No más religión

Hasta la fecha, ceremonias o sesiones políticas se abren en nombre de dios, en La Moneda hay un “Capellán” y en las escuelas se siguen dando clases de religión, costumbre del siglo pasado que no ayuda ni mejora la educación. Esas horas mal invertidas debieran ser destinadas a educación cívica u otra materia que ayude al desarrollo personal y social. El Estado no tiene ni debe hacer el trabajo de las iglesias.

Para los conservadores el gobierno debe tomar medidas concretas para promover y fortalecer la religión, pero ello no puede ser aceptado como premisa, debido a que, cuando el poder coercitivo del Estado es utilizado en apoyo de ciertas ideas religiosas, no es más una sociedad libre.

Cuando Karl Marx decía en su libro Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel que “la religión es el opio del pueblo”, utilizaba una analogía para entender que esta sustancia provoca un efecto analgésico que ayuda a disminuir el dolor, puede hacer dormir y también puede hacer soñar, lo que permite escaparse y estar fuera del mundo, situación similar a la que la religión produce personal y socialmente.

Nadie nace creyente, las religiones y sus dioses son construcciones sociales que se imponen a las personas, dependiendo del lugar donde nacen y la idiosincrasia existente. Hay culturas más creyentes que otras y la influencia de la religiosidad tiene un efecto directo en el desarrollo social, político, económico y cultural.

Estudios de los últimos años han establecido una clara relación en la que mientras más religiosos sean los países, menos desarrollados son y sus sociedades más intolerantes y egoístas. Un análisis de Índice de Paz Global –aun cuando las variables escogidas son complejas y difíciles de objetivar– ha concluido que, cuanto menos religiosa sea una nación, más pacífica y democrática es. Esto se da porque, aunque la mayoría de las religiones basan su doctrina en el amor y en la paz, muchos de sus seguidores actúan contrariamente a lo que se les enseña.

La historia nos recuerda que para quienes cuestionaran o no profesaran el cristianismo, la Inquisición se encargaba de “corregirlos” y que la imposición de su creencia fue sangrienta, justificada en nombre de su dios. El islamismo fundamentalista no escapa de estos hechos y en lo reciente hemos sido testigos de su actuar contra quienes están fuera del ideal de su fe. De esta manera, las religiones se han caracterizado por la violencia, represión y falta de libertad, no solo física sino también psíquica.

El estudio antes mencionado consigna que los países menos religiosos son los más proclives a vivir en paz, al contrario de aquellos con un alto índice de religiosidad, donde existe una mayor predisposición a la violencia. Para ese estudio se consideraron más de 23 criterios de cada nación, que incluyen guerras en el extranjero, respeto a los derechos humanos, conflictos internos, la cantidad anual de asesinatos, el comercio de armas, la cantidad de personas en cárceles y los niveles de democracia.

¿Cómo se relaciona esto con el subdesarrollo de las naciones? Sin duda, el subdesarrollo y la dependencia se originan por una situación económica surgida por el capitalismo, donde el protestantismo jugó un rol fundamental. Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo explica cómo este culto, predominante entre las clases alemanas, promovió la construcción del capitalismo e implantó ciertos valores que debían tomarse como verdaderos.

Un mayor análisis respecto a la influencia en el bajo progreso de países religiosos se puede realizar a través de la información que constantemente publica Social Progress Index, donde se evalúa a los países con una serie de referencias divididas en tres categorías: “Necesidades Humanas Básicas”, “Fundamentos de Bienestar” y “Oportunidades”.

Al revisar y contrastar los datos, se puede establecer que los países no religiosos tienen un mayor índice de progreso social y los países más religiosos son los peor calificados, tendencia que es similar en las tres categorías. Las naciones no religiosas son las que mejor satisfacen las necesidades humanas básicas y proporcionan las bases de bienestar, libertad y oportunidades, son más pacíficas, más democráticas, con menos corrupción, con mayor inversión en ciencias, con menos desigualdad y con mejor calidad de vida. Ejemplos de estos países son Japón, República Checa, Francia, Australia e Islandia, los cuales son países altamente desarrollados. Se agrega a ese grupo China, con la salvedad de que es una dictadura, por lo que la característica democrática resulta inaplicable en el caso.

Ahora bien, aunque el ateísmo ha avanzado a nivel mundial y el catolicismo se ha visto mayormente afectado, es importante poner atención a la peligrosa presencia (porque actúan desde el prejuicio y la ignorancia, tratando de imponer sus creencias al resto y no respetan a quienes piensen distinto) que está ganando el protestantismo. Ha sido clara la influencia que está generando en las decisiones políticas y sociales, principalmente en América: se impuso en el golpe de Estado a Dilma en Brasil, masificó un discurso e influyó a votar no en el plebiscito de la paz en Colombia, apoyó fuertemente la candidatura de Trump en Estados Unidos y buscan que en Chile los avances progresistas que se discuten actualmente en el Congreso no sean aprobados. La libertad de conciencia para ellos no existe.

En Chile es innegable que la religión, principalmente el catolicismo, ha cumplido un rol importante –lo que no significa que sea bueno– en el proceso de desarrollo nacional. Si bien cerca del 60% se considera católico, en los últimos años el ateísmo (considérese también a los agnósticos) ha aumentado masivamente, del 12% al 22%, según la Encuesta Nacional Bicentenario, elaborada por la U. Católica y Adimark, que comprendió el periodo 2006-2014, lo que ubica a Chile entre los países más ateos de Latinoamérica.

No obstante lo alentador de estas cifras, el Estado chileno continúa sin distanciarse totalmente de la raigambre cristiana y el laicismo supuesto, que fue asegurado en 1925 con la separación del Estado y la Iglesia, no es tal. Hasta la fecha, ceremonias o sesiones políticas se abren en nombre de dios, en La Moneda hay un “Capellán” y en las escuelas se siguen dando clases de religión, costumbre del siglo pasado que no ayuda ni mejora la educación. Esas horas mal invertidas debieran ser destinadas a educación cívica u otra materia que ayude al desarrollo personal y social. El Estado no tiene ni debe hacer el trabajo de las iglesias.

Marx señalaba que la religión era expresión de la miseria real y protesta contra la miseria real, entendida no solo como pobreza, exclusión e ignorancia, sino también carencia de dignidad. Cuando esas carencias no están cubiertas, se recurre a un mundo imaginario en el que se promete una vida mejor, por lo que es ahí donde la religión aparece como necesaria, como solución a los problemas.

La religión es un factor poderoso de formación cultural, para bien o para mal. Y las ideas religiosas presentes en la cultura pueden influir en la estabilidad de una sociedad. Para los conservadores el gobierno debe tomar medidas concretas para promover y fortalecer la religión, pero ello no puede ser aceptado como premisa, debido a que, cuando el poder coercitivo del Estado es utilizado en apoyo de ciertas ideas religiosas, no es más una sociedad libre.

Es parte de las sociedades más desarrolladas tener altos niveles de agnosticismo y ateísmo, porque la racionalidad está sobre lo sentimental y será una estructura política correcta la que ayude a la sociedad a mantenerse libre, en donde su efectividad depende crucialmente de un contexto sociocultural más amplio.

La religión es siempre enemiga de la libertad, desalienta el pensamiento independiente, fomenta la intolerancia, demanda sumisión y refuerza hábitos mentales que predisponen a los ciudadanos a volverse obedientes sin cuestionar, por lo que la mayor garantía de libertad es una sociedad sin religión.

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