Ni política ni religión ni sexo

La censura es una jaula, pero lo peor es que se acaba convirtiendo en autocensura, un parásito mental que te mutila.

Una revista extranjera me pidió una colaboración hace un par de semanas. Querían un breve artículo cada dos meses de tema totalmente libre, me dijeron, salvo por una pequeña limitación: no se podía mencionar ni la política, ni la religión, ni el sexo. Cáspita, pensé: ¿pero es que acaso existen otros temas de los que hablar? Debo aclarar, primeramente, que no es una revista de información general, sino una publicación, digamos, corporativa, que no se vende, sino que se regala y que, además, su potencial público lector son sus clientes. A los que está claro que no quieren de ninguna manera dar un disgusto haciéndoles leer opiniones contrarias a sus ideas en temas tan calientes como la política o la religión, por no hablar del sexo, que ya sabemos que es caliente de otro modo, y que hay gente ultrasensible o vergonzosa o puritana que prefiere ni merodear por los aledaños de la carne.

La verdad es que entiendo los requerimientos de los responsables de la revista: están cuidando a su clientela como quien cuida a su rebaño de vaquitas. Les va el negocio en ello y es lógico que pongan sus límites. Su petición me recordó la primera vez que viví una temporada en Estados Unidos, concretamente en Boston. Fue en el año 1984 y yo estaba dando clase en una universidad. Era un ambiente muy cortés, y enseguida fui informada de que lo educado en una reunión social era no preguntar por las opiniones políticas ni religiosas de tu vecino (lo de no hablar del sexo se daba por sentado: eran años muy pacatos después de la explosión contracultural de los sesenta). Acostumbrada al salvaje griterío con que solemos zurrarnos los españoles cuando discutimos desaforadamente de política, de religión y hasta del sexo de los ángeles, aquello me pareció una norma ortopédica pero curiosa. Ni que decir tiene que, por lo general, aquellas reuniones sociales eran sosegadas, susurrantes y aburridísimas. Con los años, sin embargo, creo que esa especie de acuerdo social de no hablar para no pelear que reinaba en la clase educada norteamericana ha ido resquebrajándose muchísimo. Clinton llevó el sexo a primer plano, y las Torres Gemelas lo inundaron todo de religión y de política. Me parece que hoy la sociedad estadounidense es tan abiertamente peleona, gritona y discutidora como cualquier otra, con sus locos del Tea Party y la cruzada anti-Obama. Lo que no termino de saber es si eso es un avance o un retroceso.

Volviendo a la petición de la revista, confieso que estuve a punto de aceptar: me pareció una especie de ejercicio literario. No sé si recuerdan una colección de cuentos cortos de Jardiel Poncela en la que cada relato está escrito sin utilizar una vocal: todo un cuento sin la a, todo un cuento sin la e y así sucesivamente. Los leí muy joven y no sé bien qué opinaría hoy, pero entonces me parecieron fantásticos, buenísimos, ni advertías la carencia. Así que me puse a pensar en cuántos artículos podría redactar sin rozar los tres malditos temas. En realidad no debería ser demasiado difícil, me dije; seguro que puedo contar montones de historias. Pero, por más que me esforzaba en encontrar ideas lo suficientemente alejadas de la política, la religión y el sexo, siempre me parecía que cualquier cosa podría terminar derivando al temario prohibido. Tuve una visión desalentadora: me imaginé hilvanando laboriosamente tontería tras tontería para permanecer en un ámbito expresivo insustancial y neutro que pudiera resultar aceptable para todo el mundo. Yo no sé hacer eso, me dije, y rechacé la oferta.

A continuación, por pura curiosidad, me puse a releer antiguos artículos míos de este suplemento dominical. Muchos, muchísimos, probablemente más de la mitad, hubieran cumplido con las exigencias de la revista. Pero es probable que no me hubieran salido, que no los hubiera sabido escribir teniendo esas limitaciones mentales: la censura te achica la cabeza. Recordé mis primerísimos años como periodista en las estrecheces del franquismo; y la enorme suerte, el privilegio que he tenido de poder redactar todas mis novelas en libertad. ¿Cómo escriben los escritores bajo los regímenes autoritarios? Pues con mucho sufrimiento, sin lugar a dudas; y aunque algunos sean lo suficientemente fuertes para sacar adelante su obra pese a todo, supongo que la mayoría paga un alto coste creativo. Porque la censura es una jaula, pero lo peor es que se termina convirtiendo en autocensura, un parásito mental que te mutila.

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