¿Para qué un Estado Vaticano?

La Iglesia de Cristo se mantiene viva desde hace dos mil años. Luces y sombras jalonan cada siglo con testimonios maravillosos y algunos ejemplos deleznables, pero inseparables, como corresponde a la condición humana. Sin embargo, la referencia social que hoy se tiene de la Iglesia se solapa muy frecuentemente con la jerarquía eclesiástica, a pesar del porcentaje pírrico que supone el número de obispos, arzobispos, cardenales (apenas doscientos) y el Papa, respecto al número de católicos en total.

La figura del Estado Vaticano como la sede central de los católicos no ayuda a una percepción diferente. Cada vez resulta más difícil entender esta figura política en perfecta simbiosis con la Iglesia de Cristo, que presume de no ser una institución política precisamente en virtud de sus fines trascendentes pero necesariamente anclada en el tiempo concreto que le toca vivir.

El reducto actual de la Ciudad del Vaticano es un anacronismo histórico que la Iglesia católica no puede permitirse por más tiempo. Gracias al Concilio Vaticano II se relativizó la visión más ahistórica de la Iglesia insistiendo en pivotar la Buena Nueva en tormo al pueblo de Dios (comunidad) y en sus ministerios; no en la jerarquía y, mucho menos, en el poder de un Estado. La función y la fuerza de sus jerarcas debe estar inspirada en el Cristo servidor y liberador, ajeno a los poderes de este mundo.

Las contradicciones de la Iglesia en este tema resultan poco digeribles para mucha gente de buena fe de dentro y de fuera de la Iglesia. La imagen de un grupo de poder asentado entre las cuatro paredes de un Estado protegido por el Derecho Internacional no es fácil de justificar con el Evangelio en la mano. Pero es que ni siquiera se aprovechan las ventajas del status diplomático para ejercer la denuncia profética a favor de los más débiles siguiendo los pasos de Cristo.

Qué oportunidad perdida con la crisis financiera fruto de la codicia y el descontrol del capitalismo consumista e insolidario; o con la matanza de Israel, para levantar la voz de la jerarquía. No debe oírse solo la voz puntual del Papa sino que, de forma reiterada, colegiada, compacta, altisonante (como cuando defienden la vida en contra del aborto), debería resonar en el mundo la voz de quienes deben liderar a la Iglesia de Jesucristo, insobornable ante cualquier componenda política contra la vida humana. Cómo se puede mantener, a estas alturas, que la Iglesia no entra en política porque no es su función, cuando el Papa ostenta la máxima representación del Estado vaticano, con títulos y honores del pasado que hace tiempo que debería haberse desprendido en línea con el mensaje y los signos ejemplares del Maestro, desde el nacimiento hasta su muerte.

¿No es política defender la vida del nasciturus manifestándose contra ciertas leyes que amplían los supuestos del aborto, o contra un modelo concreto de enseñanza? En cambio, si los cardenales y obispos se manifestasen al frente de miles de personas en defensa de la vida humana ante las matanzas en Gaza o Congo (la mayor emergencia humanitaria desde la II Guerra Mundial)… ¿la Iglesia institución estaría trasgrediendo su papel por meterse en política? ¿Y si en lugar de emitir un mensaje diplomático contra esta o aquella masacre, el colegio cardenalicio pidiese directamente y sin tregua a los Estados del G-8 y del G-20 a que alivien la crisis mundial de hambre, la sed y la falta de alimentos? ¿Y si se colocasen a la cabeza de esta iniciativa por amor a sus hermanos zaheridos al amparo de la hipocresía y el cinismo internacional? Como dice el jesuita Javier Melloni, procurar mi propio sustento es una ocupación material, pero preocuparme por el sustento ajeno es una tarea espiritual.

Jesús de Nazareth curó, sanó, y denunció las injusticias. No fue un teórico ni un diplomático que jugaba con los posibilismos: se mojó por los más necesitados hasta el punto de que el poder no vio otra solución que aniquilarlo para proteger sus intereses. La Iglesia vaticana actual está muy lejos de correr semejantes riesgos por la Buena Nueva, la de verdad. Muchos de los que buscan al Dios del amor o se alejaron de Él, no encuentran reconocible a la poderosa jerarquía eclesiástica como vicaria de Cristo.

¿Por qué no es cuestionable el Vaticano en el sentido de considerar la posibilidad de otra institución eclesial despojada del Estado y de sus pompas para que sea más libre y auténtica en el ejercicio responsable de su ministerio? Hay que recordar que la curia romana no fue fundada por Jesucristo. Solo es un medio de estructura eclesial que debe ser revisada de raíz en función su eficacia evangelizadora.

Demasiado peso institucional para una Iglesia de servicio basado en la caridad fraterna, lastrada por una imagen imperial de cuando Constantino la engatusó con el poder hasta el punto de ser él quien convocara algunos concilios. Desde entonces, la fuerza del carisma laico y comunitario ha ido menguando a medida que ganaba espacio la imagen de ostentación y poder como copartícipe del mando de Occidente.

Hoy como entonces, casi apagados los fuegos del Concilio Vaticano II, lo contentos y tranquilos que vuelven a estar “los de siempre” en su afán por el máximo beneficio a costa de quien sea, con una Iglesia domeñada por arriba presa de sus miedos y seguridades, pero zurrada por abajo cada vez que el testimonio cristiano tropieza con aquellos; pero es aquí donde Cristo reconocería a su Iglesia.

Gabriel Mª Otalora
gabriel.otalora@euskalnet.net

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