Palabra de dios

En un célebre relato de Kipling ambientado en la Edad Media, El ojo de Alá, un monje británico que ha vuelto de un largo viaje por los Santos Lugares regresa con un milagro de la óptica, unas lentes, obtenidas gracias al prolongado trato de los árabes con los textos de Aristóteles, y las lentes no tardan ni tres páginas en ser desmenuzadas bajo los pies del abad, que sospecha que en aquella sutil alteración de la miopía se oculta la mano del diablo. El relato es una perfecta alegoría que bien puede servir como vara para medir las relaciones de la religión en general y del catolicismo en particular con cualquier avance científico, tecnológico, estético, político y ético. Porque no hay un sólo logro alcanzado en cualquier ámbito de la actividad humana (desde la democracia al trasplante de órganos, desde la igualdad de la mujer hasta la libertad de expresión) al que la iglesia no se haya opuesto con todas sus fuerzas. Que no son pocas, por cierto.
Cuando Cristo dejó su herencia en manos de un pescador analfabeto con cabeza de pedernal, no estuvo muy inspirado. Pedro, el cagueta que le negó tres veces, tenía un nombre que era una llamada a la lapidación. La de incontables inocentes que fueron apedreados, exiliados, despellejados y quemados vivos en nombre del amor.
Hay una corriente de pensamiento (por llamarlo de algún modo) que pretende hacer creer que todos los valores de libertad y dignidad de los que disfrutamos en Occidente han nacido por obra y gracia de unos cuantos gañanes con sotana. En realidad, la historia del catolicismo es la historia de la infamia, de la mentira, de la tortura y de la abominación. Los curas que convirtieron a Giordano Bruno en cenizas junto a sus libros son los mismos que siglos después felicitaron el cumpleaños de Hitler en Berlín, y, de paso, los que ayudaron a unos cuantos criminales nazis a escapar rumbo a Sudamérica. Los curas que iniciaron el odio secular contra los judíos por haber crucificado a Jesús son los mismos que armaron con sus manos el campo de exterminio Jasenovae, un matadero inconcebible levantado y gestionado por católicos, y bendecido por el cardenal Stepinac, el angelito que colaboró con los nazis y que Juan Pablo II elevó a los cielos en una de sus multitudinarias olimpiadas de beatos.
En fin, estos mismos siervos del Señor vienen otra vez a dar lecciones de moral y decirnos cómo debemos comportarnos a la hora de morir. Dicen que la ley de la eutanasia se acerca peligrosamente al homicidio y quizás tengamos que escucharlos porque probablemente no haya una institución que sepa más de asesinatos, de muertes dignas e indignas que esta primitiva factoría de hogueras, fábulas y hostias. Palabra de Dios.

Print Friendly, PDF & Email

También te podría gustar...