Pecados

A raíz de la detención en Valencia por la Guardia Civil de un sacerdote acusado de haber abusado de dos menores de 13 y 14 años, y haber sido puesto a disposición judicial, el secretario general de la Conferencia Episcopal hizo unas declaraciones públicas en las que, además de condenar estos hechos (es evidente que nadie los elogiaría), afirmó que en España estos casos "se cuentan con los dedos de las manos". Y añadió que resulta "comprensible" que suceda alguna vez, porque "todos somos pecadores". Curiosa y surrealista consigna.

Cuando leí esta noticia, no pude evitar que me viniera a la mente la idea de "pecado" que, como a todos, me inyectaron en vena desde que tuve uso de razón, y puede que antes. No pude evitar recordar los días en que, siendo una niña pequeña, lloraba desconsolada porque, por llegar cinco minutos tarde a la misa, tenía la certeza (porque así me lo contaban) de que eso era un pecado y ardería en las llamas del infierno; con el agravante de que, como era eterno, nunca acabaría de quemarme del todo, y estaría "churrascándome" por siempre, con lo que eso debía doler.

No pude evitar recordar cómo, cuando aún carecía de herramientas de defensa intelectual, llegaba a creer que, efectivamente (porque así me lo contaban), ese hombre tan bueno yacía todo ensangrentado y había muerto por la culpa de todos, incluída la mía. ¿Qué habría hecho yo de malo para que recayera sobre mí tan atroz responsabilidad?. Aunque confieso que, a la vez, me resultaba muy, muy extraño que muriera todos los años, y que toda la humanidad arrastráramos una terrible culpa que nos convertía en "pecadores" por algo inofensivo que hizo Eva hacía veinte siglos (morder una manzana).

Y tampoco pude evitar recordar las interminables charlas que me dejaban con la idea de que en mí casi todo tenía que ser malo para ser merecedora de los castigos divinos que se me venían encima si no era obediente las 24 horas del día, si se me ocurría replicar a cualquier afirmación ilógica que no me convenciera, si cantaba o jugaba en Semana Santa, si no rezaba todas las noches, si no iba a misa todos los domingos, etc.etc.

Y, llegada la adolescencia, el tema sexual ya era la repera. Todo lo que tenía que ver con los ámbitos afectivo-sexuales era estado de excepción. La freidora, ante ese tipo de "pecados", se pondría en potencia máxima por los siglos de los siglos. Y crecí, como tantos españoles de mi generación (ni pensar en los de generaciones precedentes), con la sutil pero implacable idea de pecado, dolor, culpa y castigo acechándome sin clemencia. Porque, aunque no sean conscientes, las pautas e ideas
que se vierten sobre los niños conforman su estructura psicológica y emocional subconsciente.

Aunque mi infancia fue feliz en general, ahora (que tengo ciertos conocimientos de la psicología humana) me doy cuenta de la influencia negativa que soporté, y del trabajo posterior que he tenido que hacer para alejarme de ideas represivas que, lejos de mejorarnos como personas, nos aletargan, nos mediatizan, y nos alejan de la
alegría y de una visión sana y real de las cosas, del mundo y de la vida. Y no me refiero a la razón o a la consciencia, sino a la mente subconsciente, que es donde se graban esos mensajes con los que, lo queramos o no, nos han adoctrinado en un proceso que algunos denominan "pederastia intelectual" (porque la física es la más
evidente, pero existen otras).

Por todo ello, no salgo de mi asombro al comprobar que los mismos que utilizan la idea de "pecado" para obnubilar conciencias, los que nos hacen creer que somos
malos, malísimos, si comemos un filete en tiempo de Cuaresma, o si creemos que una unión afectiva no tiene por qué ser eterna contra la voluntad de los interesados, o si no votamos al PP, o si defendemos la democracia, la separación de iglesias y Estado, los derechos civiles, la razón como antídoto de la superstición, y la libertad,… ésos mismos son los que parecen justificar y minimizar la mayor perversión imaginable, argumentando que todos somos "pecadores".

Abusar de un niño, sea del modo que sea, no es un pecado, sino una monstruosa depravación y un delito, del que no todos, ni mucho menos, somos responsables.

Coral Bravo es Doctora en Filología y miembro de Europa Laica

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