No codiciarás bienes ajenos

No sé a los demás, pero para mí el aprendizaje que supone la vida me ha deparado grandes sorpresas. Por un lado me he encontrado con vivencias que me han mostrado que la vida es mucho más amable y maravillosa de lo que me contaban en la infancia, época en la que, como imagino a la mayoría, me educaban envolviéndome en un halo sutil de miedos, tabúes y culpas. Y por otro lado, en cambio, me he encontrado con evidencias que me han mostrado que algunas de esas verdades supremas que nos inyectaban en vena antes de tener edad suficiente para cuestionarlas, no son tales, sino creencias y prejuicios basados en idearios que se desvanecen a la luz del conocimiento y la razón.

Y no sólo eso; con el paso del tiempo, a poco que se tenga un mínimo de interés en conocer el mundo, podemos llegar a saber que, con demasiada frecuencia, lo que nos cuentan para embaucarnos puede ser justamente lo contrario de la realidad. Ni los lobos son feroces, ni las “fieras” son tan fieras, ni los que sitúan como estandárte de sus argumentarios la austeridad, la caridad y la pobreza son tan austeros, ni caritativos, ni tan pobres.

En los últimos días venimos leyendo en la prensa la denuncia por parte de una Plataforma ciudadana navarra (Plataforma para la Defensa del Patrimonio Navarro) de la inmatriculación en el registro de la propiedad de miles de bienes municipales y públicos por parte de la Iglesia católica en toda España. Desde que en 1998 Aznar modificara la Ley Hipotecaria , la Iglesia ha tenido carta blanca a la hora de registrar como propios miles de bienes sin título de dominio en todo el país, bienes que, como son ermitas, iglesias, casas de cura, arboladas, terrenos, solares etc., forman parte del patrimonio nacional, y fueron construídos y han sido mantenidos con el esfuerzo económico y personal de los ciudadanos.

Algunos grupos políticos han planteado ya en el Congreso y en el Senado esta cuestión que algunos nombran como “expropiación pía” al pueblo español, y que Pedro Leoz, presidente de la Plataforma , en una entrevista a El País del pasado domingo, no duda en describir como “un problema nacional”, y calificar como “inconstitucional” la Ley en la que basan los arzobispados estas actuaciones.

En cualquier caso, dejando de lado las cuestiones técnicas y políticas, a los ciudadanos estos hechos no pueden menos que sorprendernos, si no espantarnos, además de hacernos replantearnos esas ideas supuestamente absolutas y supremas con las que secularmente nos han adoctrinado. Algunos hablan de inocencia y en estos hechos encontramos astucia y picaresca, hablan de caridad y percibimos egoísmo, exaltan y magnifican en su oratoria el valor de la pobreza y parecen no saciar nunca su afán de riqueza; hablan de valores divinos mientras ponen un desmedido interés en los valores terrenos. Enfatizan y hacen propias consignas morales universales, como el “no robarás”, y parecen tener, a la vista de las evidencias, muy pocos escrúpulos a la hora de escriturar como propios bienes ajenos.

Decía al principio que el aprendizaje de la vida nos puede llevar en determinadas ocasiones a replantearnos y cuestionarnos ciertas ideas o “verdades” que, si miramos bajo la superficie, pueden no ser tales. La fuerza de las creencias inculcadas en la infancia a veces nos mediatiza y no nos permite verlo con claridad; de ahí la importancia de la libertad de pensamiento, de la capacidad de observar la realidad sin prejuicios ideológicos que obstruyen, a modo de gafas oscuras, la visión ecuánime, veraz y justa de las cosas. A esos prejuicios algunos los llaman educación, y otros, en cambio, vil adoctrinamiento.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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