Papá Noel mata Jesús. El retroceso de la Iglesia Católica y el festejo pagano de Navidad

El símbolo ya no es el Pesebre sino el árbol cargado de regalos. Por qué el catolicismo pierde inserción social y el Estado es más devoto que sus representados.

Poco queda en la actualidad de aquellas navidades en las que se esperaba la visita y el regalo del Niño Jesús, cuyo nacimiento se representaba con pesebres diversos. Hoy el símbolo inequívoco e inevitable de la fecha es el árbol cargado de adornos y con la base repleta de paquetes que entrega Papá Noel. Se puede celebrar sin pesebre, pero no hay hogar sin un pino, cualquiera sea su tamaño. La Navidad ha pasado a ser una fiesta pagana, ya que tanto el simpático panzón vestido de rojo como el árbol tienen origen en culturas anteriores a la religión católica. Que así sea implica un retroceso de ese credo en cuanto a su inserción social respecto de las tradiciones del dogma.
 
Papá Noel gana terreno año tras año y su presencia se evidencia cada vez más anticipadamente en los comercios, que comienzan a prepararse en noviembre para el aluvión de ventas. Basta salir a caminar por las avenidas o por los shoppings para entender que, en definitiva, la cuestión es comprar regalos. Según Miguel Faraoni, presidente de la Cámara Argentina del Juguete, las fiestas de diciembre y Reyes concentran el 40 por ciento de las ventas del sector, cuyos representantes locales produjeron este año 20 por ciento más que el anterior, previendo la merma en objetos importados. Diez mil productos y una participación del 50 por ciento en las ventas totales –contra el 10% de 2002– indican un buen cierre de año para los fabricantes argentinos.

Pero además de los regalos, las reuniones ya no se programan con los más íntimos sino que se amplían para garantizar diversión. El Niño Dios está a punto de ser una especie en vías de extinción. Y es lógico: ¿cómo podría competir con Noel, su ejército de duendes, un trineo volador y renos que cabalgan felices? Si hasta le quitaron una cualidad que sólo él tenía, la omnisciencia. Ya lo dice la canción Santa Claus is coming to town: “Él sabe de ti, él sabe de mí, él lo sabe todo, no intentes huir: Santa Claus llegó a la ciudad”.

Para Fortunato Mallimaci, sociólogo especializado en religiones, ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA e investigador del Conicet, el retroceso “es innegable; los acontecimientos de impronta católica se transforman, pero también hay que señalar el avance de los grupos pentecostales, todavía minoritarios, que celebran la Navidad de manera más profunda. La mayoría de la gente hoy organiza las fiestas a su manera, reorganiza la idea de Navidad de acuerdo al tiempo que vive, hay más idea de regalos, de reunión, de pensar en cómo pone su cuerpo en ese festejo. Hay grandes transformaciones”.

Mallimaci dirigió la primera y hasta ahora única encuesta científica sobre creencias y actitudes religiosas realizada en el país. Fue en 2008 y ya en ese momento los resultados hablaban de una merma del 14 por ciento en el número de creyentes (90 por ciento en 1960 contra 76,5 por ciento ese año). El estudio, implementado por el Conicet y cuatro universidades nacionales, indicaba además el escaso vínculo de los católicos con su Iglesia, ya que sólo el 23,8 por ciento reconocía asistir al culto.

La tendencia no pasó inadvertida a la jerarquía eclesiástica, que en 2010 lanzó una campaña para “recuperar el sentido cristiano y religioso de la Navidad”. Ese año, y el siguiente, el arzobispado de Buenos Aires instaló un pesebre con 50 imágenes de tamaño natural realizadas por Fernando Pugliese, en la plaza Mariano Moreno, sita en Avenida de Mayo y Luis Sáenz Peña. Además, extendió la acción a las comunas, con pesebres más pequeños en doce plazas porteñas. Este año, en cambio, la ciudad fue decorada con un árbol gigante frente al Obelisco y una casita propia para Papá Noel (recibirá visitas de miércoles a viernes de 16 a 21 y sábados y domingos de 10 a 21), en tanto las quince comunas debieron hacerse cargo de decorar un espacio verde. El pesebre, por su parte, quedó relegado al Museo del Bicentenario.

Si bien Mallimaci admite un cierto abandono del ritual católico, señala que no hay parámetros claros para comparar: “La forma en que se celebraba la Navidad surge de la memoria de la institución y no de las personas o grupos. Ya a principios del siglo XX los sacerdotes se quejaban de que los feligreses no iban tanto a la iglesia. Pero si se analiza el proceso histórico y la etapa de militarización de la Argentina, lo cierto es que el Estado empezó a tallar en los modos de festejo con disposiciones como que en Semana Santa se difundiera sólo música sacra y que no hubiera espectáculos. Es difícil determinar cuánto hubo del Estado y cuánto de la vieja tradición. Lo que sin duda puede verse hoy es que el mercado se apropió de la Navidad y la sumó a Reyes, que hasta no hace tanto era la gran fiesta”.

Si el pesebre representa claramente el nacimiento de Jesús, el origen de Papá Noel es más difuso. El catolicismo lo relaciona con Nicolás de Mira, nacido en 280 en tierras de la actual Turquía, quien repartió su herencia entre los pobres antes de ordenarse sacerdote. Luego fue obispo y, tras su muerte, trasladaron sus restos a Bari, en Italia. En el proceso de evangelización del norte europeo, se mezcló con leyendas de la región que hablaban de otro Nikolás que repartía juguetes de madera entre los niños. En 1809, el escritor estadounidense Washington Irving lo bautizó Santa Claus; en 1823 el poeta Clement Clarke Moore le introdujo los nueve renos, incluyendo a Rudolph; en 1863 el caricaturista Thomás Nast lo pintó como un gordo barbudo para Harper’s Weekly, y en 1931 Coca Cola lo utilizó en una de sus campañas publicitarias, con la imagen que se utiliza hoy en todo el mundo. En cuanto al árbol, proviene de una costumbre de los antiguos germanos: creían que el mundo y los astros pendían de las ramas de un árbol, en cuya copa se hallaba la morada de los dioses y el palacio de Odín, mientras que las raíces constituían el reino de los muertos. En cada solsticio de invierno celebraban la renovación de la vida adornándolo con antorchas y bailando alrededor. Los cristianos evangelizadores tomaron la idea del árbol para celebrar el nacimiento de Cristo. Se dice que fue San Bonifacio (680-754) quien lo adornó con manzanas (símbolo del pecado original) y velas que representaban la luz de Jesucristo. Después se agregaron los regalos para los niños y se mezcló con la tradición de Papá Noel.

¿Navidad es igual a comprar? Todo indica que sí. ¿Comprar es ser consumista? La respuesta queda librada a cada quien, según convicciones y valores. Pero sin duda es difícil mantenerse al margen de la coyuntura social.

En ese sentido, Mallimaci reflexiona que “la posibilidad de que nuevos sectores sociales se sumen al consumo navideño nos tiene que dar alegría y no sensación de decadencia, ¿qué más podemos pretender? Hay más recursos monetarios, la mayoría festeja y no va al templo, lo cual no significa que desaparezca el día festivo. Hay algo cultural dando vueltas, lo que ha cambiado es quién interpreta, si el Estado o los grupos. Hoy predomina el cuentapropismo religioso, cada quien reinterpreta a su manera”.

La sociedad se aleja paulatinamente de los dogmas católicos, pero el Estado parece ser más devoto que sus integrantes: solventa las escuelas religiosas, salarios y jubilaciones de obispos, curas, seminaristas y capellanes. “Ni la oposición ni el oficialismo parecen interesados en cambiar esa circunstancia, nadie quiere tocar el Código Civil. Y la Iglesia Católica sigue siendo una institución de bien público, la única declarada explícitamente en ese texto, gracias a la ley 17.711 del dictador Onganía”, dice Mallimaci.

En otra dictadura, la de Videla, se instituyeron los sueldos para obispos en actividad –equivalentes al 80 por ciento del salario de un juez de primera instancia– y retirados –70 por ciento de la remuneración del presidente de la Nación–, en tanto los seminaristas cobran una suma igual al salario de un empleado judicial. Ninguno de ellos paga impuestos, jubilación ni ganancias. En 2002, el Congreso había derogado ese privilegio, pero el gobierno de Eduardo Duhalde lo protegió con un veto parcial. Según publicó Eduardo Blaustein en el dominical Miradas al Sur del 18 de julio, en 2010 el Estado destinó 36 millones de pesos a la Iglesia Católica Apostólica Romana (ICAR), en tanto los Estados provinciales y municipales aportaron a los colegios católicos 2.500 millones de pesos.

La encuesta dirigida por Mallimaci determinó que el 60 por ciento de la población rechaza que el Estado financie a la Iglesia Católica. Esa puede ser una de las razones del retroceso que evidencia el credo, pero hay otras, relacionadas con el oscurantismo del dogma o con la falta de adecuación a la vida actual. Según el estudio citado, el 63,9 por ciento de los consultados considera que el aborto “debe estar permitido en algunas circunstancias”, el 92,4 por ciento está de acuerdo con la educación sexual en las escuelas y más de la mitad está de acuerdo con que los sacerdotes formen una familia. Al mismo tiempo, le exigen a la Iglesia Católica un mayor compromiso con los pobres y con la defensa de los derechos humanos.

La Iglesia está perdiendo inserción en la sociedad. El árbol de Navidad supera al pesebre como elemento de identificación de la celebración. Es decir, y parafraseando el dicho de billetera mata galán, que Papá Noel mata a Jesús.

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