Otra vez los obispos en guerra

La Conferencia Episcopal Española amenaza con adoptar toda clase de medidas, por supuesto legales, para combatir los aspectos de la LOE que afectan al Estatuto de los profesores de religión católica y la enseñanza de la Educación para la Ci

La Iglesia española quiere tener las manos libres para nombrar y cesar a los enseñantes que pagamos todos, y no admite que se divulguen otros principios para la convivencia ni otra moral que la que ella misma considera ortodoxa.

Los obispos van a volver a movilizarse en las calles y van a seguir alentado la objeción de conciencia. Ante esa actitud prepotente, que ignora el pluralismo de nuestra sociedad y desprecia la voluntad popular manifestada en el Parlamento, que es donde se aprobó la LOE, es necesario responder con contundencia, defendiendo sin complejos los valores laicos, que no son inferiores a los religiosos, y mucho más integradores de las distintas formas de entender la moral, que no es exclusiva de los púlpitos. La moral, basta acudir al diccionario, es el conjunto de principios que permiten clasificar los actos humanos en buenos y malos desde el punto de vista del bien general. Parecidos términos utilizaba Santo Tomás para definir la Ley: ordenación de la razón hacia el bien común, promulgada por el que tiene a su cargo el cuidado de la comunidad. Y el que tiene a su cargo la comunidad, el que debe pensar en el bien común, es el Estado, no la Iglesia. Ninguna Iglesia.

La prueba del nueve de lo necesaria que es la signatura de Educación para la Ciudadanía es, precisamente, la existencia de estos residuos del nacional -catolicismo, que no se han enterado todavía del proceso histórico que condujo a la separación de la Iglesia del Estado, y que ignoran que el actual Concordato es un rareza, una incomprensible muestra de algunas debilidades de la Transición, que no existe en la mayoría de los países occidentales. No pedimos, vaya por delante, que los profesores de la nueva asignatura se detengan en la explicación detallada de las contradicciones entre la moral que predica la jerarquía católica y muchos de sus comportamientos públicos y privados; no pedimos, pero por qué no podría hacerse, que se expongan con detalle las razones que avalan científicamente la posibilidad de sentirse agnóstico o ateo…Pedimos algunos, simplemente, que la Iglesia Católica respete nuestras leyes y confíe más en su propia capacidad para impartir sus enseñanzas morales desde sus abundántisimos templos, sus periódicos y revistas, o sus cadenas de radio y televisión. Claro que, primero, deberían inocular los valores evangélicos en algunos de sus propagandistas, para predicar con el ejemplo.
 

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