Para qué sirve un cura

De pequeño creía que los curas no tenían madre ni padre. En mi pueblo había un buen puñado y siempre pensé que habían nacido así, tal como yo los veía, con su sotana, sus sandalias, su mano dispuesta para ser besada por críos y abuelos. Fue muy cruel, en extremo doloroso, aquel día lejano en que, acompañado por mis hermanos y unos amigos, entramos en la Iglesia de El Salvador de Caravaca para inspeccionar sus rincones ocultos. Después de acceder clandestinamente a la torre y correr sobre las nervaturas góticas de la espléndida bóveda gótica, bajamos a la sacristía. De pronto todo se vino abajo, el párroco se estaba cambiando. Se había quitado la piel negra dejando ver unos pantalones de tergal, un jersey de lana y unos zapatones de Segarra. ¡Qué inmensa decepción! Yo hasta entonces creía que había animales, vegetales, minerales y curas, pero a resultas de aquella visión llegué a la conclusión de que éstos, los curas, podían incluirse entre los primeros, los animales, porque todo era fachada, vestimenta, indumentaria, disfraz.

Muy decepcionado, me puse a pensar –cosa muy rara entonces y ahora en mi–, a cavilar sobre mi relación con aquellos seres que acaban de entrar por sorpresa en el reino animal. Ellos mismos, algunos de mis amigos, algún familiar, nos hablaban constantemente de la obligación que teníamos de confesar todos nuestros pecados con la frecuencia suficiente para evitar ir al averno si la muerte nos encontraba de súbito. Pecado, muerte, infierno, resignación siempre en sus bocas, aquellos tipos parecían inspectores celestiales encargados de amargarnos la vida y después, tras unos rezos, darnos la paz interina del Señor. Yo no era ni malo ni bueno ni todo lo contrario, sólo era un chaval de un pueblo pobre rodeado de una huerta y unas montañas hermosísimas. Nada más. Pero tenía que buscar en mi menuda materia gris cosas que contar a quienes todavía no pertenecían al reino animal y sí al curil. Que si le había cogido dos reales a mi abuela, que si el otro día rompimos una de la doscientas bombillas que oscurecían el pueblo, que si había robado un puñado de albaricoques… No bastaba, el cura seguía indagando, eso eran naderías, pequeñas travesuras, pecados veniales que en caso de muerte repentina no darían con mis huesos en el infierno sino todo lo más en el purgatorio, que era como una especie de sala de espera de un aeropuerto en huelga de controladores. Buscaban más, pero yo no sabía qué, hasta que un día, hablando con un colega bastante borde –vamos, era más malo que las tueras, pero para estas cosas, muy cumplidor– me preguntó que si después de cascármela me confesaba. Quedé estupefacto, mudo, desconcertado. Yo no, nunca se me ha ocurrido, además no creo que pase nada. Sí, ya lo creo que pasa, que estás en pecado mortal desde que empezaste, y ya hace añicos, de modo que o te confiesas o prepárate. ¡Joder, con el prepárate! Día tras días los curas nos aterrorizaban con la muerte y los horrores que Satanás y Pedro Botero tenían preparados para los que cómo yo podían morir estando en pecado mortal. Así que, un día cualquiera, me acerqué al confesionario y tras contar la monserga de siempre, le dije al cura que había cometido actos impuros. Esa fue la fórmula que me había prescrito mi colega. Al clérigo le cambió la cara, despertó y salió del letargo en el que yacía entre el cojín del culo y la pared de madera de aquella caja vertical y tétrica. ¿Y cómo lo haces, te tocas, tienes rozamientos, poluciones, lo haces con amigos, en solitario? ¿Qué piensas cuando lo haces, en mujeres, en tu madre, en tu hermana…? Ni por un momento se le ocurrió que mis actos impuros pudieran venir del apareamiento con otra persona, daba por hecho que yo era autónomo, y no erraba. Lo cierto y verdad es que yo, pese a mis catorce años y tres de experiencia, no tenía ni puta idea de en qué consistían los actos impuros, me sonaba eso a algo que yo no hacía, algo exótico más relacionado con ellos que conmigo, el caso es que al acabar –el cura no tenía prisa– quiso saber desde cuando era impuro. Mentí –otro gran pecado– y le dije que desde hacía unos meses. Visto que no sacaba más información, frustrado, me mandó rezar no sé cuantos yopecadores, avesmarias y señormíojesucristo. Lo hice y salí de allí escopeteado. Al poco ocurrió lo que les he contado al principio y nunca más volví a pisar una iglesia para cosas de religión y mucho menos un confesionario. Tal fue la consecuencia de ver al rey desnudo.

Aquello era el franquismo, y esos animales que se dedicaban a vigilar por nuestra salvación eterna y nuestra sumisión terrenal, estaban en todos lados y a todas horas. Eran el brazo tonto de la ley, tonto pero enormemente dañino y eficaz. Todo lo que pasó, y lo que pasamos, en aquellos años no se podría contar en cien artículos, haría falta bastante más papel, y eso que uno siempre fue a escuela pública, pero en el contexto del nacional-catolicismo, y transcurridos los años, se comprende perfectamente: Los curas eran parte esencial del engranaje represor del fascismo español y a eso se dedicaban, era su único “trabajo”.

Cuando llegó esta democracia que hoy languidece ante el regreso de los que nunca debieron ser ni estar, y comenzamos a saber muchas cosas que ignorábamos, pensé que muchos de mis amigos hablarían de lo que habían sufrido física y moralmente por la influencia nefasta de los curas, incluso llegué a imaginar que algunos –los más dañados por abusos y todo tipo de violencias– se atreverían a escribirlo, a darlo a conocer. No ocurrió así, el silencio habitó entre nosotros y nadie, absolutamente nadie de mi pueblo ni de los diversos reinos de España se ha atrevido a escribir seriamente sobre esa parte terrible del franquismo. Siendo España el país con más abusos sexuales clericales del mundo, aquí nadie dice ni media, como en tantas otras aquí también se impuso la ley del silencio. Es otra parte de nuestra Historia que está por escribir.

Pero bueno, eso fue entonces, y antes, y mucho antes. Pero, ¿y ahora, cuando ya dicen que pasó el terror franquista y que somos modernos, para qué sirve un cura? Pues para lo mismo que antes. Para llevarse ocho mil millones de euros del Erario y dedicarlos a embrutecer a los chavales que caen sus manos dejando su impronta nociva sobre sus conciencias; para tratar de impedir que una mujer pueda decidir si quiere ser madre o no según su plena y consciente libertad; para adoctrinar en negativo a cualquier persona que se acerque a ellos; para impedir que los homosexuales sean considerados personas de pleno derecho; para santificar las guerras que son santas; para imponer leyes de Educación trogloditas como la que ha elaborado un señor de apellido inglés que se ocupa de ese apartado en un Gobierno previamente aleccionado por ellos; para vivir en un paraíso fiscal, no pagar impuestos de ningún tipo y creerse dueños de los miles y miles de monumentos que el pueblo español construyó con su sudor y su sangre; para retrasar el progreso, para afianzar las doctrinas más caducas y perversas que ha ideado el hombre, para contravenir todos y cada uno de los de los preceptos de la doctrina que dicen seguir y que jamás siguieron, para estar al lado, muy pegaditos siempre, de la parte más retardataria y funesta de la sociedad, para vivir del cuento, para segregar, para excluir, para defraudar, para mentir, para hacer todo lo posible para que su reino sea de este mundo con cargo a los presupuestos públicos.

No, como otras cosas de nuestro pasado más doloroso, la iglesia católica española no ha muerto, ha vuelto. Y goza, en todos los reinos de este maltratado país, de tanto poder como el que tuvo antaño porque en treinta y cinco años de democracia borbónica ni un solo gobierno ha sido capaz de poner coto a sus privilegios seculares, antes al contrario, los han aumentado de forma grosera e indecente hasta convertirlos en los primeros “educadores” del Estado, hipotecando de forma gravísima nuestro futuro como personas libres, decentes, cultas y solidarias, amantes de la Justicia y enemigas de las “virtudes” de la caridad.

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