Obispos ante las elecciones: mejor huérfanos

Cómo seguir siendo católicos en este país a pesar de tener unos padres -cardenales, arzobispos, obispos, la Conferencia Episcopal, Comisiones Episcopales…- tan impositivos, sobreprotectores y que, encima, te dan la leche pasada de fecha, como e

Por fatiga mental he buscado un distanciamiento de la primera eclosión política y mediática de dicho documento procurando cerrar mis ventanas. ¡Imposible! Siguen los eclesiásticos ocupando portadas, unos quejándose de que han sido mal interpretados; otros de que son perseguidos; otros exigiendo lo mismo que ya pidieron sus antecesores desde la alianza del trono y el altar: una parte del poder. A ello hay que añadir las réplicas escocidas del Gobierno.

Sobre todas me han llamado la atención las lamentaciones del cardenal Cañizares, que ya sea el evangelio de las Bienaventuranzas o el de las Tentaciones de Jesús -el poder, el dinero, el prestigio social- se planta todos los domingos frente a la televisión y la Cope, bajo las filigranas gótico floridas del retablo de la catedral de Toledo, y dice una y otra vez: no nos moverán.

Y añade: "La Iglesia no tiene otra palabra que decir que Cristo (pero en vez de comentarnos las Bienaventuranzas y Tentaciones nos saca documentos para orientar interesadamente el voto en las elecciones); ni otra riqueza que la de Cristo (y la televisión entonces, avergonzada, mira al suelo, mientras la Cope sale con aquello de "los moros que nos invaden" u otra de sus lindezas); ni otro poder que el de Cristo" (después de haber defendido estos años que la idea de España como unidad de destino en lo universal es un principio categórico de la moral cristiana). Ideas que se asoman, aunque en lenguaje eclesiástico, a los números 8 y 9 del documento en ayuda de unas opciones políticas frente a otras, de unas interpretaciones históricas frente a otras, y que nada tienen que ver con una moral inspirada en el Señor Jesucristo.

Leo a analistas políticos y coinciden en que los obispos tienen derecho como ciudadanos a hablar de lo que quieran. Y que una vez más ni quitan ni ponen rey, pero ayudan a su señor: las opciones más retrógradas, a cuyo servicio han puesto durante estos años su propia red de emisoras. Y como buenos padres intentan ahora orientarnos por ahí a sus hijos. Yo me escandalizo. Y no hago más que repetirme: con estos padres no puedo crecer adecuadamente; ni acceder a una autonomía sana y equilibrada; mañana me voy al juez para que, dada mi avanzada edad, me libere de la patria potestad de mis padres espirituales.

Pero resulta que en la madre Iglesia -¿por qué madre si son todos padres?- no hay poder judicial: es el mismo que el legislativo y el ejecutivo, o sea, el padre omnipresente, omnisciente, castrador.

Desalentado por tales fracasos para lograr ser persona mayor y responsable, me ensilencio, frecuento el Cántico Espiritual y leo El factor católico en la política española, de Rafael Díaz-Salazar. Luego abro el Evangelio -que es lo único que me sirve- y me encuentro con esta antigua sabiduría de Jesús de Nazaret: "Pero vosotros no os hagáis llamar maestro, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos. No os hagáis llamar doctores, porque uno solo es vuestro Doctor, El Mesías".

Lo leo tres veces. Y caigo en la cuenta de que no necesito acudir a nadie para lograr la liberación de la patria potestad de mis padres espirituales -cardenales, obispos, etcétera-. Al contrario: que este asunto del seguimiento de Jesús es una cuestión a gestionar en mi propia conciencia, aunque nadie me haya enseñado el valor cristiano de la libertad, de la responsabilidad inviolable de mi autonomía. Y que los demás me pueden prestar, sí, el servicio eclesial de la información, de la reflexión -no la influencia interesada- en aquellas cuestiones que tengan que ver con la herencia del maestro Jesús. No con formas de interpretar la historia, o con maneras administrativas de organizar un Estado, o con los instrumentos mejores para abordar el terrorismo, u otras cuestiones de calado moral pero con una base científica opinable, etcétera. Que para eso tengo que ir a otras escuelas. Y ya deberíamos haber aprendido de los muchísimos errores e intromisiones cometidos en la historia eclesiástica y en el olvidado concepto teológico conciliar de la "autonomía de las realidades temporales".

Así que si mis padres -cardenales, obispos, etcétera- quieren orientar mi voto político (aquí hay un problema de dignidad humana, no de colores ideológicos) según sus intereses, entonces me digo: pues para eso, ¡mejor huérfano! Y también, ¡otra Iglesia es posible! Una de relaciones fraternas, de ciudadanos con derechos -no de ovejas-, misericordiosa, que trabaje por las víctimas de esta sociedad opulenta -los leprosos del Evangelio- antes de andar preocupada por aferrarse a cuotas de poder. Una que ayude a leer la Palabra. Y los versos de san Juan de la Cruz: "¿Adónde te escondiste, / Amado, y me dejaste con gemido?".

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