No a la intolerancia, venga de donde venga

La intolerancia religiosa, venga de donde venga, será siempre digna de la más enérgica condena. Si la Iglesia católica la promueve y la practica, condenable; si la practican otras personas en agravio de la Iglesia católica, condenable también. Por ello, debemos aplaudir el hecho de que el Consejo Nacional para Prevenir y Eliminar la Discriminación (Conapred) haya manifestado su más enérgico rechazo a las expresiones de intolerancia religiosa, como fue el ataque al templo Torre de la Fe de la Iglesia La Luz del Mundo, en Silao, Guanajuato, así como a la Catedral situada en la zona centro de la ciudad de Culiacán, Sinaloa.

El Conapred, que “se encarga de recibir y resolver las reclamaciones y quejas por presuntos actos discriminatorios cometidos por particulares o por autoridades federales en el ejercicio de sus funciones”, condenó la violencia contra ambos templos, enfatizando “la necesidad de que todas las religiones tengan cabida en la sociedad mexicana y el Estado laico es una garantía para la convivencia en equidad sin intolerancia ni discriminación hacia ninguna”. Este organismo espera, además, que los gobiernos estatales promuevan, como es su deber, un clima de seguridad, respeto y garantía de las libertades fundamentales.

Es lamentable, pero tenemos que admitir que –aparte de la Iglesia católica– otros grupos religiosos han llevado a cabo prácticas intolerantes y discriminatorias en diferentes etapas de la historia. Debo decir –sin el ánimo de justificar estas violentas acciones– que la intolerancia de algunos de estos grupos ha sido de carácter defensivo y en respuesta a fuertes embestidas de la Iglesia católica.

Me remito a la historia: cuando el papa Clemente VII le negó a Enrique VIII la autorización para divorciarse de Catalina de Aragón, el monarca inglés rompió uno por uno los lazos de fe que lo ligaban a la Iglesia católica y al papado. Tras ser excomulgado por el Papa, se autonombró Jefe de la Iglesia de Inglaterra, obligando a sus súbditos a reconocer, bajo juramento, su supremacía. Los ingleses que se insubordinaron y permanecieron leales al catolicismo fueron ejecutados sin piedad por mandato del monarca inglés. Entre las víctimas de Enrique se cuentan Tomás Moro y el cardenal Juan Fisher, así como “18 cartujos y algunos sacerdotes más”, a quienes ordenó decapitar por desconocerle como suprema cabeza de la Iglesia de Inglaterra. El historiador Daniel Olmedo estima que fueron “cincuenta mil las víctimas ahorcadas, decapitadas [y] descuartizadas” por órdenes de Enrique VIII.

No hay justificación alguna para esta masacre fanática, como tampoco la hay para la intolerancia de la Iglesia católica en contra de los hugonotes en la tristemente célebre Noche de San Bartolomé, el 24 de agosto de 1572. Algunos autores calculan que fueron sólo 2 mil los protestantes asesinados durante la salvaje jornada; otros, sin embargo, afirman que fueron 100 mil. Juan Foxe, autor de “El Libro de los Mártires” califica esta brutal acción como un “acto diabólico de sanguinaria brutalidad”. Según él, los autores de este genocidio tenían la malévola intención de destruir de un solo golpe la raíz del árbol protestante. Jack T. Chick, en su libro “Cortinas de Humo”, destaca la ofuscación de los católicos al afirmar que “tan furiosa fue su locura infernal que aun despedazaban a sus propios seguidores, si sospechaban que no eran muy fuertes en su creencia en el Papa”.

Alguien dirá: es imposible que hechos como éstos se repitan actualmente. Permítame decirle, estimado lector, que hoy por hoy la intolerancia religiosa desplegada por algunos extremistas musulmanes ha incendiado iglesias católicas en lugares como Kartum, capitán de Sudán del Sur. Este hecho fue calificado por expertos como un lamentable incidente de “hostilidad religiosa”. Eventos similares han tenido lugar en las remotas islas de Zanzíbar (Tanzania) y en algunos países africanos, como es el caso específico de Nigeria. Víctimas del extremismo de algunos grupos musulmanes han sido también los Testigos de Jehová, cuyo templo –situado en la capital de Senegal– fue incendiado hace apenas unos meses (Milenio, 27 de junio de 2011).

Esto terminará el día que los seres humanos veamos la diversidad religiosa con respeto. Será entonces cuando empecemos a vivir en paz los unos con los otros. Entre tanto, no podemos callar lo que ocurrió en el pasado ni lo que está sucediendo actualmente en materia de intolerancia religiosa. No podemos ocultarle a la gente que durante la vigencia de la Inquisición hubo quemas de protestantes en los llamados autos de fe, como tampoco podemos quedarnos callados ente las expulsiones que se están dando hoy por hoy en los estados de Chiapas, Oaxaca y Puebla.

Sé perfectamente bien que las causas de la intolerancia religiosa no pueden resolverse con la simple condena de la intolerancia. Es necesario que realicemos esfuerzos que coadyuven a erradicar de raíz este fenómeno. No podemos hacer cosas que fracturen la paz y la unidad que los mexicanos disfrutamos. Ya hay demasiada violencia en el país como para que se le añada la intolerancia que seguramente generará en las escuelas públicas la reforma del artículo 24 constitucional. Nuestros hijos e hijas no quieren ni merecen algo así. No a la reforma del artículo 24.

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