan, organizaron una mega Purísima que atrajo a los pobladores de las zonas más pobres de Managua. La razón, más que la fe, era el rumor de que allí la “gorra” iba a estar buena: se repartirían 40 mil paquetes de granos y otros alimentos.

La fila para obtener uno de esos paquetes era inmensa y mientras pasaban las horas se tornaba sofocante. La pareja presidencial se hizo esperar y la espera desesperó a los congregados. Había insultos, empujones y forcejeos. Los bomberos tuvieron que intervenir y lanzaron chorros de agua contra la multitud. Centenares quedaron bañados, hubo 97 emergencias, siete personas con problemas respiratorios y seis fueron trasladados con problemas cardíacos al hospital Lenín Fonseca. Mientras, la pareja presidencial cantaba cánticos a la Virgen y repartía la “gorra”. Frente a ellos nada había pasado.

Al día siguiente los diarios recogían la noticia. Las fotos de los bomberos “refrescando” —el término lo usó un bombero— a la multitud ilustraban las portadas. Pero en las páginas interiores venía una advertencia que era el preludio a un enfrentamiento mayor: “Eso fue un abuso. Un abuso al pueblo. Es tratar como animal al pueblo”, dijo el Obispo de Estelí y Vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, monseñor Abelardo Mata.

La hoy tristemente célebre Purísima oficial sólo sirvió para marcar las diferencias entre el Gobierno de Ortega, empeñado en mostrar su conversión religiosa, y la jerarquía católica, que ha reforzado sus críticas contra la administración sandinista desde las denuncias de fraude electoral en las elecciones municipales del nueve de noviembre pasado. Una diferencia que un par de años antes no parecía existir, al menos de forma tan marcada. Ortega había hecho un guiño a la Iglesia al exigir a sus diputados del Frente Sandinista que votaran a favor de la criminalización del aborto terapéutico en el Código Penal, vigente desde 1893, lo que fue un puñetazo a grupos de la sociedad civil que veían en el FSLN un partido progresista. Además, Ortega había atraído hacia sus filas a uno de los jerarcas del catolicismo: el cardenal Miguel Obando y Bravo, otrora fiero enemigo de Ortega hoy convertido en asesor presidencial en temas de paz y reconciliación.

Fue Obando quien selló la conversión religiosa del comandante Ortega, el 3 de septiembre de 2005, cuando unió en matrimonio a la pareja presidencial. Y el siguiente año, año electoral, no se escuchó ni el “viborazo” pronunciado por Obando de cara a las elecciones del 1996 ni el “falso profeta” al que hizo alusión en las generales de 2001. Desde 2007, el actual Gobierno de Nicaragua ha mostrado una fe religiosa que jamás mostraron las administraciones conservadoras de la década anterior, ni siquiera la de doña Violeta Barrios de Chamorro. Desde el 2007, Ortega y Murillo han llenado de rezadores y vírgenes las rotondas de la capital, sembrado de árboles de Navidad los principales puntos de Managua y pintado rótulos que rezan “cumplirle al pueblo es cumplir a Dios”.

Para algunos analistas y disidentes del FSLN, la conversión religiosa de la pareja presidencial no es más que una farsa y manipulación, que ha creado una guerra abierta entre Ortega y la jerarquía católica. “Hay una visión instrumental de la pareja presidencial en relación en cómo intentan manejar a los otros actores de la sociedad. En el caso particular de la Iglesia, hay oportunismo político por un lado y el objetivo de buscar neutralizarla, habido de que la Iglesia es un actor de la sociedad civil que tiene un peso específico en la opinión pública”, dice Sofía Montenegro, socióloga, periodista y uno de los personajes más perseguidos por la Administración de Daniel Ortega.

“El caso del aborto terapéutico tenía la función de querer neutralizar a la Iglesia ofreciendo a cambio un caramelo. Son formas que eluden un problema real que debería ser debatido en un debate justo y honorable si en Nicaragua hubiera las condiciones para ello”, explica Montenegro.

¿Cómo se puede entender que un ex guerrillero, comandante de una revolución, otrora abierto enemigo de la Iglesia y dirigente de un partido que se autodenomina de izquierda ahora sea fiero defensor de la fe católica? Puede ser un capítulo gracioso y pintoresco de la política criolla, pero para los consultados en este reportaje muestra un lado más lamentable: la falta de formación política y el vacío ideológico de quienes administran al segundo país más pobre de América Latina.

Lo explica Montenegro: “Nunca tuvieron una formación secular sistemática profunda, una formación política que pudiera generar un tipo de propuesta sobre reformas del Estado, sobre la democracia, sobre cómo establecer instituciones más fuertes, porque no tienen la formación política ni teórica. Rosario Murillo no es ninguna doctoranda en administración pública, para pretender una reforma del Estado. Daniel Ortega, no es el gran teórico de las ciencias políticas o de la revolución o de la economía. No son economistas ni sociólogos. No hay de donde elaborar más que de una experiencia de improvisación permanente. Como hay un vacío de pensamiento, un vacío filosófico, un vacío ético, sólo lo pueden rellenar apropiándose de un discurso que es en este caso el discurso religioso”.

“Daniel Ortega nunca dejó de ser una persona creyente”, afirma por su parte la diputada Mónica Baltodano, también disidente del Frente Sandinista. Baltodano, quien conoce de cerca a la pareja presidencial, asegura que el presidente Ortega “nunca” fue ideológicamente marxista y que, entre los líderes de aquel Gobierno de la década de 1980, Ortega fue uno de los “más débiles” desde el punto de vista ideológico. Según la diputada, el Presidente ha pertenecido desde la caída de su primer gobierno, en 1990, a una rama de los Hombres de Negocios, un movimiento cristiano, por lo que ha llevado al FSLN fuera del análisis político y a asumir lo que Baltodano llama “un carácter religioso”.

“Ortega abrazó ideas fundamentalistas religiosas que llevó a asuntos de partido y de Estado. La conversión de Ortega muestra un afán sin límite por el control de poder”, explica Baltodano.

“Es un doble discurso, hay una doble moral, hay falta de escrúpulos, pero además falta de consistencia total. Navegan con un discurso seudo religioso, seudo revolucionario y con una forma de gobernar que es más propia del absolutismo monárquico, ungidos por Dios, que lo que tiene que ver con la realidad”, asegura por su parte Montenegro.

El analista Félix Maradiaga dice que la conversión religiosa de los Ortega tiene que ver más con una estrategia política. Ortega, dice Maradiaga, no logró en los ochenta una fuerte conexión con el ámbito rural nicaragüense, profundamente religioso, por lo que su aparente religiosidad actual “es una estrategia de comunicación de masas que viene del fascismo. El orteguimos ha sabido leer los símbolos mágicos que comunican valores a la sociedad nicaragüense, que es muy rural todavía. De forma tardía trata de tomar los símbolos que generan simpatía en la idiosincrasia nacional, pero no tiene conexión con los valores más profundos del país”, explica.

Un supuesto “hacker de lujo” fue el causante de que las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia alcanzaran una fuerte tensión. Según una explicación de la Primera Dama, que si no fuera por la seriedad del caso sonara a chiste, ese hacker entró a su correo electrónico y desde él hizo público un documento que difamaba a los miembros de la Conferencia Episcopal. En el documento se leen unas declaraciones atribuidas al sacerdote español Gregorio Raya, en las que se tilda de corruptos, alcohólicos, mujeriegos y padres de hijos ilegítimos a los obispos y sacerdotes nicaragüenses. Esas declaraciones levantaron ampollas en los obispos, que exigieron al Gobierno una explicación. Desde entonces, la relación entre el Gobierno de Ortega y la Iglesia parece irreconciliable.

En un cambio total de papeles, la Iglesia ha exigido al Gobierno que no se meta en asuntos de la fe, que respete las libertades públicas y el derecho de los demás a expresar sus posiciones políticas. El Estado, por su parte, se ha mostrado más intolerante e intransigente. Ha mandado a sus huestes a dar garrote a un grupo de personas de la sociedad civil que se manifestaban -con permiso de la Iglesia- en el terreno de la Catedral de Managua. Y varios obispos de este país han denunciado persecución y amenazas de muerte. Es decir, la Iglesia, otrora una institución cerrada y conservadora, ahora se muestra más democrática que el Gobierno, una institución civil y republicana.

“No hemos elegido una suerte de teocracia aquí, un Gobierno como Iglesia, con una visión teocrática o talibana donde Daniel sea el profeta y la Primera Dama la suma sacerdotisa, porque ése es el modelo que tenemos. Ese modelo ni siquiera es agarrado de la Iglesia moderna, es de uno que pertenecía a la Edad Media”, reflexiona Sofía Montenegro.

“Es un error, es vergonzoso —agrega la periodista—, sólo demuestra que no están capacitados para regirse en ninguna perspectiva de construir un Estado sobre la base de una burocracia meritocrática, por capacidad, por eficiencia, sino por ser un adepto a determinadas posiciones ideológicas o en este caso de creencias. La Iglesia parece más moderna y democrática en sus posiciones políticas.” Lo dice una de las principales críticas de la jerarquía católica nicaragüense, quien en 2003 en su columna “Ojo de mujer”, del semanario Confidencial, criticó a la Iglesia por lo que llamó “la perversión del Estado” por la influencia que ésta tuvo ante los diputados de la Asamblea Nacional para que reformaran los artículos de la Ley de Igualdad de Derechos y Oportunidades para las Mujeres. Montenegro señaló a la Conferencia Episcopal de tener “un pensamiento clerical autoritario y del más arcaico oscurantismo”.

¿Está repitiendo Daniel Ortega el mismo error que cometió durante su primer mandato, allá en los ochenta? Las tensas relaciones entre la Iglesia católica y el Gobierno sandinista influyeron, aunque no determinaron, el proceso de cambio que sacó del poder a Daniel Ortega e instauró una incipiente democracia en un país acostumbrado a guerras y dictaduras.

La diputada Mónica Baltodano reconoce que fue un error enfrentarse con la Iglesia, no mantener buenas relaciones con la jerarquía católica o apoyar una línea religiosa que según ella fue la Teología de la Liberación. “Se debió mantener la laicidad del Estado y no haberse plegado a un tipo de Iglesia, que los ciudadanos asumieran su fe, para que la Iglesia no se metiera en asuntos políticos”.

Baltodano dice que fue “una estupidez” el uso de órganos de inteligencia del Estado para humillar públicamente a algunos sacerdotes. “Se trató de doblegar a la Iglesia de la manera más torpe”, reconoce la diputada, miembro de aquel primer Gobierno sandinista.

Para Sofía Montenegro aquel enfrentamiento ideológico era “prácticamente inevitable” por la polarización política del momento y el contexto de guerra que sufría el país. Ahora, sin embargo, la confrontación con la Iglesia no tiene sentido, dice. “Este señor, en este momento, se ha sacado absolutamente de la manga esta confrontación, porque él recibió un país pacificado. La única manera que tiene de hacer política Daniel Ortega y su señora, es por la vía del conflicto y la confrontación, porque no sabe cómo hacer política de otra forma”, explica Montenegro.

Para Baltodano la conversión religiosa del Gobierno está haciendo retroceder a Nicaragua a momentos antes del siglo XIX, cuando la revolución liberal de José Santos Zelaya instauró un Estado laico, ahora protegido en el artículo 14 de la Constitución, que establece que el Estado no tiene religión.

La diputada dice que tanto el Gobierno como la Iglesia deben de instaurar un diálogo basado en el respeto mutuo: una Iglesia que no intervenga en los asuntos de Estado, y un Gobierno independiente de los asuntos religiosos.

El Gobierno de Ortega, sin embargo, parece no estar dispuesto a ese cambio. El Presidente invoca a Dios en sus discursos y la Primera Dama hace uso de símbolos religiosos en la publicidad oficial. “Ellos apuestan a manipular la conciencia religiosa de la gente. Ellos presumen que el nicaragüense está en un nivel de mentalidad como el de ellos, que es preteórico, premoderno”, dice Sofía Montenegro.

Tal vez los nicaragüenses no crean en la conversión religiosa del comandante Ortega, pero él tiene un as bajo la manga: Gobierna un país literalmente muerto de hambre, y sabe manejar las necesidades de la gente para llenar una plaza pública, repartir sacos de arroz y frijoles, mientras que, con mirada sumisa, canta cánticos a la Virgen.

Comunión. En una imagen que hace 20 años nadie se imaginaría que alguna vez se llegara a tomar, el presidente Daniel Ortega recibe la hostia, de nada menos, que el cardenal Miguel Obando y Bravo, en la Catedral de Managua. (La Prensa/Archivo)

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