Paco el Sencillo

EL papa Francisco ha afirmado en Brasil que está a favor del estado laico. ¿Qué entiende por laico este Pontífice: simple y discreta aconfesionalidad o una laicidad auténtica y abierta? “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, enseñó Jesús. Intuyo que el actual obispo de Roma se refiere a esa exhortación del Nazareno cuando alude a lo laico. Ahora bien, ¿cómo discernir qué es de Dios y qué es del César? Nunca se ha tenido realmente claro, de ahí que la relación de la Iglesia con los estados haya generado a lo largo del tiempo tantos conflictos y también haya sido fuente de monstruosas complicidades cuando ambos poderes, el divino y el terrenal, se han fundido en un ominoso abrazo con el fin de conformarse en un solo y casi invencible Leviatán. No hay indicios de que esa ambivalente y tormentosa relación vaya a alterarse sustancialmente. La teoría se antoja hermosa y diáfana, pero la práctica casi siempre se torna confusa: muchos creyentes conciben a Dios cómo un César invisible y no pocos ateos buscan desesperadamente en el estado del bienestar (o del malestar) los atributos de un Dios misericordioso y paternal.  Los agnósticos, por su parte, creen y descreen en el César o en Dios dependiendo de su estado de ánimo o de su situación gástrica.

Pese a todo, el papa Paco parece dispuesto a querer atenuar la arrogancia doctrinal y espiritual del Vaticano, pero está por ver si ese retorno a la supuesta humildad de los orígenes del Cristianismo es real o solo es una estratagema retórica encaminada a recuperar rebaños confundidos y cínicos. Desde hace décadas la Iglesia lleva pregonando su compromiso con la democracia y con otros principios liberales surgidos del horno de la Ilustración, pero ese compromiso ha sido más una calculada y astuta declaración de cortesía formulada con el propósito de no perder su puesto en la mesa de juego que una sincera aceptación de las reglas de la partida. No hay más que ver cómo los jerarcas eclesiásticos preconizan sin gran rigor argumental el fin de la democracia y del hombre cuando una mayoría social respalda una medida legislativa opuesta a un dogma o a una abstracción de la Iglesia. Esa proclividad a augurar cataclismos y horrores cuando las cartas no le son favorables demuestra que la Iglesia solo tolera el ideal de democracia que pueda garantizarle la perpetuación de su influencia entre los más jóvenes y entre los más menesterosos.

Hoy, sin embargo, no es justo extraviarse ni regodearse en las inveteradas críticas a la casta vaticanista. Las recientes palabras del Papa en Río constituyen un punto de inflexión en la historia de la Iglesia. Y constituyen tal cosa porque distan notoriamente de los mensajes victimistas y quejumbrosos de sus antecesores, quienes responsabilizaban fundamentalmente a la modernidad y a sus pompas (demoniacas, cómo no) de liquidar la idea de Dios y de desbaratar el debate de otros mitos y entelequias. Lejos de incurrir en una censura tan burda como previsible del relativismo o de la libertad de pensamiento (caras de una misma moneda), el papa Paco intenta hacer autocrítica y responsabiliza principalmente a la Iglesia de no haber querido comprender la evolución mental y afectiva del ser humano en los últimos decenios. Para rematar la faena del escándalo, Francisco agrega que entiende a los ateos y que él no es quién para juzgar a los gays. Este Papa es el Rodríguez Zapatero de la Iglesia. Quiere hacer millones de amigos y tender puentes entre diversidades y culturas. Lo que Juan Pablo II solo esbozó en discursos, el pontífice Paco pretende llevarlo a la práctica. No está claro lo que va a hacer este buen hombre, pero sí ha quedado harto patente que pretende modificar algunas cuestiones capitales del catolicismo. De manera que ahora hay un cristiano (y un soñador) al mando de la Iglesia, no un inquisidor que deduce naderías e infiernos imaginarios de conceptos opacos y fantasiosos. Si Francisco persiste en su actitud, será crucificado por los suyos. Así suelen ser las religiones: burocracias de lo irracional y de lo metafísico que recelan de cualquier transformación en su arquitectura de leyendas y alegorías. Más que nada porque una leve alteración de un elemento del edificio puede poner en evidencia lo absurdo y disparatado de la obra.

Bergoglio Brasil 2013

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