Obra social y laicismo

El pasado día cinco de febrero el nuevo presidente de EE.UU. volvió a sorprendernos con una nueva medida que demuestra la voluntad democrática del nuevo Gobierno norteamericano.

Obama anunció que las ayudas del Estado para obra social tendrán una orientación laica, que no favorecerá a ninguna confesión concreta, ni perjudicará a los no creyentes, recogiendo así el principio de la Constitución norteamericana que establece la separación entre Iglesia y Estado. No es la panacea, pero es un paso esperanzador.

Con esta medida, el presidente norteamericano pretende asentar las bases del intento del reparto justo y no discriminatorio del dinero público para la ayuda a los más desfavorecidos. Es un tema que considero crucial porque, a pesar de que la primera enmienda de su Constitución proclama la separación entre el Estado y las iglesias, EE.UU. se ha convertido en un "hervidero" de religiones, cultos y sectas de todo tipo que convierten en una cruenta contienda el reparto de los fondos públicos (además de los privados) destinados a las causas sociales.

En esa pugna intentan atraer a sus filas a los ciudadanos que les aseguren presencia y réditos en el país de "las libertades" (cuantos más fieles o adeptos, mayor financiación estatal). Y en ese caos de rapiña de fondos públicos, religiones y demás organizaciones que comercian con "lo espiritual", son capaces de emplear cualquier medio que les ayude en sus fines, incluidas "macarradas" como la "telepredicación", que no es otra cosa que un burdo (además de peligroso) procedimiento coercitivo de atraer y engañar conciencias, y manipular voluntades que engrosen el volumen de seguidores y, de paso, el total de los ingresos.

En España ocurre algo parecido. La Iglesia católica acapara casi la totalidad de los fondos públicos destinados a obra social, que en 2.008 han sido de casi 160.000 millones de euros. La Iglesia en España tiene registradas, en el Registro de Asociaciones, cerca de 40.000 organizaciones de carácter confesional o de supuesta finalidad social, que se apropian de gran parte del presupuesto del Estado destinado a estos fines.

De hecho, la supuesta obra social de la Iglesia es, para un sector escéptico de la sociedad, el argumento que valida su pervivencia y su continuidad. Sin embargo, cabría preguntarse por el destino de esa inmensa cantidad de dinero público, a la vista de las enormes carencias sociales que persisten; existen motivos más que evidentes para sospechar que tales fondos no llegan a los sectores más castigados. Habría que pedir al Estado que inspeccionara y controlara el uso de ese dinero para que realmente llegue a quienes tiene que llegar, que no es a las iglesias, sino a los ciudadanos necesitados y marginados.

No dudo de que existe realmente una buena acción social a la vista de todos, quizás a modo de escaparate. Numerosas organizaciones las llevan a cabo, pero con equipos de voluntarios (mano de obra gratuita), y con donativos privados; luego… ¿a dónde va a parar el dinero público que reciben estas asociaciones?

Hace unos días unos amigos me hablaban de una organización católica que tiene un comedor social que se llena, los fines de semana, de voluntarios que se dedican a llevar comida y a trabajar para que el comedor funcione… ¡encomiable!,… pero ¿por qué no se utiliza el dinero obtenido del Estado para llevar a cabo esa acción, que no es realmente una obra de caridad, sino una obligación de la institución y un derecho de los usuarios?
Personalmente no me consuela en absoluto que aquellos ciudadanos que tienen que recurrir a comedores sociales puedan comer solamente los sábados y domingos… ¿qué pasa con los otros días de la semana?, ¿acaso tienen que sentirse agradecidos, cuando el Estado dona a esos supuestos "benefactores" millones de euros con los que podrían dar de comer caviar iraní y ostras a ejércitos enteros durante años?

Si una democracia funciona, la solidaridad debería sustituir a la caridad, que no es más que un modo de "lavar conciencias", y una excusa para perpetuar el clasismo y la diferencia social ante los sectores marginados y desprotegidos. Y, si una democracia funciona, la obra social debería de estar a cargo del Estado, en función de un reparto justo y controlado de los fondos públicos, mediante organismos estructurados, con personal cualificado, e independientes de cualquier ideología o confesión. Y debería el Estado, igualmente, inspeccionar las miles de asociaciones registradas oficialmente que, con la coartada de la supuesta ayuda social, se dedican a recabar todo el dinero posible del erario público.

Porque mientras exista la "caridad" existirá la sombra de la creencia en la superioridad de unos sobre los otros, y mientras la obra social esté en manos de las iglesias, seguirá habiendo miseria, necesidad e insolidaridad. Porque a estas alturas la caridad (sinónimo, muchas veces, de arrogancia y menosprecio) nunca debiera sustituir a la justicia, y porque tras la fachada y la apariencia de la caridad y el altruismo se pueden esconder (como denunciaba Molière en "El filántropo") las más viles y pérfidas pretensiones.

Esta medida del Presidente Obama demuestra que no todos los políticos son iguales, y que hay algunos que se preocupan por hacer las cosas bien; esperemos que esta iniciativa no sea una excepción, y se difunda como ejemplo de lucidez democrática.

Coral Bravo es Doctora en Filología y miembro de Europa Laica

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