Notas sobre crucifijos en lugares públicos

Constitución crucificada

                           Después  de treinta años de Constitución es noticia destacada en televisión, y escandalosa para algunos, el que en Valladolid haya tenido que ser un juez, y tras tres años de gestiones, el que haya sentenciado por fin, y por primera vez en España, que exhibir símbolos religiosos en un colegio público es anticonstitucional.

                            Con la rotundidad de los hechos, éste revela qué lejos están aún de aceptar el respeto a las creencias de los demás, la democracia, ciertos grupos religiosos, que tanto se aprovechando del monopolio que a favor suyo impuso el franquismo,  y hasta qué punto, por su mano y el cobarde silencio de otros, hoy mismo es nuestra Constitución la que está aún crucificada.  Y esos sus pertinaces verdugos aún tienen el valor farisaico de presentarse ahora como víctimas, cuando la Justicia les obliga a cumplir con esa norma elemental de convivencia. ¡Qué cruz!

Condenados agresivos

                               La mejor defensa es el ataque. Pero a veces éste es ya demasiado descarado. Así quienes, condenados por la justicia por haber seguido queriendo imponer su ideología en las escuelas públicas treinta años después de la Constitución, todavía se presentan ellos como víctima de la persecución y acoso a la que ellos sí  han sometido a los niños de otras creencias.

                               Hay profesionales que viven del cuento instructivo, deleitable, útil. Pero estos viven del chantaje del cuento de terror, del miedo supersticioso a míticos lugares de ultratumba, que ellos mismos han debido desmentir, como el Limbo, o rebajar a “metafórico”, como el fuego infernal, porque ya creen en él  sólo una quinta parte de los españoles.

                               Quienes deseen que sus hijos padezcan esos terrores “sobrenaturales” que ellos nos inculcaron a nosotros, es libre de enviarlos a sus escuelas confesionales. Pero exigimos respeto a otras ideologías o creencias, que consideramos más sanas y racionales, sin que  impongan a nuestros hijos sus símbolos en las escuelas públicas.

La cristofobia del cardenal

                              Estoy de acuerdo con el diagnóstico del cardenal Cañizares, de que “España padece cristofobia”.  Jesús nos advirtió en cada página del Evangelio contra esos cristófobos, que acabaron crucificándole. Entre otros muchos otros detalles, Él nos dijo que son 1) Los que agradecen a Dios ser tan  justos, y desprecian a los demás. 2) Se autocalifican de “buenos”  “santos” y “padres”, categorías aplicables a sólo Dios. 3) Sepulcros blanqueados, se visten de blanco, como si fueran impecables e inocentes. 4) Rezan larga y ostentosamente en lugares públicos, para que se les vea. 5) Se apoderan del Templo y lo convierten en cueva de ladrones. 6) Acuden al poder político, incluso injusto  o extranjero, como Herodes o Pilatos,  para imponer sus preceptos, encarcelando y matando cuando pueden a profetas y justos.

                   Sólo los voluntariamente ciegos pueden dejar de identificar a los nuevos fariseos con aquellos cristófobos que mataron a Jesús y se apoderaron, marginando y matando a los cristianos de verdad, con ayuda del poder político, en España hasta ayer, con Franco, para vivir del prestigio de la marca “Jesús” así radicalmente falsificada. Ahora tienen incluso el valor de quejarse de que ya no puedan imponer por la fuerza su marca –esa cruz en que clavaron a Jesús- en las escuelas públicas, irrespetando como solían hacer durante el franquismo, las creencias ajenas. La religión impuesta es simplemente política, y mala, dictatorial política, de la que, para bien de la democracia y de la religión de verdad nos vamos liberando, mal que le pese a esa jerarquía cristófoba que aún padecemos.

La dictadura ideológica molesta

                                  Todos sabemos que el PP ha sido fundado por un ministro de la dictadura, que jamás  la ha criticado, tardando treinta (30) años el partido en hacerlo. Los símbolos del franquismo han seguido durante treinta (30) años presidiendo lugares públicos, no porque “no molesten” a los verdaderos demócratas, sino por presión de muchos disfrazados o mal convertidos a la democracia, que aprobaron sólo de boquilla,  incluso combatieron abiertamente, como Aznar, la Constitución.

                                 Ahora, cuando el juez, en una elemental aplicación de sus artículos 14, que impide la discriminación por religión, y 16, que garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto, obliga por fin a retirar los signos que un clero cómplice de la dictadura había aprovechado para imponer en las escuelas públicas, esos abusones se proclaman víctimas de la persecución ideológica que hasta hoy ellos sometían hasta a los niños de las escuelas.

                                Más aún, la portavoz del PP tiene el valor de declarar que ahí esos signos “no molestan a casi nadie”, en una clásica proyección freudiana del poco respeto que tiene a las creencias ajenas, y a la democracia, en la que se debe respetar los derechos humanos “incluso” de las minorías. Minorías que aquí se están convirtiendo en mayorías, al abandonar masiva y aceleradamente los españoles una Iglesia tan politizada y poco religiosa que aún se aferra a sus pasados privilegios de la dictadura y pretende imponer chantajeando al Estado y mediante leyes una fe y unas costumbres que no obviamente no puede conseguir adopten libremente los ciudadanos.

Reliquias del franquismo

                            Estoy oyendo, incluso entre profesionales, argumentar que puesto que la cultura española es mayoritariamente católica, no se deberían quitar los crucifijos de los colegios públicos. Esa es la idea que Franco inculcaba para desacreditar la democracia, como un sistema absurdo en el que la mayoría podía decidir si Dios existe o no, sin respetar los derechos individuales y de las minorías, que podían ser pisoteados por una mayoría que impondría su ideología, por ejemplo, en la escuela pública, de todos.

                          No menos impresionante es la descalificación que otros hacen de uno de los padres que pidió la retirada del crucifijo del colegio de Valladolid, argumentando su “inconsistencia”, porque vestía de Virgen a su hija. Supuesto que sea verdad, esto indica que esos señores creen que ningún católico puede ser justo y decente, pedir que se respeten las creencias de los que no son como él. ¡Triste proyección freudiana de la propia conciencia egoísta y, por supuesto, tan anticristiana, con tan poco amor y respeto a los demás, de esos falsos cristianos!

DE CRUCES, CRISTIANOS Y MARCIANOS

                             Si los padres que inculcan a sus hijos de primaria tanto odio como para insultar a una niña porque su padre ha pedido que se respeten todas las convicciones  – sin imponer el símbolo de una de ellas en la escuela pública- son cristianos, yo soy marciano.

Su impiedad les delata.

                             Con serenidad, pero con firmeza, el presidente Zapatero ha debido advertir en público sobre la enorme contradicción del predicar con tanto interés en pasar página sobre el pasado, oponiéndose incluso a que los republicanos asesinados en las cunetas reciban una decente sepultura por sus parientes, mientras que se insiste en leer en voz alta la parte de la página que se refiere a las víctimas del terror contrario, a las que no sólo se les ha dado hace ya 70 años digna sepultura, sino que ahora se exalta y eleva, en una cantidad nunca antes conocida, a los altares. Contradicción e injusticia, añadamos, doblemente tal, por cometerla una organización cuyo Fundador puso como sello distintivo el amor a todos sus prójimos y el perdón a sus enemigos.

                              La explicación de esta inhumana y anticristiana conducta, que lleva a abandonar aceleradamente esa institución jerárquica eclesial a los verdaderos cristianos es, por desgracia, como delata ese mismo cruel e impío intento de encubrirla, cada vez más patente. Porque a medida que se vayan desenterrando esos crímenes torpemente escondidos, es inevitable que, ante los cuerpos del delito, se despierten las conciencias y se rebelen contra los autores y cómplices de tan atroces asesinatos. Primero, por supuesto, contra los que mancharon directamente de sangre sus manos, y con ellas robaron todo a sus víctimas. Pero, como no puede ser de otra manera, luego también contra sus los autores intelectuales, los que incitaron,  bendijeron, justificaron o absolvieron a los criminales,  y hasta actuaron como soplones, o simplemente testificaron que fulano o zutano no iban a misa, sabiendo que su palabra llevaría a la cárcel o a la muerte al acusado.

                              Por tres veces la parte más sana del clero ha querido pedir perdón por tan enormes crímenes y pecados de su Iglesia durante la guerra civil, y por tres veces, como Pedro a Jesús, la jerarquía eclesiástica española se ha negado a hacerlo, con lo que ahora no hace sino seguir por esa su perversa senda de impiedad, que no hace sino aumentar su condena, tanto por parte de todos los ciudadanos de bien en la tierra, como por ese cielo del que tan farisaica, falsamente se reclama.

Mercedes Cabrera, a la escuela.

Es difícil pensar que podamos tener en España una educación democrática de verdad cuando la misma ministra de Educación no se entera de que sus principios más elementales, la libertad ideológica y de culto, recogidas en la Constitución, no pueden dejarse al arbitrio y autonomía de cada colegio público; de que los derechos humanos se respetan o no según mayorías o minorías; y de que la reciente sentencia judicial contra la exhibición de símbolos religiosos en colegios públicos va en contra de esas libertades y autonomías que defienden la democracia y la Constitución. Negro sobre blanco, en clara contradicción con las declaraciones de su mismo partido, Mercedes Cabrera debería volver a la escuela y aprender la, como se ve, tan necesaria Educación para la Ciudadanía. ¡Qué cruz!

Miedo al crucifijo

                            Preguntan algunos jerarcas católicos, con pretendida ironía, que quien puede tener miedo al crucifijo. Pues bien, lo han temido con toda razón los muchos millones que fueron perseguidos, heridos o muertos por los portadores de la cruz, los cruzados, que hicieron correr ríos de sangre diez veces no sólo en Palestina, sino también contra los albiguenses, los republicanos españoles o la aún actual cruzada de Bush en Oriente.

                             Miedo a la cruz, como tormento cruel e infamante, tuvieron con razón también cuantos vivieron de cerca las crucifixiones; y durante siglos los primeros cristianos no usaron ese horrible equivalente de la soga del ahorcado o silla eléctrica, que sólo puede gustar  a sadomasoquistas fanáticos, dispuestos a no gozar ni dejar gozar de la vida a los demás en pos de un fantasmagórico futuro placer celeste.

                             Más aún, nada más detestable que el significado teológico que se le ha dado: el de un Dios tan cruel e injusto que es capaz de sacrificar a su mismo Hijo –como ya quiso el visionario Abraham con el suyo- para aplacar su cólera por los pecados de otros: “satisfacción vicaria” que – excepto los misteriosamente “iluminados” por la fe-  repugna a toda conciencia moral, que con razón teme a quien quiera imitar tales sagrados ejemplos.

                              De modo, señores jerarcas católicos que, si en aras de la democracia, de la igualdad y concordia real entre los ciudadanos –que entiendo ustedes no aprecien- yo no admitiría que mis influenciables hijos pequeños tuvieran una escuela pública, que debe ser de y para todos, en la que estuviera entronizado en exclusiva un sonriente Buda, mucho menos aún acepto que la presida esa horrenda representación de cruel ejecución; y menos si se le quiere encima justificar como el precio justo (¡!) de un Dios bondadoso (¡!) para perdonar pecados ajenos. Y yo no criticaría sus creencias –defendiendo las razones de mi firme rechazo- si ustedes no me agredieran repetidamente  primero, pretendiendo imponerme así sus símbolos, renunciando –quizá porque ni ustedes mismos creen lo que predican- a la vía de la persuasión y libre aceptación, propia de toda fe y religiosidad digna de tal nombre.

EL DOLOR REDENTOR(AÑO 2004)

                              Hay algunos que se hacen los locos, pasándose de listos y tomándonos por tontos, para no cumplir con los más elementales preceptos de la democracia. Porque la democracia no es el imperio de la mayoría, que sólo sirve para determinar la adjudicación de recursos raros dentro del respeto a los derechos y valores de TODOS los ciudadanos. Vamos, que bastaría que hubiera un solo partidario del Betis Balompié para que el Ayuntamiento de Sevilla no tuviera derecho a poner en su balcón la bandera del Sevilla C.F, o asignarle fondos públicos.

                              El ejemplo tiene su base geográfica. Porque la Junta de Andalucía ha mandado una circular pidiendo que se cumpla la aconfesionalidad constitucional en el área sanitaria. A lo que un médico ha opuesto “triunfalmente” en un diario sevillano que él ha hecho una encuesta, preguntando a cien pacientes suyos si les molestaba que tuviera un crucifijo en su despacho, y sólo una paciente depresiva ha dicho que sí. Bastaría ese sólo caso para justificar la retirada en un régimen realmente democrático; pero de hecho el número de personas pertenecientes a otras confesiones religiosas es varias veces superior a este porcentaje y, en las nuevas generaciones, el volumen de los simple y llanamente laicos alcanza el 25 por ciento (un cuarto de la población española). Lo más inaceptable, porque no podemos creer que su autor sea tan lerdo, es que nos intente pasar por conformes con su teoría a tantos “síes” debidos a la cortesía o a la cortedad de pacientes chantajeados tan antiprofesionalmente por ese poco escrupuloso médico, que abusa hasta ese punto de la superioridad otorgada en ese momento por la sociedad, utilizando ilegítimamente su posición dominante en favor de su opción ideológica.

                                Hasta aquí mi denuncia como sociólogo de tan falseada encuesta. Pero, como historiador de religiones, debo añadir que ese principio de debida neutralidad ideológica, aplicable a cualquier signo religioso de cualquier confesión, resulta especialmente aplicable en este caso concreto del crucifijo. Porque, por más que algunos intenten hoy en ocasiones modernizarlo y maquillarlo, el crucifijo es el signo fundamental del “sufrimiento redentor”, es decir, que el sufrimiento es bueno para purgar los pecados y acercarnos a nuestra verdadera patria, el cielo, según la doctrina cristiana. Y esa fe –para el que la tiene, aunque sea de modo inconsciente, o incluso en parte la niegue- le lleva a no luchar contra ese “buen” dolor. En concreto, y yendo a lo que más puede llegar a dolernos a todos, los médicos españoles en promedio y, como es lógico, mucho más los que tienen una fe como la que ese señor intenta propagar con esa trampa, luchan mucho menos contra el dolor de sus pacientes que los médicos del norte de Europa, según revelan los estudios al respecto.. De modo que si nos sobreviene una enfermedad muy dolorosa y no podemos huir al extranjero, cayendo bajo la dictadura ideológica inmisericorde de esos integristas partidarios del “dolor redentor” ¡que Dios nos coja confesados!

Aconfesionalidad constitucional(Abril 2004)

                             En su discurso de investidura, el señor Zapatero ha insistido repetidamente en la necesidad de hacer cumplir la aconfesionalidad del Estado, refrendada por nuestra Constitución. Buena prueba de esa necesidad es que después el nuevo presidente, y para serlo, ha debido pasar por el protocolo establecido, y ha prometido (no jurado, pero da igual: esa distinción no debería existir ya hace tiempo) respetar la Constitución… ante una Biblia y un Crucifijo, y hasta un Rey que de milagro no llevaba puesta la corona de España, todavía rematada por una Cruz. ¡Buen trabajo y mucha suerte, señor Zapatero, porque realmente queda aun mucho, mucho por hacer para que se respete nuestra Constitución, a toda nuestra ciudadanía, y consigamos así una paz real, duradera, sin sobresaltos! Recordemos, con el Cardenal Newman, a algunos exaltados, que todo intento de imponer la religión con los aparatos del Estado la degrada y convierte en una no menos ilegítima actuación política.

Sobre la legalidad y significado del crucifijo  (1995)

   Nuestra percepción está embotada por la costumbres, “explicaciones” e indiferencia. Pero recordemos que durante siglos los cristianos primitivos no se atrevieron a representar ni en privado a Jesús crucificado, tan chocante entonces como hoy un ahorcado. Se comprende pues, el escándalo de unos padres que han recurrido al Tribunal constitucional alemán, que ha ordenado retirarlo de las escuelas estatales.

  Este último punto, que tanta polvareda está levantando, es, en pura lógica, indiscutible. Un Estado no confesional no debe exhibir en las aulas símbolos religiosos sino en los días en que se estudien, con el máximo respeto, pero también con la máxima objetividad e imparcialidad posibles, las distintas creencias pasadas y presentes del mundo entero.

   Yendo al fondo del problema, hay que reconocer que el significado que se ha dado a ese crucificado es ya del todo inaceptable para nuestra concepción moral actual (como lo fueron para los cristianos primitivos otras concepciones religiosas anteriores). Porque, todavía peor que la transmisión supersticiosa de nuestras culpas a un animal sacrificado (como “el chivo expiatorio”), el crfucifi9jo resucita las más tristes concepciones de sacrificios humanos, como el de Abraham. Poco disminuye ese horror el decir que fuera, como otros, aceptado por la propia víctima. Jesús. Esa expiación por otro, esa “satisfacción vicaria”, nos resulta hoy plenamente inmoral y absurda, reprobable tanto en quien la pide como en quien la realiza y en quien acepta beneficiarse de ella.

 

 

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