No necesitamos pastores

Este artículo trata de la política llevada a cabo por una institución jerárquica, dominada por una lógica de poder, la Iglesia católica vaticana. Más concretamente, trata del documento pastoral emitido hace algunos meses por la Conferencia episcopal. La versión original de este texto fue escrita en aquellos momentos, cuando la Iglesia católica y el Gobierno de Aznar llevaban adelante una estrategia conjunta de «catequización» social. Ahora, las condiciones han cambiado. Son mejores. Pero la institución eclesial es un adversario político muy poderoso, influyente incluso en el ámbito de la izquierda.

A modo de prólogo: coincidencias

«Aunque ninguna de las ofertas políticas sea tampoco plenamente conforme con el ideal evangélico, ni siquiera con el ideal racional de un orden social cabalmente justo, sin embargo, unas lo son más y otras lo son menos. Es necesario hacer un esfuerzo y optar por el bien posible»,  18 de marzo 2004, comisión permanente Conferencia Episcopal española. «Del Castillo defiende a los colegios que segregan al alumnado por sexo» El País, 19 de febrero 2004

«Del mismo modo nos hallamos ante un alarmante aumento de la violencia doméstica; ante abusos y violencias sexuales de todo tipo, incluso de menores en la misma familia; ante una muchedumbre de hijos que han crecido en medio de desavenencias familiares, con grandes carencias afectivas y sin un hogar verdadero»  Pastoral familiar de la Conferencia Episcopal española   «El Supremo eleva a 21 años la pena al párroco que abusó de seis muchachos»  El País, 19 de febrero 2004

«Él se considera inocente, y a mí así me lo ha dicho. Nunca me dijo que era culpable. De manera que, en principio, hay que creerlo. No hay que juzgarlo»  Obispo de Tui Vigo, El País 19 de febrero 2004   «Toda la dinámica comisiva se polariza por la ascendencia que el acusado, como profesor de Religión primero, propuesto para tal puesto por el Obispado, y como sacerdote y párroco después, designado por el mismo, consigue las condiciones fácticas adecuadas para abusar de los menores»  Extracto de la sentencia del Tribunal Supremo, El País 19 de febrero de 2004

«Ante las próximas elecciones, la conciencia cristiana ha de estar especialmente atenta al modo en que aquellos a quienes demos nuestro voto intentarán resolver cuestiones como las siguientes: 1. La tutela efectiva del derecho a la vida de cada ser humano desde su concepción hasta su muerte. La producción de embriones humanos y, en particular, su destinación premeditada a la investigación que los mata; el aborto procurado, en cualquiera de sus formas, y la eutanasia, son atentados contra el derecho a la vida que dañan gravemente el bien común y que deben ser justamente prevenidos por las leyes. Declarar que tales acciones serían supuestos derechos civiles, significa llamar bueno a lo que es malo y es situarse en abierta contradicción con el derecho fundamental a la vida (…)»   18 de marzo 2004, comisión permanente Conferencia Episcopal Española            «El jurado considera culpable a un obispo tras darse a la fuga tras atropellar a un peatón en EEUU (…) El accidente ocurrió el 14 de junio, dos semanas después de que la misma fiscalía estuviera a punto de acusar al obispo por encubrir a curas pederastas durante sus 21 años a cargo de la diócesis»  El País, 19 de febrero 2004

«(…) la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte»   Catecismo de la Iglesia Católica

Directorio de la pastoral familiar de la iglesia en España

El directorio de la pastoral familiar de los obispos españoles ha levantado mucho revuelo, especialmente por sus comentarios sobre la «revolución sexual». ¿Qué es esta Pastoral en realidad? ¿Qué pretende? No es un texto pedagógico para «el gran público». El lenguaje utilizado es pretencioso y aburrido.

En la Pastoral está la disparatada y antiliberal doctrina mantenida durante siglos por la Iglesia católica, formulada como programa político que quieren imponer al conjunto de la sociedad. Y digo «imponer» porque en la estrategia de la Iglesia Católica no entra el diálogo racional entre individuos libres. Ni siquiera aspira a hacerse comprender, ya que gran parte de las cosas que dicen son absolutamente incomprensibles:«De este modo Jesucristo presenta a sus interlocutores la existencia de un plan que sólo puede ser plenamente conocido y desarrollado por los creyentes y que concierne al matrimonio y a la familia». Si no me lo creo, ni siquiera puedo «conocerlo». Así, el diálogo es imposible…

Sin embargo, el propósito de la Pastoral no es impartir doctrina. La Pastoral es un manual de élite militante, para “pastores” en busca de rebaño, un manual de acción política dirigido a la estructura de combate de la Iglesia católica, tanto a sus sacerdotes y a sus (subordinadas) monjas como a los comandos seglares, muy especialmente a los que se encuentran en ámbitos fundamentales como la educación, la sanidad, el Derecho, la judicatura y la política. Es un libro de instrucciones para la preparación de un «golpe de Sociedad», a través de un prolongado y continuado proceso de infiltración, ocupación y usurpación de los nodos vitales de la sociedad y de los centros de decisión.

La pastoral, política práctica

Dicen los obispos:«El problema de fondo es, una vez más, el olvido de Dios en una cultura en la que la simple referencia a lo divino deja de ser un elemento significativo para la vida cotidiana de los hombres y queda simplemente como una posibilidad dejada a la opción subjetiva de cada hombre».

Más claro, imposible: la creencia religiosa no es, para ellos, opción personal. En realidad, para la Iglesia católica la creencia en su dios no es una de sus principales preocupaciones, pues lo fundamental es la “creencia social” en la Iglesia, de forma que los seres humanos vivan o aparenten vivir «como si» debiesen obedecer a un dios que hubiese dictado unas normas de comportamiento social coincidentes punto por punto con las consignas episcopales y vaticanas, normas que pueden cumplirse, pero que también pueden quebrantarse… siempre que sea con reconocimiento de “culpa”. Que se casen en la iglesia, que bauticen hijos y los manden a clase de religión, que monten funerales (de Estado, si la ocasión lo merece) a sus parientes muertos, eso es lo importante, aunque no crean en dioses ni esperen con impaciencia el momento de una muerte que les abriría las puertas a la feliz contemplación divina. Por esa razón, la Iglesia abre las puertas de varios de sus sacramentos a «no creyentes», y no me refiero sólo al bautismo (obviamente, los recién nacidos bautizados no son «creyentes»). Ahora bien, sobre la «creencia social» en la Iglesia, nada de «opción subjetiva». Exigen que su opinión sea norma cultural generalizada y sustentada en leyes políticas discriminatorias.

En consecuencia, para los obispos la política debe someterse a la religión. Veamos, por ejemplo, lo que dicen respecto al matrimonio:“No se ha de entender nunca como una realidad meramente privada que sólo concierna a los esposos; su vida común es el fundamento de una nueva realidad social. En cuanto tal debe ser reconocida dentro de la convivencia social y protegida por las leyes para que se fortalezca y contribuya a la construcción de la misma sociedad y de la Iglesia”.

Asalto a la educación:

“Como complemento y ayuda a la tarea de los padres, es absolutamente necesario que todos los colegios católicos preparen un programa de educación afectivo-sexual, a partir de métodos suficientemente comprobados y con la supervisión del Obispo. La Delegación Diocesana de Pastoral Familiar debe preparar personas expertas en este campo. Este programa debe tener en cuenta los distintos momentos de la construcción de la personalidad en relación con la configuración de la ‘identidad sexual’ o asunción madura de la propia sexualidad, con momentos diferenciados según los sexos. En estos programas se ofrecerán -de un modo integrado y partiendo de la experiencia de los jóvenes- los fundamentos humanos de la sexualidad y el afecto, su valor moral en relación con la construcción de la persona y su sentido en el plan de Dios. Igualmente, se ha de estudiar a nivel diocesano, con la cooperación de la Delegación de Enseñanza,  el modo de extender esta enseñanza a los centros públicos y a las asociaciones educativas que tengan niños y jóvenes de estas edades”.

Hay que desactivar la potencia de una conciencia libre desde el origen:“Desde su primera edad, deberán iniciarlos en los misterios de los que ellos son para sus hijos los ‘primeros heraldos’ de la fe. Desde su más tierna infancia, deben asociarlos a la vida de la Iglesia”.

Poderosa siempre en el ámbito educativo, con descarados privilegios que ni siquiera los gobiernos del PSOE pusieron en cuestión pero que disminuyeron respecto a aquellos de los que gozaba en la era franquista, la Iglesia Católica ha recuperando importantes posiciones entre 1996 y 2004, beneficiándose de un proyecto discriminador y segregacionista que ha fomentado la degradación de la enseñanza pública. Para la Iglesia la enseñanza es arma poderosísima, como negocio y como herramienta de control de mentalidades. Ha llegado el momento de pararla los pies. Sin duda, con Zapatero en el Gobierno la situación mejorará. ¿Lo suficiente?

Asalto a la comunicación:

“Además, se procurará contar con personas expertas en los Medios de Comunicación Social, para hacer llegar a la sociedad una buena información sobre todos los temas relativos a la sexualidad humana”. “Para poder generar en los medios de comunicación un adecuado tratamiento informativo de las cuestiones referidas a la concepción cristiana del matrimonio y de la familia, así como la creación de una opinión pública favorable en este sentido, es necesario contar, tanto a nivel nacional como diocesano, con un grupo de personas expertas en comunicación social que sean capaces de presentar en los medios de forma atractiva e interesante a la par que clara la postura de la Iglesia en las cuestiones debatidas sobre la familia. Especial ayuda pueden prestar en este sentido tanto los organismos eclesiales de comunicación, como los profesionales de los medios y los centros universitarios católicos de Ciencias de la Información”.

Tienen sus propios medios de comunicación, como la COPE, Popular TV, TMT, etc. Pero su influencia va mucho más allá. Por ejemplo, en cadenas dependientes de la institución pública RTVE encontramos programas como «Buenos días nos dé Dios», «Día del señor», «Frontera», «Horizonte», «Misa en España», «Pueblo de Dios», «Testimonio», «Últimas preguntas»… ¿Seguirá eso así?

Asalto a la sanidad:

“Coordinados con la Delegación de Pastoral Sanitaria se han de promover cursos de formación, en estos métodos de observación de la fertilidad humana y  su valor antropológico, para los profesionales de la salud -ginecólogos, médicos de familia, pediatras, farmacéuticos, profesionales de enfermería y demás personal sanitario- a fin de que puedan impartir una enseñanza científica e integral en este área”.

Para este asalto ha contado con complicidades políticas evidentes, como las que tienen obstruida la posibilidad efectiva de realizar la interrupción voluntaria de un embarazo en un centro público o las recientes medidas intimidatorias puestas en marcha en el Ayuntamiento de Madrid para mantener un fichero centralizado de todas las jóvenes que solicitan la píldora del día siguiente, o la retirada de subvenciones a centros de información juvenil sobre medios anticonceptivos, etc. La Conferencia episcopal ya ha anunciado su guerra contra la reforma anunciada de la Ley del aborto.

Asalto al Derecho y la jurisprudencia, con un abierto llamamiento al boicot de las leyes contrarias a la opinión clerical:

“Por último, los agentes del derecho en el campo civil -jueces y abogados- han de evitar implicarse personalmente en lo que conlleve una cooperación con el divorcio  , ya sea a través de la ‘mediación familiar’, ya sea siguiendo los procesos judiciales que conducen al mismo. El divorcio es contrario a la justicia. Los jueces y demás funcionarios judiciales han de procurar siempre la conciliación y pacificación matrimonial y familiar, ejerciendo, en su caso, la objeción de conciencia o la mera cooperación material con el mal”; “Los profesionales del derecho, que tanto pueden ayudar a la estabilidad familiar, deben procurar evitar la injusticia del divorcio”.

Asalto a cada uno de los ámbitos de la afectividad, la sexualidad y la conciencia humana. Y una herramienta específica para ello, a la que la Pastoral da una enorme importancia: los Centros de Orientación Familiar:

“Se denomina Centros de Orientación Familiar (COF) a un servicio especializado de atención integral a los problemas familiares en todas sus dimensiones. Para poder denominarse católico debe inspirarse y ejercer su actividad desde la antropología cristiana y la fidelidad al Magisterio y ser reconocido así por el Obispo de la diócesis. Es un instrumento de suma importancia para la ayuda efectiva a las familias en sus problemas y por ello se recomienda muy especialmente su existencia”; “Los ámbitos de intervención serán los problemas matrimoniales, con particular atención a la vida relacional en los aspectos de comunicación y diálogo, a la vida sexual, a la regulación de la fertilidad y a la acogida de la vida; las relaciones familiares, con una atención a todas las fases del ciclo familiar, a las situaciones irregulares, a los ancianos; la educación de los adolescentes y jóvenes para la vida y el amor; las actividades de formación y prevención en el ámbito comunitario y territorial para favorecer una nueva cultura familiar. También podrá ejercer una función pericial en relación a los Tribunales eclesiásticos”; “Igualmente, se aconseja la participación de laicos católicos en otros Centros de Orientación Familiar ajenos a la Iglesia para hacer presente allí el Evangelio del matrimonio y la familia, siempre que se aseguren de la posibilidad de objeción de conciencia ante determinados requerimientos inmorales a los que no deberán acceder”.

Afortunadamente, es de esperar que la derrota del PP en las elecciones generales del 14 de marzo de 2004 limite considerable el alcance de los COF.

La Pastoral es un llamamiento para una batalla cultural, social y política de envergadura. Una batalla contra el derecho de la sociedad a dotarse de sus propias leyes y contra el derecho de cada individuo a que esas leyes sólo coarten su libertad en la medida que es preciso para que sea respetada la libertad de los demás y para poder convivir de una forma razonable e igualitaria en derechos y posibilidades.

La Pastoral no es una doctrina moral. Es un llamamiento a sus militantes para un combate político antidemocrático, antilibertario y antiliberal:

“Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos”.

Lo inadmisible no es que la Iglesia se implique en política, sino su aspiración a que doctrinas privadas se conviertan en leyes públicas, sin más fundamento que una creencia religiosa y, en numerosas ocasiones, la apelación última a un extravagante misterio. ¿Cómo puede la Iglesia Católica pedir que prestemos la más mínima atención a sus reaccionarias doctrinas sobre el matrimonio si ella misma nos suelta que “El matrimonio no es una invención humana o un pacto privado, al arbitrio de las partes, sino un ‘gran misterio’, un proyecto maravilloso de Dios, que comunica su amor eterno al hombre, creado varón y mujer a su imagen y semejanza”?. Entonces, váyanse a sus templos con sus ritos a postrarse ante sus estatuas y altares, hagan con su vida lo que les dé la gana sin molestar ni agredir a nadie, pero dejen de pedir que ajustemos nuestras leyes y nuestras vidas a “un gran misterio”. Misterio, por otra parte, inexistente, pues sólo es tapadera de las condiciones de reproducción de una poderosa y rica institución que saca su alimento vital de la renuncia a la libertad y de la extensión de sentimientos de culpa y del miedo.

Culpables de ser libres

Quienes sin ser muy “creyentes” eligen bautizo, comunión y colegio religioso para sus hijas e hijos, ya sea por presión social, comodidad, prestigio o a causa de la absurda creencia de que no es posible una educación inicial en valores sin fundamento religioso detrás, aunque sea falso, deben ser conscientes de qué tipo de cosas van a inculcar a sus descendientes y con qué están colaborando. Hay católicos que tienen otras formas de pensar. Las razones por las que católicos de pensamiento progresista forman parte de esa institución no me incumben ni las comprendo, es asunto suyo. No hablo, por tanto, de ellos, sino de la institución. De la Iglesia.

La Pastoral empieza atacando. Dice que La ‘revolución sexual’ ha separado la sexualidad del matrimonio, de la procreación y del amor, lo que, ¡horror!, implicaría que “El significado del sexo dependería entonces de la elección autónoma de cada uno sobre cómo configurar su propia sexualidad”. Aceptemos la acusación. La sexualidad tiene pleno valor fuera del vínculo legal o religioso por el que determinadas personas deciden formalizar ante el Estado o ante el Vaticano cierta forma de relacionarse entre sí. Sexualidad y procreación no tienen que ir de la mano; la procreación es una de las potencialidades que acompañan a ciertas variantes de acto sexual, opción positiva y fructífera cuando se basa en una libre decisión. Y no hay nada de “malo” y pueden ser divertidas, sanas y satisfactorias relaciones sexuales en las que no medie “amor” o deseo de continuidad en la relación. Amor y sexualidad son capacidades humanas con valor propio en sí mismas; también lo es la procreación deseada, que a estas alturas ni siquiera tiene que ir necesariamente ligada a un acto sexual procreativo, aunque la Pastoral también condene la reproducción asistida. En cuanto al matrimonio, se trata de una institución contractual, con o sin sexualidad, con o sin procreación, con o sin amor.

Por último, acepto también la otra acusación de los obispos. El significado del sexo depende de una elección autónoma sobre nuestra propia sexualidad, siempre y cuando que esa elección no se haga contra la autonomía de otras personas por medio del abuso sexual contra menores (¿por qué no hacen una pastoral tan enérgica al respecto, señores obispos, y un repaso a la historia del abuso en internados y sacristías?), la violencia física o moral, el chantaje, el abuso de poder, la imposición de pretendidos “derechos maritales” y otras formas de coacción.

Confesados están nuestros “pecados”. No pedimos absolución. Sólo que nos dejen en paz.

Doctrina y ley

Los obispos dan al matrimonio timón de mando absoluto sobre sexualidad, amor y procreación. Matrimonio católico, claro está, el otro “no vale”, aunque con cierta ambigüedad dan a entender que mejor es matrimonio civil que nada; si no hay tributo a “Dios”, al menos que lo haya al Estado, poseedor de algunos «rasgos divinos». ¿Pero cómo se vincula en la Pastoral el matrimonio con el resto de los ámbitos fácticos o afectivos citados?

a) Para la Iglesia Católica, el matrimonio es separable del amor entre humanos:

“La desaparición del mutuo afecto conyugal no conlleva una disolución del matrimonio. Cuando se dice que el amor conyugal pertenece a la esencia del matrimonio debe entenderse como una exigencia moral de esa original “unidad de dos” que han llegado a ser por el consentimiento matrimonial”.

Pero, como sabemos, en ocasiones no hay amor en el matrimonio, bien porque nunca existió, bien por haberse extinguido, aunque en otras ocasiones, con o sin boda, el amor crezca con la convivencia y la creación de un mundo común compatible con nuestros propios mundos íntimos y singulares. Así que toda la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio es un grito de guerra contra la sinceridad del amor. Las personas no son los sujetos efectivos de su unión personal, ni dueñas de ella:

“El vínculo sagrado que, ciertamente, se establece sobre el consentimiento personal e irrevocable de los cónyuges, no depende del arbitrio humano”; “Llegados a este punto, debemos recordar que el vínculo matrimonial y la obligación de convivencia de los cónyuges, ambos elementos intrínsecos al matrimonio, son bienes públicos de los que no pueden disponer libremente los esposos”; “De esta unión los esposos son intérpretes, no árbitros, pues es una verdad propia del significado de la sexualidad, anterior, por tanto, a la elección humana”.

Los sentimientos pueden cambiar y el amor, si lo hubo, desaparecer. Pero el matrimonio permanecerá, losa que aplastará la vida de varios seres humanos. La ideología católica es enemiga de la responsabilidad y la libertad. Dice: “Si matas o violas, arrepiéntete y confiésate, serás perdonado; pero si te casas y desaparece el amor hacia tu pareja, aguántate de por vida, no tienes otra elección”.

b) Aunque no haya amor, la Iglesia condena el divorcio, pues para ella el fundamento del matrimonio no es el amor sino el sacramento eclesial. Esa condena no es mera práctica religiosa consentida, sino voluntad de imposición social. Si de la Iglesia dependiese, el divorcio civil no estaría permitido, ni admitirían el matrimonio civil, aunque la Pastoral, atenta a compatibilizar lo extremo de su doctrina con el mantenimiento de la máxima clientela posible, deja la posibilidad de recurrir «tácticamente» al divorcio civil, aunque sin que eso implique ruptura del vínculo matrimonial. Siempre tan astutos y atentos al marketing.

c) La doctrina de la indisolubilidad del matrimonio toma la forma de una oscurantista apología del sufrimiento. Consejo episcopal a los matrimonios: “Para ello, nunca pueden olvidar que la expresión más alta de la entrega de Cristo es el sacrificio de la Cruz”. No es metáfora retórica. Insisten:

“Ésa es la razón de que los esposos sean capaces de superar las dificultades que se les puedan presentar, llegando hasta el heroísmo, si fuera necesario”; “En el perdón se manifiesta la dimensión más profunda del amor que responde al mal venciéndolo con la fuerza del bien (cfr. Rom 12,21). En un ámbito íntimo las ofensas son especialmente dolorosas y es difícil la reconciliación: el pecado, muchas veces cometido contra el cónyuge, daña la comunión familiar. Sólo un amor que perdona es signo de ese ‘amor que no pasa nunca’ (1 Cor 13,8) y que permite siempre volver a empezar”; “Hay que destacar que un gran número de crisis suceden por falta de comunión entre los cónyuges, situación que puede ser sanada con una adecuada evangelización, anunciando la misericordia, el perdón y el amor de Dios manifestado en Cristo y explicando el valor de la cruz y el sufrimiento”.

d) Es sangrante el enfoque «pastoral» a los malos tratos, que, según los obispos, no justifican la ruptura del vínculo matrimonial católico. La víctima no podrá vivir de nuevo su sexualidad y su capacidad de amar sin caer en «pecado», es decir, en «culpa» y reprobación. Ante una sociedad que está por delante de la Iglesia Católica en estos ámbitos, no se atreven a afirmar abiertamente que la mujer golpeada debe poner la otra mejilla. En un máximo de “liberalidad”, admiten que “Si se llega a situaciones graves de malos tratos ha de aceptarse la separación como un mal menor. Además, puede estudiarse si hubo causa de nulidad”. Fijémonos primero en el matiz que introduce la ambigua palabra “graves”. Viniendo de estos apologetas del “valor de la cruz y el sufrimiento” (ajeno, claro), quiere decir: “aguanta todo lo que puedas, una bofetada de vez en cuando no es nada”. Y a eso se añade algo así como: “sepárate, si no hay más remedio, pero sigue esclavizada de por vida a tu matrimonio, no reconstruyas tu vida e intenta retornar a ese infierno”. Textualmente:

“Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble”.

e) Sexualidad exclusivamente dentro del matrimonio católico y dirigida a la procreación. Eso es lo que ha dicho siempre la Iglesia vaticana y es lo que sigue diciendo: “Por su misma naturaleza la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole”. Métodos anticonceptivos, prohibidos:

“Por eso, a la luz de la validez de la verdad de la inseparabilidad de los significados unitivo y procreador de todo acto conyugal, los esposos han de saber discernir en una decisión ponderada, conjunta y ante Dios, la conveniencia del nacimiento de un nuevo hijo o, por graves motivos, la de espaciar tal nacimiento mediante la abstinencia en los períodos genésicos”.

Recordemos que incluso para prevenir el SIDA ofrecen como única «fórmula» la abstinencia sexual y que se oponen frontalmente a la formación de la juventud para el «sexo seguro»:

«A partir de una pretendida ‘neutralidad moral’ se ofrecen a nuestros adolescentes toda una serie de ‘campañas informativas’ que propugnan el lema del falso ‘sexo seguro’, entendido como una relación sexual con preservativo. En realidad incitan decididamente a una promiscuidad precoz de gravísimas consecuencias psicológicas, pues dificulta la maduración e integración de la sexualidad».

f) Las relaciones homosexuales son la «bestia negra» de la Pastoral. Para los obispos, «lo peor de lo peor» es el vínculo sexual o matrimonial entre dos hombres o dos mujeres, a lo que se oponen ferozmente en nombre de una «antropología» que no es más que ideología:

«En cambio, es necesario no considerar una ‘pareja de hecho’ a las formas de convivencia de carácter homosexual. Existe una presión mediática muy importante para asimilarlas al matrimonio por medio de su reconocimiento como ‘uniones de hecho’. Es importante hacer llegar a las esferas políticas, por los medios de comunicación social y otros medios al alcance, la afirmación explícita de que se trata de otro tipo de unión completamente distinta del matrimonio y que es contraria a una antropología adecuada; para evitar, de este modo, la gran confusión que se extiende sobre este tema. Es un modo de proteger a la familia, a los niños y a los jóvenes».

¿Cómo osa decir la Iglesia Católica, precisamente la Iglesia Católica, que el fin de la discriminación de los vínculos entre personas del mismo sexo es un peligro del que hay que proteger a los niños y a los jóvenes, precisamente a los niños y a los jóvenes? Los niños y los jóvenes no deben ser protegidos de la homosexualidad, como tampoco de la heterosexualidad; lo necesitan tan poco como que se les proteja de ciertos colores de pelo. De lo que deben ser protegidos es de los violadores, del abuso, de la explotación sexual, de la violencia, del adoctrinamiento fanático, tan propio de una Institución que «alista» a sus fieles nada más nacer, cuando, desde luego, no tienen capacidad ninguna para tomar una decisión consciente. Cínicos. Limpien sus establos y no amarguen la vida de tanta gente.

El gobierno socialista ha anunciado el reconocimiento del derecho al matrimonio entre parejas del mismo sexo. Muy bien. Es un paso imprescindible contra la discriminación. Y, entrevistado en el diario El Mundo, Zapatero dice que «pues, sí, vamos a abrir la posibilidad de la adopción». Pero inquieta y revela algún prejuicio el que se sienta obligado a aclarar que «Con un exigente régimen de garantías para proteger los derechos de los menores». Quiero suponer que será exactamente el mismo régimen de garantías que se aplique, por ejemplo, a quienes entre sus peculiaridades estén la de pertenecer a la «minoría» de nacidos en León, ser seguidores del Barcelona (o del Real Madrid) o, minoría máxima concebible, la de ser presidente del Gobierno. ¿O cree que gays y lesbianas deben ser más vigilados y controlados que el resto de las personas?

g) También son antiliberales, enemigos declarados de la gran conquista humana que ha sido el concepto universal de «derechos humanos», aunque su realización sea aún muy incipiente. Dicen:

«Esto se evidencia de modo flagrante cuando los medios de comunicación y la comunidad política, en vez de escuchar los lamentos de este inmenso drama humano, hacen de altavoz a determinados grupos de presión, como por ejemplo los ‘lobbies’ homosexuales, que reclaman a modo de privilegio unos pretendidos ‘derechos’ de unos pocos, erosionando elementos muy significativos de construcción de la sociedad que afectan a todos»

Ese grito de guerra homófobo refleja perfectamente el pensamiento antiliberal de una Iglesia Católica que quiere hacernos ignorar que los derechos más importantes son individuales. Si sólo una persona en el mundo creyese en el dios católico, el derecho a la libertad de expresión debería garantizarle el poder decirlo y tratar de convencer a otras personas de que existe tal ente. Oponerse a los derechos de pocos -y no es este el caso- es oponerse al derecho en sí mismo. ¿Privilegio pedir que Elena y Soledad, o Marcos y Antonio, puedan hacer lo mismo que Esperanza y Luis Ricardo?

Por una sociedad laica

La Pastoral se alarma de las nefastas consecuencias que los obispos atribuyen a la «revolución sexual»:

«Del mismo modo nos hallamos ante un alarmante aumento de la violencia doméstica; ante abusos y violencias sexuales de todo tipo, incluso de menores en la misma familia; ante una muchedumbre de hijos que han crecido en medio de desavenencias familiares, con grandes carencias afectivas y sin un hogar verdadero».

Es falso. La «revolución sexual» ha paliado y se ha opuesto a todas esas lacras, en una lucha en la que nunca se ha visto a la Iglesia Católica en primera fila. En países como España, no han aumentado los abusos y violencias sexuales de menores por parte de sus parientes más cercanos; más bien creo que han disminuido considerablemente, aunque conviene destacar que, como siempre ha ocurrido, la mayor parte de los abusos contra niñas y niños se originan en los entornos familiares o muy próximos a la familia. También ha disminuido la brutalidad y las palizas en el trato a los niños y a las niñas dentro de los «hogares». Lo que ha ocurrido es que se ha tomado conciencia, insuficiente aún, de que no es un problema privado, sino político, una responsabilidad social, algo crecientemente repudiado y denunciado. Lo que ha ocurrido es que ha aumentado la resistencia.

Lo mismo ocurre con lo que los obispos denominan «violencia doméstica». ¿Nadie recuerda ya cuando la propia legislación franquista daba un estatus especial a los «crímenes pasionales»? Las mujeres han luchado, han resistido y han ganado terreno. La violencia de género es opresión, y gran parte de los crímenes a ella debidos son expresión de la furia criminal de opresores que no soportan verse rechazados. Acusar a la «revolución sexual» de los crímenes de la violencia de género es cómo acusar a quienes se alzan contra una dictadura y comienzan a salir en manifestaciones a la calle de las muertes que la policía del régimen pueda provocar al tratar de reprimir esas protestas.

Ni un paso atrás. El vaticanismo encuentra aliados directos en gobiernos como los de Bush (y el de Aznar, hasta ahce muy poco) y en otras corrientes religiosas, como los fundamentalismos islámicos. Contra su intolerancia, nuestra tolerancia. Pero tolerancia no es ceder el paso a los intolerantes, permitirles hacer de las doctrinas privadas fuente de normas públicas que escapan a la deliberación colectiva y a la protección de los derechos individuales. Sí a la libertad religiosa como una expresión más de la libertad de conciencia y de prácticas asociativas. No a la «libertad religiosa» entendida como privilegio y estatus semioficial para las iglesias, financiación pública para ritos privados, discriminación de los no creyentes en absurdos dioses y supersticiones…

La Escuela no es lugar para adoctrinar. Ni en catolicismo, ni en islamismo, ni en ateísmo. Pero hoy en las Escuelas se enseña religión, bajo el control de los obispos y con dinero público. No se enseña ateísmo y no queremos que se enseñe, basta con qué se enseñe biología, geología, física, lengua, geografía, idiomas, arte, matemáticas, educación física, literatura, lengua, música, etc., en un ámbito de convivencia, libertad y respeto. La educación debe ser humanista y científica. En la escuela no debe haber lugar para dioses. Por tanto, tampoco para perder el tiempo explicando que no existen. En una sociedad laica la religión (y el ateismo) debe estar fuera de la escuela y de las leyes. No prohibidos. Simplemente, fuera. No es asunto que tenga que ver con la ley común.

La sociedad española, especialmente su juventud, está mucho más avanzada en todos estos temas que la Iglesia Católica. Más avanzada, al menos, en cuanto a su práctica cotidiana y sus valores. Aunque pueda seguir siendo sorprendente el alto número de personas que, sin ser «practicantes», se declaran creyentes. Personalmente, creo que en ello influye la costumbre social, pero también la dificultad para asumir la propia mortalidad irreversible. En todo caso, una cosa es la pedagogía ateista, que debemos hacer a largo plazo quienes consideramos que la creencia en dioses es un obstáculo para un pleno desarrollo de la democracia y de la autonomía individual y social, y otra la exigencia inmediata de laicidad, cuya urgencia no admite dilaciones.

Dura confrontación tenemos por delante. Centrada, ante todo, en el ámbito educativo y en todo aquello que afecta a la sexualidad y las relaciones interpersonales más íntimas. Como dice el lema de la campaña lanzada por CEAPA y decenas de asociaciones ciudadanas, POR UNA SOCIEDAD LAICA, LA RELIGIÓN FUERA DE LA ESCUELA. ¡Ahora!

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