No es madre; es madrastra

El cardenal arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, ha triunfado en el Tribunal Supremo, al que había recurrido. De nuevo, los apóstatas dejarán de existir legalmente a los efectos de la Iglesia católica.

Se acabó eso de darse de baja del catolicismo a través de los libros de bautismo, donde –avalados por la Audiencia Nacional y la Agencia de Protección de Datos- podía uno o una borrarse del censo de los bautizados. Poco después de nacer, la mayoría de niños españoles han venido siendo bautizados desde tiempos inmemoriales. Durante los siglos en los que funcionó el Tribunal del Santo Oficio y de la Santa Inquisición –que fueron muchos- la apostasía reconocida y pública equivalía a morir en la hoguera. Pero ya antes de que fuera fundada la Inquisición como tal, lo que aconteció a instancias de los Reyes Católicos –“de Isabel y Fernando el espíritu impera”-, los apóstatas eran condenados por las autoridades civiles a pena de muerte también en la hoguera o a ser lapidados o decapitados.

La inquina viene de lejos
La inquina de los jerarcas cristianos contra los disidentes o los herejes y apóstatas viene, ciertamente, de muy lejos. La interpretación hecha por los gerifaltes de la religión cristiana o católica ha tendido siempre –salvo algunas muy respetables minorías- a la intransigencia y a inocular miedo e incluso pavor a las gentes ante el enigma de la eternidad.

El Papa Luciani
La muerte hace treinta años del Papa Juan Pablo I, nunca investigada a fondo por el Vaticano, resultó altamente sospechosa. Con el fallecimiento de Albino Luciani –pontífice fugaz-, el espíritu renovador del Concilio Vaticano II desapareció casi definitivamente. Los turbios intereses económicos de la Iglesia y sus ramales financieros se impusieron a los buenos propósitos de Luciani. En paralelo, el integrismo volvió a derrotar a los reformistas, partidarios de la tolerancia y del retorno a los valores evangélicos.

El ala más cercana al PP
García-Gasco es uno de los líderes del ala más reaccionaria de la Conferencia Episcopal Española y, por supuesto, más cercana al PP. Este llamado Príncipe de la Iglesia defendió en la concentración madrileña contra el Gobierno – protagonizada por prelados y fieles de a pie, el 30 de diciembre del año pasado- que la legislación sobre el divorcio, el aborto y los matrimonios homosexuales conducían a la “disolución de la democracia”. Faltaban menos de meses y muy poco más para las elecciones generales.

Heredero de la Inquisición
Máximo responsable de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe –que al fin y al cabo es un organismo heredero de la Inquisición-, García-Gasco debe de creerse, tras su hazaña judicial, una especie de cruzado de la fe, cuando los cristianos, con la bendición del Papa de turno, iban a la guerra contra los moros. Eran tiempos de cristianización por la fuerza de las armas. Como lo fue la evangelización de América. Como lo fue la de España, a lo largo de cuatro décadas, gracias a la Cruzada de Liberación Nacional y a la instauración del nacional-catolicismo.

La paja y la viga
García-Gasco ha conseguido que los apóstatas se queden sin poder registrarse allí donde fueron bautizados sin uso de razón. Si piensa que con este tipo de medidas va a recuperar el catolicismo el terreno perdido, se equivoca de medio a medio. Todo lo contrario. Esta Iglesia resulta cada vez más antipática para la mayoría de los ciudadanos. Ve la paja en el ojo del apóstata y no la viga en el suyo propio. No es madre. Es madrastra.

Enric Sopena es director de El Plural

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