No, la astrobiología no prueba a dios

Respuesta de Lawrence Krauss a un creacionista:


Recientemente, el Wall Street Journal publicó un artículo con el sorprendente título «La ciencia prueba cada vez más a Dios«. Al menos fue sorprendente para mí, porque no me había enterado de la noticia. El artículo sostiene que la nueva evidencia científica refuerza la afirmación de que la aparición de la vida en el universo requiere un milagro, y recibió casi cuatrocientos mil compartidas y likes en Facebook.

El autor del artículo, Eric Metaxas, no es un científico. Más bien, es un escritor y presentador de televisión, y el artículo fue un intento no muy disimulado de resucitar la idea del diseño inteligente, que da a argumentos religiosos el barniz de la ciencia — esta vez en un contexto cosmológico. La vida existe sólo en la Tierra y no se ha encontrado en otros lugares. Por otra parte, las condiciones que causaron que la vida aparezca aquí son milagrosos. Así que ¿no significa eso que debemos haber venido de un milagro de la mano de Dios? «¿Acaso asumir que una inteligencia creó estas condiciones perfectas no requiere mucha menos fe que creer que una Tierra que puede soportar la vida casualmente venció las inconcebibles probabilidades para llegar a existir?», escribe Metaxas.

En respuesta, debo comenzar por señalar que la ciencia de la «astrobiología» —que, explicada vagamente, busca señales de vida en otros lugares y explora las condiciones astrofísicas y cosmológicas que podrían permitir que la vida exista en nuestro universo— todavía está en su infancia . Aún no se ha logrado el consenso sobre muchos asuntos, y la calidad del trabajo en el campo varía significativamente.

Aún así, lo que inequívocamente hemos aprendido más o menos en la última década es, parafraseando a Hamlet, que hay muchas más cosas en el Cielo y la Tierra de lo que fue soñado en nuestra imaginación. Las oportunidades para el desarrollo de la vida en diversos sistemas, y las posibles formas de vida que conocemos, se han disparado. Metaxas cree que nuestra mayor comprensión de nuestra historia evolutiva implica que el origen de la vida en la Tierra es cada vez más inexplicable. Pero la evidencia parece apuntar en la dirección opuesta.

Empecemos con la primera cuestión planteada en el artículo del Journal, que es que cuanto más hemos aprendido de nuestra propia historia evolutiva en la Tierra, más apreciamos los muchos factores que pueden haber sido importantes para permitir esa evolución. Por ejemplo, sabemos que si Júpiter, con su enorme gravedad, no existiera, los asteroides y cometas habrían bombardeado la Tierra a lo largo de su historia, alterando el desarrollo evolutivo estable de organismos multicelulares. Por otra parte, sabemos que si nuestro sol no estuviera en la parte exterior de nuestra galaxia, la vida tal y como existe habría sido imposible, tanto por el perjudicial impacto de la radiación cósmica como debido a las perturbaciones gravitacionales que fácilmente podrían haber alterado las órbitas planetarias estables. La Luna se formó durante una colisión que involucra la naciente Tierra, dando al planeta la inclinación que permite las variaciones estacionales y las mareas. La Tierra existe en la zona habitable, donde el agua líquida es posible. El agua líquida sólo fue posible en la Tierra temprana debido a la alta concentración de dióxido de carbono en la atmósfera.

Al tener en cuenta cada uno de estos muchos factores e imaginar la probabilidad de cada uno por separado, se puede imaginar que la combinación es estadísticamente muy improbable o imposible. «Hoy en día hay más de 200 parámetros conocidos necesarios para que un planeta albergue vida — todos y cada uno de los cuales debe ser perfectamente cumplido o todo el asunto se desmorona», escribe Metaxas. «Las probabilidades de la vida en el universo simplemente son asombrosas».

Sin embargo, tal afirmación está plagada de peligros estadísticos. El primero es un error familiar de la elaboración de todos los factores responsables de algún evento específico y el cálculo de todas las probabilidades como si fueran independientes. Para que yo esté escribiendo este artículo en este preciso instante en este avión, después de haber hecho todas las cosas que he hecho hoy, consideremos todos los factores que tuvieron que ser «exactamente justos»: tenía que encontrarme en San Francisco, entre todas las ciudades del mundo; la secuencia de semáforos que mi taxi tuvo que atravesar tuvo que ser justo, para que yo llegara al aeropuerto cuando lo hice; la agente de control de seguridad del aeropuerto tuvo que experimentar un conjunto similar de coincidencias con el fin de estar allí cuando la necesité; igual va para el piloto. Sería fácil para mí para derivar un conjunto de probabilidades tal que, al ser multiplicadas, produjeran un número tan pequeño que sería estadísticamente imposible para mí estar aquí escribiendo ahora.

Este enfoque, por supuesto, implica muchas falacias. Es evidente que muchas rutas podrían haber conducido al mismo resultado. Del mismo modo, si tenemos en cuenta la evolución de la vida en la Tierra tenemos que preguntarnos qué factores podrían haber sido diferentes y aún así haber permitido la vida inteligente. Consideremos un ejemplo salvaje, que implica el asteroide que golpeó la Tierra hace sesenta y cinco millones de años, acabando con los dinosaurios y muchas otras especies y que, probablemente, permitió un nicho evolutivo para que los mamíferos empezaran a florecer. Esta fue una mala cosa para la vida en general pero es una buena cosa para nosotros. Sin embargo, si eso no hubiera ocurrido, quizá hoy habría gigantes reptiles inteligentes discutiendo sobre la existencia de Dios.

Un problema aún más grave en el argumento de Metaxas es el supuesto de aleatoriedad, a saber, que los procesos físicos no conducen naturalmente un sistema hacia un estado determinado. Este es el error más común entre quienes sostienen que, dada la complejidad de la vida en la Tierra, la evolución es tan inverosímil como si un tornado asolara una chatarrería y terminara produciendo un 747. El último caso es esencialmente, de hecho, estadísticamente imposible. Sin embargo, ahora entendemos que el proceso de selección natural implica que la evolución es cualquier cosa menos al azar. ¿Es un milagro que el planeta produzca animales tan complejos como, y sin embargo, tan diferentes a los seres humanos, los delfines, y las cigarras, cada uno tan bien «diseñado» para su propio hábitat? No. La selección natural impulsa los sistemas en una dirección específica, y la notable diversidad de especies en la Tierra hoy en día, en la que cada una evolucionó para el éxito evolutivo en un entorno diferente, es un resultado.

Ahora se entiende que la no aleatoriedad tiene un impacto probable en la primera aparición de la vida. Por ejemplo, los nuevos conocimientos sobre los procesos geofísicos y químicos en ambientes extremos sugieren que la Tierra primitiva favorece naturalmente la producción de moléculas orgánicas relativamente grandes. Por otra parte, hemos seguido encontrando en el espacio los componentes más sofisticados asociados con la evolución de la vida en la Tierra. Por lo tanto, la acumulación de estos complejos precursores de la vida está lejos de ser puramente aleatoria. Además, una interesante propuesta reciente, aunque especulativa, sugiere que, cuando es conducida por una fuente externa de energía, la materia se reorganizará a sí misma para disipar esta energía de la manera más eficiente. Los sistemas vivos permiten una mayor disipación, lo que significa que las leyes de la física podrían sugerir que la vida es, en cierto sentido, inevitable.

Más allá de esto, dos emocionantes avances científicos de las últimas décadas han identificado nuevas formas en las que la vida puede evolucionar, y nuevos lugares donde puede hacerlo. En primer lugar, hemos descubierto un grupo sorprendentemente diverso de nuevos sistemas solares. Y ahora entendemos que, incluso en nuestro sistema solar, hay una gran cantidad de sitios posibles donde la vida podría haber evolucionado que durante mucho tiempo fueron considerados improbables. Lunas de Júpiter y Saturno pueden tener vastos océanos de agua líquida, debajo de cubiertas de hielo, que se calientan por la fricción de la marea gravitatoria asociada con sus anfitriones gigantes. En la Tierra, los científicos han tenido que revisar las viejas reglas sobre dónde y cómo puede sobrevivir la vida. El descubrimiento de los llamados extremófilos —formas de vida que pueden vivir en ácidos extremos, o bajo calor o presión extrema— ha aumentado enormemente el conjunto de condiciones bajo las cuales podemos imaginar que la vida existe en este planeta.

Otra cuestión planteada en el artículo del Journal implica lo que a Metaxas le parece como el imposible ajuste fino de las constantes de la naturaleza para que nosotros existamos. Como lo pone Metaxas:

Ahora, los astrofísicos saben que los valores de las cuatro fuerzas fundamentales —la gravedad, la fuerza electromagnética y las fuerzas nucleares «fuerte» y «débil»— fueron determinadas menos de una millonésima de segundo después del Big Bang. Alteren cualquier valor y el universo podría no existir. Por ejemplo, si la relación entre la fuerza nuclear fuerte y la fuerza electromagnética hubiera sido diferente por la fracción más pequeña de la fracción más pequeña —incluso por una parte en 100.000’000.000’000.000— entonces ninguna estrella podría haberse formado nunca en absoluto. Siéntanse libres de tragar saliva.

Es cierto que un pequeño cambio en la intensidad de las cuatro fuerzas conocidas (pero lejos de ser tan pequeña como argumenta Metaxas) implicaría que los protones y los neutrones estables, la base de los núcleos atómicos, podrían no existir. (El universo, sin embargo, lo haría — un error bastante grande en el artículo de Metaxas.) Esta es una noticia vieja y, aunque es un hecho interesante, ciertamente no requiere una deidad.

Una vez más, es probable que confunda causa y efecto. Las constantes del universo en efecto permiten la existencia de la vida tal como la conocemos. Sin embargo, es mucho más probable que la vida esté sintonizada con el universo en lugar de que sea al revés. Sobrevivimos en la Tierra, en parte, porque la gravedad de la Tierra nos impide flotar. Pero la intensidad de la gravedad selecciona un planeta como la Tierra, entre la variedad de planetas, para ser habitable para seres vivos como nosotros. Invertir el sentido de causa y efecto en esta declaración, como hace Metaxas en Cosmología, es como decir que es un milagro que las piernas de todos sean exactamente lo suficientemente largas para llegar al suelo.

De hecho, uno de los más graves aparentes ajustes finos frecuentemente mencionados por los creacionistas como Metaxas es el de la llamada constante cosmológica, la energía del espacio vacío que recientemente se ha descubierto que está causando que la expansión del universo se acelere con el paso del tiempo. Sigue siendo uno de los mayores misterios de la Física, ya que parece ser más de ciento veinte órdenes de magnitud menor de lo que nuestras teorías sugieren que podría ser. Y si fuera tan grande como las teorías sugieren que debería ser, entonces las galaxias, las estrellas y los planetas no se habrían formado nunca.

¿Es este un claro ejemplo de diseño? Por supuesto que no. Si fuera cero, que sería lo «natural» desde una perspectiva teórica, el universo sería, de hecho, más hospitalario para la vida. Si la constante cosmológica fuera diferente, tal vez podrían haber surgido tipos de vida muy diferentes. Por otra parte, el argumento de que Dios existe porque todavía quedan muchos misterios cósmicos es intelectualmente perezoso en extremo. Cuanto más entendemos el universo, más notable parece ser. Explorar cómo esta notable diversidad puede surgir por leyes potencialmente simples ha sido uno de los esfuerzos más exitosos e intelectualmente hermosos en la historia humana.

La «hipótesis nula» es más a menudo la hipótesis por defecto en la ciencia. Rechazamos la hipótesis nula (es decir, que lo que pensamos que es significativo es simplemente un accidente, o ruido) sólo cuando tenemos pruebas claras que lo respalde. O, como repetía con frecuencia Carl Sagan, sucesos extraordinarios requieren de pruebas extraordinarias. Sin duda, la hipótesis de Dios —que una inteligencia invisible que debe ser eterna (es decir, que no es diseñada) y que no está sujeta a las leyes de la naturaleza, creó y diseñó todo el universo en beneficio de una especie en particular en un planeta en particular en un momento dado— es extraordinaria en extremo.

Mis colegas y yo somos optimistas de que las pruebas de vida, ya sea en otras partes de nuestro sistema solar o en otras partes del universo, pueden ser descubiertas en las próximas décadas. Por supuesto, no podemos estar seguros, pero eso no nos impide intentarlo. Si existe vida inteligente en otros lugares del universo es aún más incierto, pero nada de lo que hemos descubierto sugiere que la posibilidad de que la vida requiera algo sobrenatural.

Mientras tanto, creyentes y no creyentes se hacen un enorme flaco favor cuando la gente promulga reivindicaciones sesgadas e insinceras que distorsionan lo que implica la ciencia actual y lo que puede implicar sobre el universo. En una sociedad en la que la comprensión de la ciencia ya es marginal —y donde, al mismo tiempo, mientras responde a los retos del siglo XXI la continua salud de la sociedad moderna depende, en cierto sentido, de nuestra capacidad de utilizar nuestro conocimiento científico, tanto para crear nuevas tecnologías como para ayudar a guiar políticas públicas racionales— esto es lo último que necesitamos.

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