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Pálpitos de púlpito

En esta especie de totum revolutum en que se han movido siempre al lado del poder que les legitimaba y al que servían de soporte legitimador, a lo largo de los siglos parece haber sido más importante para la iglesia su propia permanencia junto al poder (por tiránico que este fuera) que la felicidad de las personas, súbditos y feligreses de unos y otros que al fin y al cabo tendrán su recompensa en la otra vida –cuestión en la que se basa todo este tinglado religioso.

Los partidarios de la verdad revelada en algún remoto desierto del oriente medio lo tienen fácil tras dos mil años de propaganda. Da lo mismo que lleven sotana o no. El eco que el lenguaje bíblico ha dejado en todos nosotros a la fuerza durante los años de la infancia les basta para seguir tocando fibras sensibles y creerse continuadores de toda la saga de visionarios palabreros, que les precedieron durante este tiempo y que han traído a la iglesia hasta el punto actual.

Así, se despachan tan bonitamente (en la prensa local, no ya en la hoja parroquial) con frases donde se hace depender la cultura del cristianismo o, utilizando aquel lenguaje apocalíptico tan de su gusto comparan a un pueblo sin cristianismo con un pueblo “sin ojos” (sic), para terminar afirmando gratuitamente que donde se dan procesos de secularización (léase España, hoy) el ser humano se “deshumaniza y degrada” (casi ná…).

Incluso, en un arranque de generosidad, en los últimos decenios se apuntan al carro de la democracia apostillando que “algunos dicen que es el menos malo de los sistemas de gobierno” (naturalmente no ellos, pues eso sería renunciar al gobierno de su Dios en este mundo, que en última instancia es lo que pretenden –y en eso no se diferencian nada de islámicos o judíos, que al fin y al cabo son todos primos hermanos). Pero en fin, bienvenida sea esta afirmación aunque se haga con la boca pequeña. Tiempos hubo en que se condenó por la iglesia todo avance de los pueblos hacia la democracia y la libertad del hombre y la mujer, alineados como estaban entonces con las aristocracias y las monarquías en un abrazo que arrastran desde el siglo IV y que aún no han roto del todo. Por cierto, aquel primer abrazo de Constantino tolerando la secta cristiana (desde las Constituciones imperiales, 312) y posteriormente su bautismo in articulo mortis por aliviar  su conciencia y hacerse perdonar sus crueles actos podría compararse a un matrimonio de conveniencia como ahora se dice, pues entre otras barbaridades podía presumir de haber hervido viva a su mujer (¿violencia doméstica?) y matado igualmente a su hijo mayor, lo cual le atormentaba, lógicamente-.

Nunca sabremos si aquel Constantino apodado el Grande, inventor de crismones, consiguió su objetivo personal y pudo morir en paz. Lo que sí parece cierto es que con la adopción del cristianismo poco después por Teodosio (395) como religión oficial del Imperio sólo se cumplieron dos objetivos: en primer lugar se dio una vaga coherencia a un imperio que se derrumbaba por todas las fronteras consiguiendo que perdurara unos decenios más,  dividido y en plena decadencia; y por otra parte, inmediatamente se acabó la tolerancia hacia las demás religiones “paganas” y escuelas filosóficas (que había muchas en tan vasto imperio) y el maltratado se convirtió en maltratador y asesino durante una larga historia que casi todos conocemos y no hace falta repetir aquí.

También afirman que “la Iglesia aprueba todas las formas de gobierno con tal de que queden a salvo la religión y la moral, pero no una democracia de inspiración puramente laica y atea”. Es de suponer que por eso callaron tibiamente ante el régimen nazi y dieron su apoyo más que explícito no hace tanto a Franco y Pinochet, por sólo poner unos ejemplos, santificando con su actitud gobiernos pura y simplemente ilegales y criminales vengativos, con los que les unía sólo su inquina contra la libertad de las personas y contra un beligerante ateísmo consecuencia directa del maridaje de Dios con los poderes tiránicos de este mundo- y no precisamente el bienestar de sus pueblos.

En esta especie de totum revolutum en que se han movido siempre al lado del poder que les legitimaba y al que servían de soporte legitimador, a lo largo de los siglos parece haber sido más importante para la iglesia su propia permanencia junto al poder (por tiránico que este fuera) que la felicidad de las personas, súbditos y feligreses de unos y otros que al fin y al cabo tendrán su recompensa en la otra vida –cuestión en la que se basa todo este tinglado religioso.

Allá ellos, pero a estas alturas tal vez deberían analizar la realidad desde otra perspectiva. Al hombre, a la mujer de hoy le hacen falta otros estímulos que no pasan necesariamente por repetir como hacen desde tantos siglos las palabras de tal o cual profeta o “santo” y darlo por definitivo e inamovible. Entre los santos y papas que orlaron la iglesia –no lo olvidemos- también los hubo criminales y miserables, fornicantes y envenenadores. Esto ya no funciona así. Entre otras razones por habernos impuesto tantas barbaridades que han caído por su propio peso, y también por el desarrollo de la “cultura” –la ciencia, la razón, el progreso y la libertad bien entendidas, a pesar (y en contra siempre) de la fe revelada en versión de algunos.

Ni yo, ni los miles de personas que cuestionamos las religiones tal cual hoy se ofertan o imponen, nos consideramos ciegos ni des-culturizados, sino todo lo contrario. Por muy tranquilizadores que sean los mensajes del cristianismo (como lo sentiría Constantino al inicio de toda esta historia de poder y contradicciones ¿recuerdan?), el ser humano tiene derecho a elegir, cuestionar, investigar, buscar su propia felicidad y la de los demás sin muletas y sin esperar nada después de la muerte, que es la principal mercancía con la que las religiones nos negocian. El precio es demasiado caro: Nos jugamos la libertad. Ahí es nada. Y total, según su versión de los “hechos”, por una desobediencia más bien nimia como supuso no guardarse de comer una manzana prohibida. ¡Pues vaya!                

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