Ofensas

Para Hosni Mubarak, «la ofensa a las creencias religiosas es el mayor peligro que amenaza la estabilidad del mundo». Podría habérsele preguntado a continuación al presidente de Egipto si no cree él que las ofensas que recibe con violencia la sociedad laica desde las religiones que se expresan más fanáticamente constituyen también una amenaza. Pero a lo mejor Mubarak dijo lo que dijo, quejándose de las ofensas que las religiones sufren, sí, aunque admitiendo también que las creencias religiosas no se an­dan con chiquitas y que si algo puede extremar los fanatismos hasta el punto de poner a arder al mundo hoy, es, todavía, la sinrazón de los dioses. Admitido esto, no cabe más pregunta; la sociedad de la razón que no se somete al fanatismo difícilmente pone en pe­ligro la estabilidad del mundo por esta causa. Lo que no sé es si ahora reciben más ofen­sas las creencias religiosas en el mundo que en otro tiempo, pero en el caso de que las reciban podríamos preguntarnos por qué, si simplemente por el descrédito de los dioses, viendo cómo se mata la gente en su nombre y mata a los demás en nombre de esos dio­ses, o porque la sociedad no creyente se siente agredida por el fundamentalismo de la creyente. Es decir, eso que se llama simplemente acción-reacción. Cierto es que si lo que se pretende reprimir siempre es la reacción de los laicos quizá sea así por el temor a la réplica violenta de los creyentes. Lo hemos visto ahora con la viñeta en la prensa da­nesa en la que se ha visto burlada la figura de Mahoma. Pero las preguntas sobre por qué ahora, y entre nosotros, ha cobrado protagonismo la religión como causa de conflic­to valen tanto para un plano mundial e intercultural como para el más local. Aquí, en Es­paña, es fácil entender cómo se ha avivado un cierto anticlericalismo, ya olvidado por muchos, si se atiende al modo en que ataca el clericalismo feroz y trasnochado que ha vuelto.

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