Otro despropósito

Una funesta aberración moral y educativa está a punto de perpetrarse en nuestras escuelas públicas. So pretexto de dar un sentido trascendente a la vida de los jóvenes, los obispos españoles, con la connivencia del Gobierno de la nación, plagado de militantes de diversas sectas religiosas, ha decretado una asignatura titulada “Religión Católica”, que se impartirá en el horario lectivo de los centros y será equiparada a la Física, la Biología o la Lengua Española.

En contra de lo que se declara, los objetivos de esos programas sólo pretenden un adoctrinamiento ideológico y, en última estancia, captar adeptos. La experiencia religiosa, que es una expresión de la conciencia de cada individuo y pertenece a la esfera íntima de los sentimientos, no puede prescribirse, medirse o calificarse. Sería tan incongruente como tasar y dar una nota a la aptitud de amar o fantasear. Las reclamaciones de los obispos atentan directamente contra los fundamentos de la ética social, que atañe a todos y no sólo a los creyentes. Su noción de pecado, por ejemplo, es sectaria y coercitiva, y tiende a intimidar y someter a los alumnos. EN cambio, la noción de civismo, que debiera ser la médula de la educación pública, es plural, emancipadora y comprometida con el bien común. Para propagar las virtudes del entusiasmo, la rectitud, la fraternidad o la compasión no son necesarios clérigos ni beatos, sino testimonios de gente alegre, honrada, leal y benevolente. Exactamente lo contrario de muchos catequistas que pululan por los centros escolares, cuyo fariseísmo es escandaloso.

   La aberración concierne asimismo al ámbito donde va a desarrollarse el adoctrinamiento. Una de las más relevantes conquistas de la modernidad (hay muchos eclesiásticos que confunden la modernidad con el abandono de la sotana y la introducción en las misas de cancioncillas mojigatas) fue la instauración de un espacio escolar laico y público -es decir, común- a salvo de las supersticiones y los dogmatismos, independiente de las corporaciones eclesiásticas y en el que pudiera instruirse a todos los jóvenes en los valores de la ciudadanía, la libertad, la razón crítica y la paz. Esa institución fue la respuesta ilustrada a los desastres de las guerras de religión y a los autos de fe que habían asolado Europa durante siglos. La prueba de su necesidad son los continuos vituperios y las artimañas más arteras en su contra por parte de quienes nunca se han resignado a perder el privilegio de la educación, principalmente las órdenes religiosas, y recelan de la potestad de la razón. La protección de la educación pública contra sectarismos de cualquier signo es una forma de preservar el librepensamiento, la democracia y los derechos humanos.

   Esa nueva asignatura pervierte además el sentido mismo de la pedagogía. Porque ¿qué significa un suspenso en religión: que se es partidario del divorcio, que se practica la masturbación, que se respalda la investigación con células madre, o que no se ha sabido responder a las preguntas del examinador? ¿Y quien merecerá un sobresaliente: los alumnos castos, devotos y aplicados? Lo que persigue esa asignatura no es educar para la fraternidad o el pacifismo (¿cómo explicar que tres fieles de Dios emprendan una guerra canalla en Irak movidos por la codicia o la megalomanía?), sino formar gente sumisa y conservadora. Los llamados “profesores” de religión no son tales, sino representantes en la mayoría de los casos del oscurantismo más sórdido y esperpéntico: proyectan truculentos vídeos de abortos, encargan trabajos de refutación del marxismo y el psicoanálisis, atacan con virulencia los matrimonios civiles, se solazan en la descripción de prácticas sexuales… (no me invento nada, me limito a enumerar lo que es voz común en los centros escolares). Resulta por ello inconcebible y fatídica la complacencia social ante semejantes barrabasadas, sobre todo la de los católicos conscientes del daño que se inflinge a su religión. En una sociedad encogida, asustadiza e hipócrita como la española, su silencio es cómplice. Coincide la publicación en el Boletín Oficial del Estado de los contenidos de dicha asignatura con el estreno en España de una conmovedora película afgana titulada “Osama”, que narra la historia de una niña huérfana que debe hacerse pasar por niño para poder trabajar en el Kabul recién tomado por los talibanes, una de las expresiones más barbadas, gritonas y analfabetas del fundamentalismo clerical. Los ojos aterrorizados en el centro del bellísimo rostro de Marina Golbahari es una alegoría de los estragos de cualquier fanatismo. Tengo la esperanza de que del mismo que a mí me hicieron ateo los propios curas -sus amenazas, sus dobleces, sus engaños- ocurra otro tanto con los desvalidos alumnos de hoy.

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