Papados y conciliarismos

Yo soy maximalista: no hará nada, pero tampoco hará bueno al anterior ni al anterior del anterior. Haga o deje de hacer, «auskalo», persiste la monarquía absoluta que representa la teocracia vaticana

Me sorprendo a mí mismo escribiendo un tercer Jo Puntua consecutivo sobre meandros eclesiales. Y, acaso, habrá un cuarto, aviso. No hubo premeditación. Ni me fascina el mayor espectáculo del mundo que constituye la religión como la historia de la mentira jamás contada. Sin embargo, como fenómeno humano, siempre me interesó al igual que la religión verdadera: el fútbol.

Bergoglio, el papa Francisco, jesuita, prorrumpió gestero y debutó prestímano. Naturalidad estudiada o prosopopeya fingida, no sabemos. Se concluyó, esto sí, milagro, que este hombre, este papa, es un derviche que es fana de San Lorenzo y paga -religiosamente- lo que debe en Santa Marta durante el cónclave. Dirán de mí que soy impaciente por no esperar cien días laicos a ver qué hace este sujeto, verbo y predicado y, sin embargo, cualquier visage transversal que haga Bergoglio es suficiente para satisfacer expectativas y futuros (in)contingentes: una sola palabra tuya bastará para sanarme. Yo soy maximalista: no hará nada, pero tampoco hará bueno al anterior ni al anterior del anterior.

 Haga o deje de hacer este individuo, auskalo, persiste la monarquía absoluta que representa la teocracia vaticana. El Vaticano es un Estado (gracias a Mussolini) y el Papa su Jefe. Y por encima de él nadie, salvo Dios: «el papa juzga a todos y no puede ser juzgado por nadie fuera de Dios». Son los Inocencio III o Gregorio IX, precursores de la teología política secularizada en los reyes absolutistas e «irresponsables» igual que «consagra» la Constitución española actual en la figura del rey Juan Carlos. La Iglesia romana copió las instituciones del decadente Imperio romano y las monarquías medievales copiaron a la Iglesia agustiniana.

Pero no siempre fue así. Existió lo que se dio en llamar el Conciliarismo dizque la doctrina que considera al Concilio Universal como la suprema autoridad de la Iglesia elevándolo por encima del papado.

Había tendencias papales (decretalistas) y tendencias conciliares. La cuestión papa o concilio, en la baja edad media, adquirió importancia cuando la teoría de la supremacía papal se mostró incapaz de resolver el gran cisma de occidente (1378-1417) que acabó con tres papas nombrados hasta que el Concilio de Constanza (1414-18) y el de Basilea, llamados «conciliaristas», porque defendieron que la autoridad del Concilio está por encima de la del Papa. Hans Küng califica a Constanza como «el gran concilio ecuménico de la Reforma».

El conciliarismo, más democrático, vale decir, como el febronianismo (de Febronio, obispo del siglo XVIII), o el episco- palismo, más próximos al protestantismo ergo: al incipiente capitalismo,decía que ninguna ley pontificia (o encíclica) tiene valor si no es aprobada antes por los obispos. El Parlamento seglar es el Concilio y el Papa el Ejecutivo pero un primun inter pares, un resto del estamentalismo de la nobleza feudal. Luego vino el absolutismo papal en forma de infabilidad (Concilio Vaticano I). Después la televisión y el gesto. Y, por encima de todo, la profesionalidad, la grey y la taquilla.

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