No es un chiste de Wyoming

…Aunque pudiera parecerlo, como rezaba (nunca mejor dicho) el título de una noticia del periodista Carlos Iserte para este diario, denunciando un hecho absolutamente anacrónico y digno de aparecer en el Libro Guiness de los Records. ¿Sería un record de qué? De la indecencia, quizás; o del oportunismo más descarado; o del confesionalismo más bochornoso. O no sé si de la picaresca. O de la estupidez. O, mejor quizás, de la astucia. Porque hay que ser muy estúpido, o muy astuto, o las dos cosas a la vez, para enmascarar algo abusivo e inadmisible en aras de intereses privados y corporativos en el contexto de lo público, y hacerlo pasar como desapercibido, ignorando los perjuicios ajenos.

Me refiero a la hora y media que concedió la Consejería de Agricultura de Castilla la Mancha a sus funcionarios para ir a misa el pasado cuatro de octubre, a modo de dispensa especial, remunerada con dinero público, para celebrar el día de Francisco de Asís. Si es que se veía venir. Confesionalismo hasta en la sopa. Como en el franquismo. O peor, porque, que yo sepa, los trabajadores en el franquismo no tenían permisos especiales para ir a misa en horario laboral. Otra cosa eran los ejecutados. Esos eran obligados a confesarse y a escuchar misa previo su fusilamiento. Para morir en “gracia divina”.

Pues es algo parecido. Mientras, como mencionaba Iserte, las bajas de médicos tardan en cubrirse más de veinte días (las bajas de los profesores ni siquiera se cubren), se incrementa el horario laboral de los trabajadores públicos unas tres horas semanales sin remuneración, y se han despedido a varios miles de funcionarios, el gobierno de Castilla la Mancha se permite ceder desinteresadamente una hora y media de trabajo para asistir a un oficio religioso. Es decir, se utiliza tiempo, recursos y dinero de lo público para un acto privado y confesional. Es un insulto descarado a la razón y a la inteligencia, además de una vulneración evidente y descarada a la supuesta aconfesionalidad constitucional del Estado Español.

Aunque, como decía, no es de extrañar ante la tesitura de la gran devoción religiosa de la Presidenta de Castilla la Mancha, y de la responsable directa del permiso, su colaboradora, la consejera de agricultura, María Luisa Soriano, también, según fuentes diversas, persona de gran devoción religiosa, tanto como que es, supuestamente, miembro activo de la secta católica Opus Dei. Y la cabra tira al monte, como expresa la tradición popular castellana. Y tanto que tira, más que tira, arrastra, y de manera descabellada, aunque llegar a esos extremos es del todo inaudito, inconcebible e inadmisible en un Estado democrático y plural. ¿O es que ya hemos dejado de serlo?

Y es que, para quien no se haya enterado, desde que el neoliberalismo empezó a instalarse en las filas de la derecha española, por obra y gracia de Aznar, hemos sido testigos directos de un bochornoso auge de los fundamentalismos ideológicos y religiosos. El neoliberalismo se sirve de la religión para idiotizar al personal. La religión se sirve del poder, en este caso de los neoliberales, para aumentar el suyo propio, su hegemonía y, como siempre, para medrar. Una simbiosis perfecta que no es nueva, es sempiterna y tradicional. El poder tiránico, totalitario o abusivo siempre se ha aliado, en estrecha simbiosis, con la irracionalidad y la tiranía religiosa. Porque una sociedad libre y racional difícilmente se somete a los abusos de los gobernantes. Se trata, por tanto, de idiotizarla. Y en eso están los neofascistas, o neoliberales.

Y tanto es así que, según la última encuesta del CIS al respecto, el 72,4% de los españoles se definen como católicos, de los cuales un 40,9, un punto y medio más con respecto a septiembre de 2012, dice ser practicante. Es decir, mientras crecen las penurias, la pérdida de derechos y libertades y la precariedad social y laboral, crecen también las prácticas religiosas. Y es que no hay nada como el consuelo divino ante el sufrimiento humano. Siempre ha sido así. Las religiones siempre se han nutrido de la desdicha y del sufrimiento de los adeptos. Para algo se inventó el “valle de lágrimas”. No vayamos a creer que venimos al mundo a entenderle, ni a gozarle. Venimos a sufrirle, y a encomendarnos a seres etéreos para que nos protejan de las miserias que nos crean sus inventores.

Ya lo decía Karl Marx en su “Crítica de la filosofía del derecho de Hegel”: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un  mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma. Es el opio del pueblo”. Y continuaba: “Se necesita la abolición de la religión entendida como felicidad ilusoria del pueblo para que pueda darse su felicidad real”.

Derechos y libertades o religión. A estas alturas, en pleno siglo XXI, en estas seguimos estando. Como poco, clama al cielo.

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