«Para el cristianismo oficial el sufrimiento no es un mal, sino una experiencia regeneradora que les une a su dios»

Última entrega de la larga entrevista concendida por el Dr. Luis Montes a Diario Progresista, en la que reflexiona sobre el derecho a morir dignamente, la eutanasia y el papel de la Administración y las religiones ante un debate que preocupa a muchos ciudadanos y que ni los partidos ni los gobiernos se han atrevido aún a afrontar.

El término eutanasia procede del griego. Eu (buena) y thanatos (muerte), por tanto etimológicamente la palabra eutanasia significaba en la antigüedad una buena muerte o una muerte dulce, sin sufrimientos atroces.
El tema de la eutanasia se suscita de nuevo durante el Renacimiento, así en el siglo XVI Francis Bacon (1561-1626) da al término «eutanasia» su significación moderna. En su ensayo The Proficience and Advancement of Learning, consideró “que el médico no sólo debe restaurar la salud, sino mitigar el dolor, así cuando conduce a la cura, como cuando es útil a un suave tránsito a la muerte”.
Anteriormente, Tomás Moro (1478-1535) –santo católico- al describir en su célebre obra “Utopía” la forma de estado ideal, exaltó la necesidad de poner fin al sufrimiento de quienes “sobrevivían su propia muerte”.
“Si la enfermedad es no sólo incurable sino hasta llena de continuo sufrimiento y angustia, entonces los sacerdotes y los magistrados exhortan al hombre viendo que no es capaz de hacer ninguna función vital y que sobreviviendo a su propia muerte es perjudicial y molesto para los demás y pesado para sí mismo, que se decida a no consentir más esa pestilente y dolorosa enfermedad (…) que no sea reacio a morir sino que mejor cobre buenos ánimos y se desembarace a sí mismo de esta dolorosa vida (…) viendo que con su muerte no perderá ningún privilegio sino que acabará su dolor. Y puesto que en este acto seguirá el consejo de los sacerdotes (…) le hacen ver que obrará como hombre bueno y virtuoso. Los que así son convencidos ponen fin a sus vidas voluntariamente. Pero no obligan a nadie a morir contra su voluntad.”[i].
Sin embargo la doctrina actual de la Iglesia Católica dista mucho de la interpretación de San Tomas Moro.
“Hoy no nos referimos tanto al significado original del término, cuanto más bien a la intervención de la medicina encaminada a atenuar los dolores de la enfermedad y de la agonía, a veces incluso con el riesgo de suprimir prematuramente la vida” [ii].
La doctrina actual sostiene que es inadmisible poner fin a la vida de un enfermo, incluso ante un dolor prolongado e insoportable, “la eutanasia es un grave pecado que atenta contra el hombre y, por tanto, contra Dios” [iii].
“El dolor físico es ciertamente un elemento inevitable de la condición humana, (…) según la doctrina cristiana, el dolor, sobre todo el de los últimos momentos de la vida, asume un significado particular en el plan salvífico de Dios; en efecto, es una participación en la pasión de Cristo y una unión con el sacrificio redentor que Él ha ofrecido en obediencia a la voluntad del Padre. No debe pues maravillar si algunos cristianos desean moderar el uso de los analgésicos, para aceptar voluntariamente al menos una parte de sus sufrimientos y asociarse así de modo consciente a los sufrimientos de Cristo crucificado (cf. Mt 27, 34)”[iv].
Sin embargo, en el discurso del Papa Pío XII sobre las implicaciones religiosas y morales de la analgesia, ante la pregunta de si «La supresión del dolor y del conocimiento por medio de narcóticos (cuando la reclama una indicación médica), ¿está permitida por la religión y la moral al médico y al paciente (aun al acercarse la muerte y previendo que el empleo de narcóticos acortará la vida)?, el Papa responde: «Si no hay otros medios y si, dadas las circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales, sí .
Como lo hemos ya explicado, el ideal del heroísmo cristiano no obliga, al menos de manera general, a rechazar una narcosis, por otra parte justificada, ni aun al acercarse la muerte; todo depende de las circunstancias concretas. La resolución más perfecta y más heroica puede darse lo mismo admitiendo que rechazando la narcosis»[v].
Diario Progresista.- ¿Le resulta a usted suficientemente clara la doctrina de la Iglesia Católica sobre la eutanasia, o por el contrario considera que para su autentica comprensión es preciso acudir a la experiencia de casos concretos?
 
Dr. Luis Montes.- Pues si quiere que le diga la verdad, ni la doctrina de la Iglesia Católica en si misma ni la de ninguna otra me interesan especialmente. No obstante, dado el poder que ha ejercido y sigue ejerciendo sobre los legisladores en Occidente, no es posible comprender la situación actual sin tener en cuenta la posición del cristianismo primero y el catolicismo después. Roma ha dictado la moral pública durante siglos y ha conseguido que las sociedades civiles consideraran delito lo que para el cristianismo era pecado. Aun hoy, siguen perviviendo en las leyes restos de esa moral cristiana.
A mi juicio, la posición de la iglesia sobre la eutanasia es clara y, hasta cierto punto, coherente con sus dogmas: si creen que la vida no nos pertenece, que es un préstamo de la divinidad del que sólo somos administradores y que decidir cómo y cuándo finaliza es sólo potestad de su dios y propietario, es comprensible su oposición frontal al suicidio y a la eutanasia. Otra cosa es que esta visión, a la que tienen pleno derecho, pueda ser extrapolada e impuesta al conjunto de la sociedad, como ocurre todavía.
Por otra parte, para el cristianismo oficial el sufrimiento no es un mal a evitar sino una experiencia regeneradora que les une a su dios. En este aspecto hay una clara disociación entre la jerarquía eclesial y la sociedad civil, incluso con la que se declara católica.
Pero, en fin, tampoco hay que darle más trascendencia a la oposición de la jerarquía eclesial. A lo largo de la historia se han opuesto sistemáticamente a cualquier avance; desde el uso del tenedor hasta el del preservativo. Y si el avance es en libertades, como es el caso de la eutanasia, la oposición es absoluta.
 
dP.- ¿En su opinión qué debemos entender por Eutanasia?
 
LM.- El concepto actual más universalmente aceptado de eutanasia es el de una muerte compasiva, rápida e indolora, que se realiza a petición lúcida de una persona que está sometida a un sufrimiento que no desea. Tanto el carácter compasivo, en consideración al estado de sufrimiento, como la voluntariedad, la petición seria de quien quiere morir, son elementos indispensables para determinar qué es y qué no es una eutanasia.
Con frecuencia leemos o escuchamos que se ha hecho la eutanasia de un animal de compañía que estaba irremediablemente enfermo. La compasión está presente (incluso más que en muchas de las situaciones que se dan en nuestros hospitales y asilos) pero falta, evidentemente la petición del animal. Deberíamos dejar de llamar eutanasia al sacrificio compasivo de un animal.
 
dP.- ¿Existe alguna diferencia entre eutanasia activa, pasiva, indirecta…?
 
LM.- Las adjetivaciones del sustantivo eutanasia son algo del pasado y hoy en día sólo sirven para que los contrarios a la eutanasia sigan criminalizando con el término eutanasia conductas que son moral y legalmente admitidas. No se puede decir que cuando un paciente renuncia a un tratamiento (conducta legalmente protegida) y como consecuencia ocurre la muerte, se trata de una eutanasia pasiva. La intención de quienes siguen denominando eutanasia pasiva a la limitación del esfuerzo terapéutico o eutanasia indirecta a la sedación terminal es sólo deslegitimar esas conductas que desde hace casi treinta años son legales en nuestro país.
El término eutanasia hoy en día debe reservarse exclusivamente a lo que en su tiempo, antes de la legalización de las formas pasiva e indirecta, se denominaba eutanasia activa directa; la muerte se produce por un acto que directamente busca y produce la muerte. Insisto: a petición de la persona que muere.
dP.- ¿Por qué ha adquirido este término una connotación negativa? ¿Ha sido esta connotación negativa cultivada desde algunos medios de comunicación, partidos políticos, organizaciones religiosas….?
 
LM.- Pues de ser un término que en su origen tenía la connotación de la alegría por una muerte sin sufrimiento, se pasó como bien dice usted al concepto de muerte compasiva a petición. Desgraciadamente el Nazismo tuvo la ocurrencia y el cinismo de denominar «eutanasia» al programa de exterminio no sólo de disminuidos e incapaces sino de todo el diferente, especialmente los discrepantes.
Ese episodio sombrío del ser humano puso en el término eutanasia un desvalor que ahora aprovechan indecentemente (porque saben que es mentira, que no tiene nada que ver con lo que reclamamos) quienes se oponen a la despenalización de la eutanasia tanto desde organizaciones religiosas como desde sus acólitos ya sean mediáticos ya políticos o económicos.
dP.- ¿Qué diferencias esenciales existen entre los cuidados paliativos y la eutanasia?
 
LM.- Esenciales, ninguna. De hecho, los cuidados paliativos y la eutanasia comparten características fundamentales: no pueden tener lugar sin la aceptación del paciente; ambos recursos buscan el bien del enfermo y tienen como objetivo el alivio del sufrimiento aunque no hay duda de que la eutanasia lo hace de forma completa y rápida; en la práctica legal, ambas están a cargo de médicos y sanitarios en general. En fin, que a nuestro juicio hay más similitudes que discrepancias entre ambas opciones. Es la doctrina oficial de los paliativistas en nuestro país la que ve una oposición frontal, hasta el punto de considerar los paliativos como un «antídoto contra la eutanasia». Al principio de esta entrevista he dicho que a mi juicio, y al de muchísimos, incluidos los paliativistas del Benelux, la eutanasia es un recurso paliativo más y no hay ninguna razón para oponerse a ella salvo la creencia en la sacralidad de la vida. Pero las creencias no tienen que ver con la racionalidad y, en todo caso no son generalizables.
dP.- Cuando el enfermo terminal cree que la propia vida es un don divino indisponible y por lo tanto es contrario a la eutanasia, ¿debe aceptar ver acortada su vida como consecuencia de la posición ética de su médico, del Estado o de la propia familia del enfermo, favorables a la misma?
 
LM.-  Permítame una reflexión previa: antes he manifestado que la creencia en la sacralidad de la vida y el rechazo de la eutanasia tienen coherencia interna. A mi juicio, su pregunta y la casuística del día a día lo que plantean es la cuestión contraria porque es difícilmente compatible creer que el control sobre la vida pertenece sólo a su dios y cuando se tiene una enfermedad, recurrir a la medicina impidiendo que esa enfermedad, que si no querida directamente es al menos permitida por ese dios, produzca la muerte, ¿no le parece?
De todos modos la cuestión que me plantea es, creo, más bien teórica porque en los países que tiene despenalizadas algunas conductas eutanásicas, sólo puede aplicarse por petición del enfermo seria, reiterada y contrastada. Ni el Estado ni la familia ni el médico deciden. Por el contrario, en nuestro medio, el problema con las decisiones médicas o las presiones tanto estatales como familiares no lo tienen quienes quieren agotar su vida «hasta que dios quiera» sino quienes se sienten propietarios de su vida y no quieren prolongarla. Lo que impera en nuestra sociedad es el conservacionismo a ultranza. No hay más que darse una vuelta por nuestros hospitales; están llenos de personas de ancianidad avanzada, muchos de ellos absolutamente cansados de arrastrar una existencia que no desean y sometidos, sin que nadie se moleste en obtener su consentimiento, a toda clase de cirugías y ensañamientos que no pueden aspirar más que a prolongar los escasos meses que su agotada esperanza de vida permiten.
dP.- Sin embargo si aceptamos que somos dueños de nuestra vida, “parece deducible que como mínimo en aquellas situaciones en que a juicio de quien lo padece existe un sufrimiento que hace la vida no deseable, una sociedad democrática y plural está obligada a minimizar dicho sufrimiento desde el máximo respeto a la dignidad del interesado, que se concreta en su autonomía, su libertad para decidir el modo en que quiere vivir su final”[vi]. El enfermo terminal, favorable a la eutanasia, ¿debe sufrir como consecuencia de la posición ética o religiosa del médico, del Estado o de su propia familia contrarios a la misma?
 
LM.-  Me parece que la respuesta está implícita en la anterior. Mire, la única motivación moralmente admisible para obligar a seguir viviendo una vida cuyo propietario no desea vivir, sería la preservación del bien común y es absolutamente evidente que no se le pone en riesgo por la muerte de una persona en las condiciones que se exigen para permitir la eutanasia donde está admitida. No parece serio pretender que el sufrimiento de la familia por la pérdida de un ser querido tenga un valor moral superior al sufrimiento del enfermo, tan real que le hace desear la muerte.
No resulta políticamente muy correcto decirlo pero la realidad es que lo que opera contra el bien común es el ingente consumo de recursos que requiere mantener determinadas situaciones al final de la vida. Vidas no deseadas en el caso de quien solicita la eutanasia.
Desde el punto de vista de la racionalidad más elemental, no se entiende que el Estado permita renunciar a un tratamiento salvador y no a la propia vida.
dP.- ¿Qué opinión le merece en este contexto la objeción de conciencia del médico?
 
LM.- Ya le he expresado mi opinión sobre la denominada «objeción de conciencia» en el ámbito sanitario y le añadiré que ese concepto esconde en muchas ocasiones una desobediencia civil encubierta que trata de impedir el ejercicio de un derecho reconocido a la ciudadanía aprovechándose de una posición de poder en la que, por cierto, les ha colocado la propia sociedad.
Reiterado lo cual, le diré que en Holanda, Bélgica y Luxemburgo, al igual que en los Estados Norteamericanos que tienen admitido el suicidio médicamente asistido, la ayuda para morir suele estar a cargo del propio médico de cabecera. En todos esos países está admitida la objeción de conciencia del médico. Sólo administra la eutanasia o facilita los fármacos para el suicidio el médico que quiere y, hasta el momento, no tengo noticia de que algún paciente haya tenido que renunciar a su voluntad por falta de médicos dispuestos.
La futura ley de eutanasia en nuestro país reconocerá seguramente la objeción de conciencia pero tendrá que garantizar el acceso real de los ciudadanos al ejercicio del derecho. Y le diré una cosa, las encuestas a médicos en nuestro país muestran una mayoría de partidarios de la eutanasia, algo superior al 60%, de tal manera que no creo que quien opte por la eutanasia tenga problemas para encontrar un médico dispuesto a ayudarle. En la Asociación Derecho a Morir Dignamente militamos muchos.
dP.- ¿Está correctamente regulada en España la objeción de conciencia del médico?
 
LM.- Ya le comentaba que de hecho no está regulada salvo en el caso del aborto con la ley actualmente en vigor. También creo haber dejado clara mi postura contraria al modo en que se produce esa supuesta objeción en España. Como mi buen amigo y reconocido jurista Joàn Carles Carbonell dice muy claramente: la objeción de conciencia, lejos de ser un derecho fundamental es tan sólo una excepción al cumplimiento de una obligación legal. Admito que, siempre que no se ponga en riesgo el ejercicio del derecho reconocido a la ciudadanía, el estado pueda permitirse la magnanimidad admitiendo la objeción médica respecto a las conductas eutanásicas pero, insisto, sólo si se garantiza el derecho y sin penalizar al ciudadano obligándolo a abandonar su entorno como pasa ahora con el aborto.
dP.- “No se trata de discutir quién está a favor o en contra de la legalización de la eutanasia, antes se debería de mirar cómo se les puede atender lo mejor posible para que no lleguen a pedirla”[vii].  ¿Comparte usted esta afirmación del Dr. Gómez Sancho?
 
LM.- Claramente, no. Porque parte de un supuesto falso que algunos paliativistas, como el Dr. Gómez Sancho, toman por un axioma: que el paciente que pide la eutanasia o la ayuda para suicidarse, lo hace porque no tiene una correcta asistencia paliativa o, peor aun, porque no están suficientemente queridos por su entorno. Esta afirmación no tiene ni la menor base empírica. De hecho las personas que obtienen la eutanasia han rechazado en su mayoría los cuidados paliativos a los que tenían acceso y no son en absoluto ancianos desvalidos ni abandonados por su familia. Esta realidad que muestran las estadísticas oficiales en esos países con experiencia, desarbola la afirmación implícita de que una buena asistencia paliativa actúa como antídoto para la eutanasia.
Es tanto el empeño de algunos paliativistas en cerrar la puerta a la eutanasia que llegan a parecer más interesados en la expansión profesional que en solucionar los problemas de las personas. Actúan con un paternalismo que es incompatible con el espíritu y la letra de las leyes sanitarias.
dP.- ¿Sería suficiente “lo mejor posible” en los casos de enfermedades o enfermos terminales en los que el sufrimiento del paciente sea imposible de paliar?
 
LM.- Mire, déjeme decirle una cosa con toda crudeza: algunos médicos soportan demasiado bien el dolor ajeno; el de sus pacientes. Son incomprensibles para mí tantísimas cautelas a la hora de acabar con el sufrimiento de una persona que está muriéndose. «Lo mejor posible» es en muchas ocasiones muy insuficiente. Ni los paliativistas se creen que pueda resolverse siempre y del todo el sufrimiento de todos los pacientes. Pero el discurso oficial es el de la omnipotencia; ninguna situación que no se resuelva con buenos paliativos y si no fueran suficientes los paliativos, pues más paliativos. La realidad, ya digo, discurre de otra manera. Hay encuestas al respecto, concretamente la del CIS de 2002 en que de los médicos encuestados, sólo el 13% cree que «los cuidados paliativos evitarían prácticamente la eutanasia». Pero es que en todo caso y aunque los paliativos fueran realmente capaces de acabar con todo sufrimiento, considero que es la libertad de la persona la que debe primar. A él y no al médico le corresponde decidir si quiere o no paliativos y caso de quererlos, si le solucionan completamente su sufrimiento o no. Vale ya de paternalismos, que la gente es ya mayorcita y más cuando se encuentra en estos trances.
dP.- ¿Considera usted que el debate sobre la Muerte Digna, es un debate artificial al que es ajena la profesión médica y que obedece principalmente a los intereses de los medios de comunicación y a su finalidad de vender periódicos o lanzar audiencias televisivas?
 
LM.-  Pues no sé si artificial pero desde luego superado para la población que tiene perfectamente claro, con una mayoría aplastante en todas y cada una de las encuestas serias realizadas sobre el tema, que quieren una ley de eutanasia en España. Ya me gustaría a mí que todas las leyes en vigor tuvieran semejante apoyo popular. El debate sobre la eutanasia no es una necesidad ciudadana, es una excusa, casi diría una coartada, de los políticos para no enfrentarse al problema. Los unos porque van de acólitos de la jerarquía católica y otros porque no tienen el valor de arriesgarse a ver las calles llenas de obispos otra vez, lo cierto es que quienes han gobernado hasta ahora se escudan en el debate pendiente (pero tampoco lo abren porque saben que está todo dicho).
Con respecto a los medios de comunicación, sinceramente creo que se comportan en general bastante mejor que los políticos y suelen reaccionar a los casos que se convierten en noticia con bastante presteza y con un tratamiento respetuoso. Claro está que los medios de «extremo centro» no entran en este elogio.
dP.- ¿Considera usted que el debate sobre la Muerte Digna, es un debate que sólo interesa a agnósticos y ateos, un debate que no está instalado en el conjunto de la sociedad y por el que no se sienten concernidas las personas que mantienen su fe religiosa?
 
LM.-  Ni mucho menos, las encuestas a las que me he referido muestran que el apoyo ciudadano a la legalización de la eutanasia es bastante independiente de los credos religiosos o políticos. Como es sabido, la muerte nos iguala a todos y, prediquen lo que prediquen quienes establecen el pensamiento con vocación de único, la gente va por otro lado. Ya nadie se cree que si se muere uno sufriendo tiene mejor sillón en el cielo. Ni siquiera los que creen en la existencia del cielo. Se lo digo con pleno conocimiento de causa; conozco a muchos. Le aseguro que en la asociación que presido militan tanto católicos como ateos y lo mismo gente del Barrio de Salamanca de Madrid como de Vallecas.
Evidentemente, la reivindicación de una muerte digna no es el tipo de causa que saca a la gente a la calle en manifestación pero está mucho más clara en la conciencia popular que otras más sonoras.
dP.- Por el contrario, ¿considera usted que el debate sobre la Muerte Digna es conscientemente silenciado desde algunos estamentos de la sociedad?
 
LM.-  ¡Ya le digo! No hay nada que asuste tanto a los bienpensantes enemigos de toda libertad que no sea la de llevarse el dinero a Suiza, que la de asumir el control de la propia muerte. Manuel Kant, uno de los padres de la ética moderna, tenía verdadero rechazo al suicida. No podía imaginarse nada peor que una república de potenciales suicidas y la explicación no se escondía: alguien que no teme a la muerte no puede ser sometido de ningún modo.
Desde luego que a la cúpula eclesial no le interesa perder el eje de su mensaje: si no aguantas en esta vida pacientemente te quedas sin recompensa en la otra, que es la verdadera y no tiene fin. Claro que se sirven del hecho de que nadie regresa del otro lado para desmentirles. Y tienen la desvergüenza de acusarnos a nosotros de estar «en la cultura de la muerte» cuando ellos llevan 20 siglos utilizando la muerte y el temor a ella para controlar las conciencias y, de paso, ganarse el favor de quienes gobiernan «por la gracia de dios». No hay que perder de vista que lo del premio o castigo diferido ha dado muy buenos réditos a los que mandan y más cuanto menos democrático es el poder.
dP.- Resulta admirable la templanza y la tranquilidad de espíritu con la que algunas personas profundamente religiosas enfrentan la inminencia de su propia muerte. Sin embargo no es menos cierto que resulta asimismo admirable la templanza, la tranquilidad de espíritu y la fortaleza de convicciones con la que se enfrentan a la muerte algunas personas que solicitan y aplican finalmente la eutanasia para poner fin a su vida en situaciones de enfermedad terminal. ¿Qué valoración le merecen ambas opciones?
 
LM.-  Sinceramente, la misma. Le reitero que nuestro empeño y compromiso es con la libertad. Por consiguiente, cualquier opción personal que nazca de la libertad me merece el mismo respeto. Completando la dignidad propia del ser humano por el mero hecho de serlo, está la dignidad personal, privativa de cada individuo, que la entiende y vive según su propio criterio en uso de su autonomía que, como sabe, significa darse a sí mismo la norma. Por eso, si desde una concepción religiosa decide uno aceptar resignadamente el sufrimiento y agotar su tiempo «hasta que dios quiera» me merece pleno respeto. No compartir la moral de alguien no autoriza a imponerle la nuestra. Yo personalmente y la organización que presido combatimos el que determinados médicos impongan, o traten de imponer, su moral al enfermo porque la creen más digna. Lo que también le digo es que siendo ambas actitudes igualmente legítimas, sólo la segunda tiene dificultades para ejercerse.
dP.- ¿Es posible la segunda dentro del marco legal actual de nuestro país?
LM.-  Pues no, la eutanasia en nuestro país está penalizada en el Código Penal a pesar de que cuando se tramitaba la reforma de 1995, numerosas voces autorizadas en el campo del Derecho y la Bioética se expresaron en el sentido de la despenalización total. El legislador entonces, seguramente por la inercia paternalista y por el miedo a la protesta del sector ultraconservador de la sociedad, pensó que ponía una pica en Flandes rebajando las penas para las conductas eutanásicas que respondían a una petición seria y justificada por un estado de sufrimiento evidente. Desde nuestro punto de vista, es difícil entender que la colaboración a una conducta que la ley no prohíbe, el suicidio, pueda estar penalizada a pesar de ser una conducta altruista, compasiva y solicitada. Pero no es que lo digamos nosotros, hay profesores y profesoras docentes en nuestras Facultades de Leyes que sostienen la inconstitucionalidad del artículo 143 del CP de 1995.
No obstante, la norma tiene algunos resquicios. Las conductas de ayuda al suicidio que no resulten «necesarias», es decir aquellas sin cuya concurrencia el suicidio habría sido posible en todo caso, no están penadas y eso deja cierto margen de actuación que permite a nuestros asociados tener una muerte lo más parecida a una muerte autónoma. La Asociación Derecho a Morir Dignamente es también una sociedad de ayuda mutua.
dP.- Dos son los argumentos tradicionalmente utilizados contra la eutanasia. El primero es un argumento de índole moral, basado en la indisponibilidad de la vida y el segundo es el basado en la denominada “pendiente resbaladiza”. ¿Qué valoración le merecen ambos argumentos?
 
LM.-  Respecto al primero creo haber dejado clara mi posición: respeto a la creencia y rechazo a la imposición de la creencia a los no creyentes. La creencia en la indisponibilidad es un argumento del religioso para no solicitar la eutanasia ni suicidarse pero no legitima en absoluto la prohibición general al conjunto de la sociedad. Los derechos, salvo la educación básica, son renunciables. Si uno no se considera propietario de su vida elegirá libremente no realizar eutanasia pero quienes sí nos sentimos dueños de nuestra vida (la mayoría, a la vista de las encuestas que he comentado) reclamos el mismo derecho a decidir que no se les niega a los creyentes. Es bastante sencillo de entender, creo.
Respecto a la famosa «pendiente resbaladiza», absoluto rechazo. No es un argumento válido sino una falacia pretendidamente consecuencialista. Afirma que si se aprobara una ley de eutanasia ello daría lugar a una cascada de acontecimientos que inevitablemente nos llevarían al caos. Se empieza aprobando la muerte voluntaria y se acaba asesinando ancianos y deficientes en contra de su voluntad. A esta pseudoargumentación que es la más utilizada porque la indisponibilidad no tiene público ya, hay que responder que lo que legitima o no una conducta es su valoración moral y no las hipotéticas consecuencias que nadie ha demostrado. Cualquier conducta puede ser objeto de un mal uso pero eso no puede llevar a la prohibición de toda conducta corrompible. ¿O debe prohibirse la enseñanza en colegios religiosos para evitar la pederastia? Y fíjese que en este caso, la consecuencia indeseable no es una hipótesis sino una realidad. Pero es que, además, hace más de diez años que hay ley de eutanasia en Holanda y Bélgica y, a pesar de la mirada atenta de tanto «provida» no se ha producido ninguna condena por abuso de la ley de eutanasia. Para estas fechas, si lo de la pendiente no fuera una fantasía tendrían que estar los juzgados a reventar de denuncias porque, desde luego, lo que no faltan allí son inquisidores.
dP.- ¿Puede sostenerse que en el debate sobre la muerte digna se confrontan por un lado hechos objetivos y objetivables como son la calidad de vida y la libertad de decisión del enfermo terminal y por el otro una creencia subjetiva como es la consideración de la propia vida como un don divino indisponible?
 
LM.-  Pues lo ha expresado usted perfectamente. Añadiré un comentario: sólo en sociedades teocráticas son incompatibles ambas posturas. En una sociedad avanzada, democrática, pueden coexistir personas con diferente visión ética. Parece que algunos añoran esa sociedad vertical e intransigente. Hay mucho talibán emboscado.
dP.- ¿Es razonable que en nuestra legislación se imponga la creencia subjetiva de algunos ciudadanos y como consecuencia de ello se obligue a los enfermos desahuciados a vivir contra su voluntad?
 
LM.-  No, no tiene más explicación que esa pervivencia del pecado bajo forma de delito. Por las creencias de una minoría se obliga a personas que no comparten esas creencias a agotar un tiempo de sufrimiento y de indignidad. Y no se le impone sólo a desahuciados, también a aquellos que no tienen un horizonte de terminalidad. Personas como Ramón Sampedro no tenían ni siquiera la certeza de un final más o menos próximo y, por añadidura, no podían procurarse a sí mismo la muerte, precisaba la ayuda necesaria que está penada aunque en su caso y con un comportamiento judicial sorprendente, no se llegase a investigar siquiera la autoría. Hay una gran hipocresía en hacer leyes para no cumplirlas, creo yo. En todo caso, cuando la ley existe, siempre se está expuesto a un juez, fiscal o simple denunciante fundamentalista que quiera ganarse el cielo a costa de alguien que altruistamente ha ayudado a otro a morir según sus deseos.
dP.- Seguramente, como sostiene Agustín Fernández Paz, al final de la vida lo único que queda es el amor, el amor a la vida, el amor que va más allá de la muerte.  Si entendemos la caridad cristiana y la tolerancia laica como manifestaciones distintas del amor al prójimo. ¿Considera usted que son compatibles la muerte digna, la caridad cristiana y la tolerancia laica para la consecución de la libertad de decisión del enfermo terminal ante la forma de enfrentar su final?
 
LM.-  Si me permite, yo no emparejaría caridad cristiana con tolerancia laica. Para mí el valor laico correlativo con la caridad cristiana es la solidaridad. La tolerancia es la simple aceptación del diferente y, por cierto, es más propia del mundo de valores laicos que de los religiosos. Las religiones propenden a la exclusividad, a la posesión de la verdad absoluta. Dicho esto, insisto en que desde la tolerancia son admisibles todas las opciones que no pretendan imponerse y que no afecten a la libertad de terceros. Esto no es relativismo moral sino tolerancia democrática de toda diferencia que respete los Derechos Humanos Fundamentales.
Cada uno debería poder diseñar su final con la misma libertad que diseña el resto de su vida.
dP.- En el artículo titulado “La tristeza de los médicos suizos ante las peticiones de suicidio asistido” publicado en Le Figaro el pasado mes de febrero se sostiene que “El miedo a sufrir, a la soledad o a la perdida de la dignidad son las principales razones para la solicitud de suicidio asistido”[viii]. ¿Está usted de acuerdo con esa apreciación?
 
LM.-  Pues no en la forma que se expresa en dicho artículo, que a mi juicio era un tanto manipulador. Me explico: el artículo mostraba un punto de vista particular de algunos cuidadores, creo que enfermeras, que no eran precisamente favorables al suicidio asistido, como el propio autor del artículo. De hecho, la afirmación que me comenta partía del propio autor, no estaba puesta en boca de nadie con entrecomillado y se llevaba al pie de foto. Cuando se mezclan frases de entrevistados con afirmaciones propias deben poder diferenciarse netamente ambas o de lo contrario se produce una manipulación del lector que no siempre es fácil descubrir.
El artículo del que me habla tenía a mi juicio la intención de intervenir en el debate francés sobre la eutanasia pero de una forma indirecta, sin manifestarse claramente. Aprovechaba el cambio iniciado en Suiza que permite a las asociaciones de acompañamiento al suicida hacerlo en instituciones sanitarias públicas donde residan personas que optan por el suicidio para, haciéndose eco del malestar y el estupor que provoca en algunos sanitarios convivir con un paciente que quiere morir, mandar un mensaje subliminal a quienes están en trance de tomar decisiones en Francia.
Desde luego, reitero mi rechazo al término «miedo» que suele emplearse asociado a la decisión de morir. A mi juicio el temor explica más el empeño de aferrarse a la vida que el de asumir la propia muerte.
dP.- ¿Qué diferencia hay entre suicidio asistido y eutanasia?
 
LM.-  Ambas formas de terminación de la vida, generalmente incluidas en la expresión «conductas eutanásicas», se diferencian en la persona que produce la muerte. En el suicidio, la muerte se la produce el suicida a sí mismo. Si lo hace sin ayuda externa, estamos ante el suicidio simple y si recibe ayuda para llevarlo a término, se denomina suicidio asistido. En el denominado «suicidio médicamente asistido» la colaboración médica consiste en la prescripción de fármaco en dosis adecuada para producir la muerte. El paciente decide cuándo los toma. El caso reciente de Brittany Maynard en Oregón lo ha ejemplificado muy bien.
En la eutanasia, quien administra la sustancia que produce la muerte es otro que actúa a petición. En realidad no es un requisito que sea un médico pero en los países que tienen regulada la eutanasia se determina que sea un médico como garantía de calidad.
 
dP.- ¿Podría decirse que el suicidio asistido es al paciente de una enfermedad incapacitante e incurable como la eutanasia es al enfermo terminal?
 
LM.-  No, no hay una relación directa entre tipo de padecimiento y forma de disponer de la vida, salvo porque para quien se encuentra impedido físicamente para llevar a cabo el suicidio, la eutanasia es el único modo posible. De hecho, como en los países que tienen admitido el suicidio asistido para pacientes terminales se exige que sea el propio paciente sin ayuda externa quien se autoadministre el fármaco, muchas personas se ven obligadas a adelantar su muerte para no arriesgarse a que aparezca la incapacidad que exigiría una colaboración directa que está prohibida en la ley.
dP.- ¿El acceso de los ciudadanos a la eutanasia o al suicidio asistido es solo una cuestión de derechos o depende de la capacidad económica del ciudadano?
 
LM.-  Plantea usted una cuestión importantísima. La realidad demuestra que ilegalizar una conducta no garantiza en absoluto acabar con ella; máxime si se trata de una conducta que responde a una necesidad de la persona. Lo que la prohibición hace es convertir la conducta en clandestina; que pase a producirse sin ningún control sobre si se cumplen o no determinados requisitos. En las encuestas españolas a médicos se reconoce que se practican eutanasias. La Organización Médica Colegial tiene incluso estimado el número de eutanasias clandestinas que podrían estarse realizando en España. Hay que admitir que mientras existan personas que decidan poner fin al tramo final de su vida, se producirán eutanasias y que sólo con una ley reguladora se establecerán protocolos de actuación que producirán menos actuaciones inapropiadas.
Por otra parte, como bien señala usted, quien tiene posibilidades económicas, siempre puede trasladarse a Suiza para realizar el suicidio asistido médicamente. La ilegalización hace, además, que el acceso a la eutanasia sea injusto porque se accede o no en función del nivel económico.
dP.- ¿Qué perspectivas augura a la despenalización de la eutanasia y del suicidio asistido en nuestro país?
 
LM.- No tengo ninguna duda de que en España como en el resto de Europa y América, los estados acabarán dotándose de leyes de eutanasia. La situación actual en la que la misma conducta es legal en unos países e ilegal en otros dentro del mismo ámbito cultural, político y económico, es insostenible. La tendencia es a unificar derechos y no es pensable una igualación por debajo retirando el derecho en los países que lo han reconocido. Por ello, una de las posibilidades que contemplo para la legalización de la eutanasia en España es que sea un mandato europeo como pasó en relación a los derechos sanitarios que, por mandato del Convenio Europeo sobre Derechos Humanos y aplicaciones de la Biomedicina dio lugar a nuestra Ley Básica de Autonomía del Paciente. Hoy, con una mayoría conservadora gobernando en Europa no parece muy posible pero las mayorías cambian.
La otra posibilidad para que se abra paso la ley en España es que se requieran alianzas multipartido para gobernar y que sea una condición por parte de las fuerzas de izquierda. En Bélgica fue este el camino que acabó con la oposición cerrada de los conservadores durante su larga estancia en el poder.
Yo abrigo la convicción de que celebraré en la vida que me resta una ley de eutanasia en España.
“Aquel que afirma que no tiene miedo a la muerte, miente. Todos los hombres temen a la muerte. Esta es la gran ley de los seres sensibles, sin la cual, toda la especie humana sería rápidamente destruida”. 
                                                                                                                            Jean J. Rousseau
 


[i] Régimen jurídico de la autonomía vital. Diego Valadés. Recogido en la obra Derechos Humanos, aborto y eutanasia de  Jorge Carpizo y Diego Valades. Universidad Nacional Autónoma de México.
México, 2008.
Médico y secretario, Asociación Derecho a Morir Dignamente (ADMD). Huffington Post 12 enero 2014.
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