Patricio Cerda: «En la Legión de Cristo te lavan el cerebro. Es como una secta»

Patricio Cerda es un excura con una causa. Legionario de Cristo durante dos décadas, hasta que se hartó en el 2000 porque sus denuncias internas por los abusos en la orden caían en saco roto, Cerda, chileno de nacimiento y sevillano de adopción, documenta ahora los delitos del cuestionado movimiento fundado por el notorio pederasta Marcial Maciel y recientemente intervenido por el Vaticano.

–¿Qué fue lo primero que vio?
–En el 91 yo estaba en el seminario de la Legión en Ontaneda (Cantabria). Allí había 140 niños. Una madrugada vino un chico a mi cuarto. ‘¿Puedo hablar con usted?’, me dijo. ‘Es urgente. ¿Le puedo decir un taco? Yo no sabía que en Ontaneda había maricones. Baje al segundo piso y verá que hay un padre en el cuarto de baño con Fulanito’. Bajé y vi que era cierto. Mi primera reacción fue pensar que ese hombre, el abusador, era mi superior y yo no podía hacer nada contra él.

–Pero sí lo hizo.
–Al día siguiente, me confesé ante un cura. Le pregunté qué podía hacer y me dijo que llamase al director territorial para que tomara medidas. ‘Pero llámalo desde una cabina’, me dijo. Los teléfonos estaban pinchados. Se lo conté al superior y me dijo que no me preocupara. No ocurrió nada. Después me fui enterando de más casos de abusos. Los niños me lo empezaron a contar.

–¿Intentaron abusar de usted?
–No. Yo entré con 18 años y, que yo recuerde, nunca lo intentaron.

–Tardó mucho en dejar la orden.
–¡Pero es que en la Legión te lavan el cerebro! Es como una secta. Acabas no planteándote nada. Y a nosotros se nos vendió que tras las denuncias contra Maciel estaban los comunistas, los jesuitas, los masones, los judíos… Y nunca podías cuestionar: Maciel era incuestionable.

–Ponga algún ejemplo.
–Mire, yo estuve 10 años en Roma. La Legión estaba construyendo allí una capilla. La tenían casi terminada, con capacidad para unas 400 personas. A Maciel no le gustó algo, una cosa menor, y tuvieron que derribarla y volverla a hacer. Pero no porque él lo mandara, sino solo porque hizo un comentario casual.

–Suena a historia estalinista.
–Otro ejemplo. Maciel está en el comedor con nosotros y le dice al superior, Álvaro Corcuera: ‘Mire, padre Álvaro, el césped de fuera no está del todo bien. A ver si lo arreglan un poco’. Y en ese mismo momento, Corcuera hace dos cosas: ordenar que levanten todo el césped y llamar a una empresa para que le traigan y planten nuevos rollos de hierba, de modo que cuando Maciel saliese de la comida viera que su orden se había ejecutado inmediatamente. Imagínese el prestigio que ganaba el superior que hacía algo así.

–Usted dice que le abrían la correspondencia.
–A mí y a todos. Mis padres se separaron en 1990 y yo no lo supe hasta el 98. Me lo contaron por carta, pero alguien en la Legión leyó esa carta y la rompió porque consideró que yo no debía saberlo. La separación de mis padres hizo que uno de mis hermanos, muy dependiente de mi madre, se suicidase porque ella dejó Chile y se fue a vivir a Argentina. Mi hermano se suicidó en noviembre del 90. ¿Sabe cuándo me enteré? También en el 98. A mí me dijeron que se había muerto, pero, claro, no es lo mismo. Lo supe cuando me ordené cura. Mi madre viajó a Roma y me lo contó.

–¿Y hasta entonces no había hablado con ella?
–Nos comunicábamos por carta. No podíamos llamar a nuestras familias. Y las familias, cuando te llamaban, no te encontraban. Siempre les decían que no estabas. Al final optaban por la carta. Y todas las cartas te llegaban abiertas. Había una persona encargada de leerlas. Y si no le gustaba lo que leía, las tiraba a la basura.

–De todo esto le habló a Joseph Ratzinger.
–Fue en el 2002, antes de que fuese Papa, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ya me había salido de la Legión y estaba preparando un dosier con los casos de abusos. Viajé a Roma y pedí una entrevista con el cardenal chileno Jorge Medina Estévez. Le expliqué lo que yo estaba viendo. Me dijo que al día siguiente me iba a recibir el cardenal Ratzinger. Y lo hizo: me escuchó durante media hora y me dijo que él se iba a hacer cargo. A los seis meses nombró al primer visitador para investigar los abusos. Benedicto XVI ha sido valiente.

–Explique en qué consisten los llamados votos privados.
–Consisten, por un lado, en la obligación de no criticar jamás a ningún superior y avisar si alguno de los otros religiosos ha quebrantado este compromiso. Segunda parte: no desear cargos en la congregación y avisar si sé de alguien que está postulándose como superior.

–Eso es consagrar el espionaje, ¿no?
–Tal cual. Yo venía de una dictadura como fue la de Augusto Pinochet en Chile, donde había una policía secreta, la CNI [sucesora de la Dina]. Era muy similar. Pero nosotros siempre lo sublimábamos con la fe. ‘Es algo que Dios nos pide’, nos decíamos.

–¿Qué le parece el apelativo que recibe la orden, los Millonarios de Cristo, por el dinero que mueve y por su cercanía a las clases poderosas?
–Que es verdad. A mí en la Legión no me faltaba de nada. Solo tenía que rellenar una fichita y pedir una camisa o unos zapatos. Es una vida irreal y luego no estás preparado para la de verdad. Tanto es así que cuando salí no sabía ni cómo utilizar una tarjeta de crédito en un cajero.

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